«Nosotros» y «Ellos». Algo más que una cuestión de Gramática

La oratoria temprana de la Revolución Cubana identificó a un sujeto plural como protagonista del proceso de grandes transformaciones que tendría lugar en la sociedad y la nación.

De una parte, y desconcertando al inicio a unos cuantos, el líder de la revolución, aun cuando pareciera que hablara de sí, no lo hacía en primera persona del singular (yo), sino que, en general, y de manera deliberada, usaba el plural en sus apariciones públicas; decía «nosotros», con lo cual se sobreentendía que hablaba en nombre del grupo o equipo rector del proceso, del conjunto diverso de fuerzas revolucionarias que habían logrado el derrocamiento de la tiranía y el triunfo de la rebelión o, al menos, que se reconocía miembro o parte de un conjunto, de un grupo mayor que bien podía extenderse ―según fuese el caso— a quienes, desde entonces, comenzamos a ser denominados «los revolucionarios».

En alguna ocasión, ciertos interesados en ilustrar al resto hicieron circular la explicación de que se trataba de «un plural de modestia»; es decir, de algo así como un recurso de la oratoria que rehuía la personalización al cambiar el «yo», es decir, la primera persona del singular, por un «nosotros». El influjo fue tal, que durante las etapas de mi niñez y adolescencia recuerdo numerosas intervenciones de autoridades, tanto docentes como de organizaciones políticas de nivel municipal y provincial, en las cuales dichos individuos se hacían eco de tal fórmula.

Obviamente, estos son recuerdos, imágenes y sensaciones que pertenecen a etapas tempranas de mi existencia, desarrollada en el seno de una familia cuyos miembros ya recorrían las quintas y sextas décadas de sus trayectos vitales; es decir, que comparto jirones de vida de una infante en un mundo de personas bien adultas, que vivieron con interés e intensidad el radical cambio sociopolítico, y entre las cuales el diálogo era comportamiento habitual e incluyente. Por fortuna, hace ya cierto tiempo que la historia, en cuanto ciencia, ha aceptado en su acervo aquello que certeramente ha denominado lo biográfico y lo testimonial.

Sin embargo, lo que realmente importa al respecto es que, por la propia ideología manifiesta y, sobre todo, por la praxis consecuente de la Revolución Cubana durante sus primeras décadas, el plural de la gramática se hizo carne en el pueblo, y quienes abrazamos las ideas de la revolución, sin importar las edades que tuviéramos, no tardamos en sentirnos parte del Nosotros: con victorias y reveses. Con logros y errores.

Y no creo que la razón de base haya sido tan solo la presencia de lo que se conoce en sociología política, entre las dominaciones legítimas, como una «dominación carismática».  El eminente sociólogo Max Weber la identificó como aquella «que descansa en la entrega extra cotidiana a la santidad, heroísmo o ejemplaridad de una persona y a las ordenaciones por ella creadas o reveladas», de suerte que, en el caso de este tipo de autoridad, «se obedece al caudillo carismáticamente calificado». (1) Fue esa una cualidad del líder y del proceso cubano que no creo posible obviar, como tampoco puede desconocerse el hecho fundamental de que la dirigencia de dicho proceso cuidó, durante décadas, el cumplimiento del pacto social concertado con el pueblo.

Cuando, por cuestiones de salud, el líder tuvo que apartarse de la vida pública política y declaró un sucesor de similar linaje, la mayoría de quienes entonces integraban y se reconocían en el «Nosotros» lo seguimos haciendo. Hasta que…

En años recientes, lo que consideramos como «pueblo» mantuvo para sí el «Nosotros» y comenzó a plantear sus desacuerdos y exigencias a un nuevo sujeto plural, que pasó a ser denominado entonces como «Ustedes». La apelación al «Ustedes», desde el «Nosotros», fue ganando cada vez más en beligerancia, no solamente porque la agenda de problemas y preocupaciones ciudadanas de primer orden se hizo más y más extensa, sino y, sobre todo, porque el «Ustedes» asumió como respuesta, bien el silencio, el ninguneo o, en su defecto, la negación y la falacia.

Ante la ampliación, cual abismo insondable, de la brecha de niveles de vida; el alarde y la exhibición de privilegios; en suma, la inmoralidad como norma de conducta en lugar de la empatía y la ejemplaridad; el sujeto plural «Ustedes», con quien se intentaba sostener un diálogo, fue reemplazado por otro, ahora ya reconocido como absolutamente distante, indiferente e inapelable: el «Ellos».

El «Nosotros» inédito, aglutinador como ningún otro vocablo, movilizador, popular y revolucionario fue paulatinamente desmontado. Basta el examen somero del lenguaje para entender el calado de la fractura. Dolorosa, por otra parte, en grado sumo, pues no creo posible olvidar, ni siquiera discutir, la irradiante belleza ética de aquella primera persona del plural de nuestra magnífica lengua, empleada como protagonista de las sucesivas e imponentes transformaciones sociales que vivimos.

Entre otras lamentables derivaciones, tal hecho tiene como primera y profunda consecuencia el que, a estas alturas, desde el «Ellos» no exista posibilidad alguna de apelación a la unidad que valga. Y si, desde el «Nosotros», las apelaciones al «Ustedes» continúan ganando en animosidad, la sola mención de el «Ellos» rezuma desesperanza, frustración, pero, sobre todo, desprecio. Profundo. Abisal.

Y es aquí, en ese justo sentimiento, donde refrenda su real valor la categoría «pueblo». Donde aún Los Más (porque eso somos: los más) mostramos sagrado respeto, reconocemos la patria como ara y no estamos en disposición ni condiciones de aceptar ningún insano, ridículo e incordiante pedestal.

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(1) El sociólogo aclara la relación del concepto, que equivale a «gracia», con la terminología del cristianismo primitivo. Max Weber: Economía y sociedad, t. I. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1971, pp. 1972-73.       

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Imagen principal: Sasha Durán / CXC.

Esther Suárez Durán

Socióloga, dramaturga, investigadora, ensayista, narradora, crítica teatral y guionista de radio y televisión.

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