Mella, «la paradoja»

Una vez me referí a Mella como «el proto-comunista» y se me dijo que no era una expresión acertada. Quizá en ese momento no me supe explicar, o no pude hacerlo por mera auto-censura. Mientras fui miembro de la UJC y el PCC, había entre nosotros el criterio de que unos eran militantes y otros comunistas. El lector puede entender que no haya diferencia entre ambos términos, y es lógico.

Más que semántico, el tema era práctico; y más político que ideológico. Mientras que el «militante» cumplía orientaciones sin chistar, casi nunca eran críticos o carecían de criterio propio ―lo que llamamos «pensar por uno mismo»―, los autodenominados «comunistas» iban más allá de existir como un número en la organización. Eran más valientes en los debates, cuestionaban las decisiones «mecánicas», eran críticos y tenían sentido común.

Muchos «militantes» se salvaron de ser sancionados severamente, gracias a debates promovidos por sus compañeros «comunistas» contra criterios esquemáticos que en muchos casos se blandían contra ellos injustamente. Los «comunistas» casi nunca eran promovidos dentro de la organización; frecuentemente eran secretarios de base, pero no miembros de escalones superiores. En el raro caso de ascender a «cuadro profesional», se estancaban o terminaban abandonando la tarea por divergencias en el trabajo político.

Esto es referente a la UJC, pues el PCC rara vez seleccionaba «comunistas»; le era más conveniente captar «militantes» disciplinados y previsibles. La calidad humana que se observa hoy día entre los dirigentes de ambas organizaciones tiene su explicación en décadas de selección basada en esta «regla» no escrita.

Aunque este texto use la figