«Cuba» sí es una amenaza, y el bloqueo también
En Cuba no hay corriente eléctrica, ni agua, ni medicinas, ni pan. El peso cubano es una burla y su valor disminuye desenfrenadamente. La basura se acumula en las calles, las enfermedades infecciosas acechan a los ciudadanos y los techos de las viviendas amenazan con desplomarse, sobre todo durante las noches, que ya no aseguran el descanso. La violencia y la drogadicción se hacen palpables en la cotidianidad. En las cárceles permanecen más de 1.300 presos políticos, mientras las fuerzas del orden priorizan perseguir a quienes piensan diferente antes que a quienes delinquen.
No obstante, la propaganda oficialista gasta miles o quizás millones cada año —sin que tengamos derecho a conocer la cifra exacta— para hacerle creer al mundo que «Cuba no es una amenaza; solo el bloqueo lo es». Y lo triste es que esa propaganda ha rendido frutos a quienes sostienen el régimen y contribuye a la permanencia en el poder de la dictadura más longeva del hemisferio occidental. No hay dudas: estamos rodeados de un mundo que de Cuba no conoce ni la «u».
Resido en Toronto, Canadá, desde 2002. En esta ciudad multicultural tropiezo a diario con personas de todos los rincones del mundo que, sin haber vivido en Cuba, afirman categóricamente: «El problema de Cuba no es culpa de Cuba, sino del bloqueo impuesto por Estados Unidos». Me desespero cuando intento explicarles que nuestra realidad es mucho más compleja que la de ese vecino de mayor tamaño que nos colinda. ¿Cómo borrar de sus mentes las tantas votaciones de las Naciones Unidas en contra del embargo estadounidense? No puedo culparlos: ante sus ojos, todo lo relacionado con mi país se contempla a través del prisma de la historia bíblica de Goliat y David.
Solo los cubanos sabemos que esa no es la única ni la verdadera narrativa. Por eso afirmo, y espero demostrarlo en este escrito, que el Gobierno de Cuba sí es una amenaza, aunque el bloqueo también lo es.
Cuando pienso en Cuba y en los cubanos, intento no caer en ningún extremo. Procuro ser empática con los hechos, con la historia del país y con las experiencias de sus ciudadanos, entre los cuales me incluyo, porque nunca dejaré de ser cubana. Por eso, cuando escucho el eslogan oficialista «Cuba no es una amenaza; el bloqueo sí», me surge una pregunta: ¿de qué Cuba se habla?
Geográficamente, existe una sola «Cuba qué linda es Cuba», y, si buscaran por el mundo, difícilmente encontrarían, «otro cielo tan azul como mi cielo». Pero, políticamente, existe otra Cuba, que ya no se «filtra en la dulzura de la caña» y que, ante las Naciones Unidas, se viste de inocente con su mejor atuendo de piel de cordero, pues, a los cubanos, «no nos defiende ni nos quiere más».
Esa es la Cuba del eslogan: la isla robada y apropiada por una familia que se enquistó en el poder, blindada por una casta militar y un partido único que oprimen a sus ciudadanos, juzgan y encarcelan a quienes se expresan en las calles o en las redes y persiguen incluso a quienes divulgan imágenes que incomodan al poder. Ese poder totalitario mantiene secuestrada la vida política de la nación mediante la fuerza, el chantaje, la manipulación del miedo y la doble moral de aquellos que prefieren mirar hacia otro lado a cambio de migajas, intereses personales y una aparente seguridad.
Esa Cuba, que mendiga solidaridad y credibilidad ante el mundo, constituye una amenaza para la Cuba geográfica e insular y para sus ciudadanos, dentro y fuera de la isla, cuya voz ha sido amordazada. En esa Cuba que apela a las Naciones Unidas existe un sistema autoritario que limita las libertades, concentra los recursos y cierra los caminos democráticos para exigir cambios y responsabilidades al poder.
De ciudadanos a rebaño
La Cuba revolucionaria de los primeros tiempos, que se proclamaba tan verde como las palmas, encandiló al mundo y a una gran parte de sus habitantes. En nombre de ideales y consignas grandilocuentes, el país fue centralizando su economía. El Gobierno, de la mano de su máximo líder, carismático y populista, tomó poco a poco, pero a pasos de gigante, el control de las principales esferas productivas, políticas y legislativas. Un Estado omnipresente fue reduciendo el espacio para el libre albedrío de sus ciudadanos.
Sin que muchos se dieran cuenta, dejamos de ser reconocidos como seres únicos e individuales para convertirnos en parte de una masa compacta. Creer en Dios podía ser motivo de discriminación; ser homosexual, una aberración; y tener aspiraciones individuales, motivo de sospecha, condena y ostracismo. Profesar la ideología marxista-leninista se presentaba como el único camino recto, bendecido por las autoridades.
Poco a poco, dejamos de sentirnos individuos y nos convertimos en rebaño. Un rebaño que comenzó a alimentarse con latas de carne rusa mientras el fruto de nuestro pasto desaparecía. Todo ello bajo un sistema de producción socialista ineficaz, regido por planes inalcanzables y disparatados, concebidos por quienes pretendían pensar y decidir por todos los demás y que, después de décadas en el poder, aún insisten en hacerlo.
Así, bajo el manto soviético primero y el bolivariano de Chávez o Maduro después, los cubanos pudimos sobrevivir durante determinados períodos sin que el país generara suficiente riqueza propia para sostener el modelo político y económico establecido.
Al rebaño cubano se le exigía dar un paso al frente ante cualquier capricho para satisfacer el ego de su líder y alimentar su torcida aspiración de convertir a Cuba en el faro que debían seguir los países del Tercer Mundo y una izquierda en parte engañada y en parte cómplice.
Mientras tanto, el trabajo y el sudor de la generosísima comunidad cubana en el exterior, despectivamente apodada «gusanos», contribuía a vestir y calzar a sus familiares en la isla. Ni siquiera durante los mejores tiempos del apadrinamiento soviético o bolivariano se logró resolver el dilema cotidiano: si comías, no te vestías; y si te vestías, apenas podías comer. La economía y el bienestar de los ciudadanos nunca han ocupado el lugar que merecen entre las prioridades del poder. Las promesas anunciadas en el famoso alegato «La historia me absolverá» fueron incumplidas por aquel que las proclamó en primera persona. Y quien lo dude, que vuelva al texto original.
Muchos cubanos aprendieron a sobrevivir con lo mínimo, no precisamente como resultado de una remuneración honesta por el fruto de su trabajo. Los inconformes, aquellos que no renunciaban a sus sueños individuales, optaron por emigrar. Otros valientes pagaron con largos años tras los barrotes su honestidad y el derecho a manifestar sus opiniones. Muchos arriesgaron la vida para salir del país o tuvieron que afrontar la separación de su patria y sus familias, a veces definitivamente.
La Constitución cubana reconoce al Partido Comunista como fuerza política «dirigente superior de la sociedad y del Estado». Los ciudadanos no gozan de plenos derechos, pues la ley suprema no protege al soberano, sino al Estado y al partido único. El llamado socialismo de Estado terminó convirtiéndose en el más cruel «sálvese quien pueda» y en una fórmula eficaz de divide y vencerás.
Mientras unos tienen costosos paneles solares para sobrellevar la crisis energética, la mayoría de los cubanos sigue enfrentándose a la falta de agua, electricidad, medicinas y alimentos. Nada funciona y, lo peor, es que esa realidad se ha vuelto aceptable, porque protestar puede resultar un delito mayor que delinquir.
La propaganda, en cambio, nunca ha faltado. Con ella, el Gobierno intenta construir una imagen de legitimidad internacional mientras mantiene a la ciudadanía dependiente de un Estado centralizado, apodado «revolución», y sometida a la vigilancia de un aparato de seguridad omnipresente. La prensa oficial, para no variar, también responde a los intereses del Estado.
No emigra todo el país porque no todos pueden permitírselo. Entonces, cabe preguntarse: ¿cuál es la Cuba que tenemos hoy los cubanos? Un país secuestrado por un poder que constituye una verdadera amenaza para la vida de sus ciudadanos y que, ante la comunidad internacional, miente.
El bloqueo: ¿amenaza o coartada?
En mi opinión, el bloqueo estadounidense sí es una amenaza y, al mismo tiempo, la mejor coartada de la dictadura cubana. Pero, me pregunto —o les pregunto—: ¿para quién constituye una amenaza? ¿Representa el mismo peligro para quienes gobiernan autoritariamente y controlan las principales instituciones y servicios del país que para quienes deben salir cada día a buscar el pan? No lo creo.
Durante décadas, la centralización de la economía en manos del Estado, bajo la dirección de un partido único y de una burocracia alejada de las necesidades ciudadanas, ha desperdiciado recursos y desmotivado la iniciativa individual. Es cierto que hoy existen espacios de actividad privada, como las MiPymes. Sin embargo, ¿qué posibilidades tiene un ciudadano de emprender, prosperar y conservar su independencia cuando no existe una separación efectiva de poderes y tantas iniciativas parecen depender de ser considerado «confiable» o «revolucionario»?
A esa realidad se suman las restricciones del embargo, que dificultan determinadas transacciones y relaciones económicas internacionales y encarecen la vida en Cuba. El régimen de sanciones también limita los viajes de ciudadanos estadounidenses a la isla, aunque contempla categorías autorizadas y excepciones. Sus restricciones y alcance extraterritorial interfieren en las relaciones económicas de terceros países. No se puede defender la democracia vulnerando la soberanía ajena.
Además, el embargo tiene asimismo otra consecuencia: proporciona al Gobierno cubano una poderosa coartada ante la comunidad internacional. Le permite esconder su incapacidad, sus errores y la discriminación por motivos políticos a sus ciudadanos detrás de la imagen de una nación pequeña y vulnerable, asfixiada por una potencia. Si siempre puede culpar al enemigo exterior, ¿qué incentivos tiene para reconocer sus responsabilidades, transformar sus políticas o ceder el paso a quienes puedan hacerlo mejor? ¿Para qué admitir el fracaso de determinadas políticas económicas si siempre puede señalar a ese enemigo del cual supuestamente debe defenderse?
¿Cómo convencer al mundo de que nuestros derechos ciudadanos están secuestrados por un poder autoritario si el debate vuelve, una y otra vez, a centrarse exclusivamente en el embargo? Es cierto que Estados Unidos interfiere en la autodeterminación de terceros países cuando intenta impedirles negociar con Cuba; aunque también suele omitirse que el Gobierno cubano, cuando negocia con terceros, bien que «toma chocolate, pero nunca paga lo que debe».
El tema del bloqueo empaña la comprensión de la realidad cubana. Muchos terminan creyendo que constituye la causa fundamental de nuestros males, cuando sabemos que la historia es mucho más compleja. El Gobierno cubano tiene responsabilidades propias e ineludibles en la crisis económica, social y política del país. Reconocer esas responsabilidades y denunciar la dictadura no obliga a negar los efectos del embargo. Del mismo modo, condenar el bloqueo no debería servir para justificar el autoritarismo ni para silenciar o denigrar a quienes reclaman libertad dentro y fuera de Cuba. Los derechos civiles no son una concesión del poder: deben poder ejercerse.
Ambas realidades pueden y deben examinarse al mismo tiempo. Hoy, cuando Cuba se hunde como barco a la deriva, necesitamos ser coherentes. Las señales de bengala que lancemos al mundo deben ser, ante todo, creíbles. Justificar el cerco petrolero no nos hace más creíbles ante la comunidad internacional y, sobre todo, prolonga la agonía de nuestros compatriotas en la isla.
Porque el hambre también silencia. Cuanto más pobre es un pueblo y mayores son sus necesidades vitales, menos tiempo y energía puede dedicar a cuestionar el poder y exigir cambios. Cuando conseguir alimentos, medicamentos, agua y electricidad se convierte en lucha cotidiana, la supervivencia ocupa casi todo el espacio que podría destinarse a organizarse y reclamar derechos.
A esa precariedad se suma el esfuerzo de la comunidad cubana en el exterior que sostiene a sus familiares en la isla. Cuanto más dinero y energía destina la diáspora a aliviar esas necesidades, menos recursos puede dedicar a otras iniciativas, incluido el apoyo a una lucha cívica organizada.
No significa que el hambre elimine la capacidad de pensar ni que los cubanos hayan renunciado a la libertad. Pero cuando sobrevivir consume todas las fuerzas, resistir puede convertirse en el único objetivo posible. Sostengo que la pobreza extrema y la dependencia económica dificultan el ejercicio de los derechos y favorecen la permanencia de la dictadura en el poder. Un pueblo con mayor autonomía económica tendría más posibilidades de exigir cambios. Las restricciones del embargo estadounidense no contribuyen a alcanzar esa libertad.
Por eso, la frase que deberíamos pronunciar ante las Naciones Unidas y que el mundo debiera conocer para comprender mejor el sufrimiento del pueblo cubano es esta: «El Gobierno de Cuba sí es una amenaza, y el bloqueo también lo es».
Cuba merece ser libre
Para terminar, comparto un fragmento del Manifiesto de la Junta Revolucionaria de Cuba, aprobado el 10 de octubre de 1868 en Manzanillo, al pie del ingenio La Demajagua:
«La isla de Cuba no puede estar privada de los derechos que gozan otros pueblos, y no puede consentir que se diga que no sabe más que sufrir. A los demás pueblos civilizados les toca interponer su influencia para sacar de las garras de un bárbaro opresor a un pueblo inocente, ilustrado, sensible y generoso. A ellos apelamos y al Dios de nuestra conciencia, con la mano puesta sobre el corazón. No nos extravían rencores, no nos halagan ambiciones, sólo queremos ser libres e iguales, como hizo el Creador a todos los hombres».
Al citar estas palabras, que hoy considero vigentes, no estoy animando a una lucha armada en mi país. Quiero contribuir a quitarle la venda de los ojos a quienes creen defender a Cuba desde el desconocimiento de su verdadera realidad y terminan actuando injustamente respecto a los derechos humanos de los cubanos. Porque, en nombre de Cuba como país, defienden a la Cuba dictatorial.
Es preciso que el mundo entienda que Cuba solo será verdaderamente libre, próspera y soberana cuando dispongamos de un orden constitucional democrático; cuando las leyes se cumplan y los derechos ciudadanos no dependan de la ideología que se profese ni de la militancia política; cuando nadie sea perseguido por pensar diferente; cuando podamos asociarnos, reunirnos, expresarnos y elegir a nuestros representantes sin subordinarnos a un partido único; y cuando el ciudadano deje de ser un instrumento al servicio del Estado y el Estado se convierta, de una vez por todas, en una institución al servicio de sus ciudadanos.
El embargo y el cerco petrolero también deben levantarse. Ambos interfieren en la soberanía y la autodeterminación de las naciones y en nada han contribuido a conquistar la libertad de los cubanos. Por el contrario, han servido para apuntalar las campañas electorales de políticos estadounidenses y para lavarle el rostro a la dictadura cubana.
Los cubanos merecemos un país en el que podamos vivir de nuestro trabajo, expresar nuestras ideas sin miedo, participar libremente en la vida política y construir nuestro futuro sin tener que abandonarlo. Cuba no le pertenece a un partido, a una familia poderosa ni a una casta militar; ella pertenece a todos los cubanos. Pero es preciso que el mundo escuche nuestra voz y no la de aquellos que, bajo nuestro cielo, nos oprimen.
Los derechos ciudadanos se conquistan en las urnas. ¡Aboguemos todos por un plebiscito para Cuba! Que la comunidad internacional nos acompañe y apoye.
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Imagen principal: Sasha Durán / CXC.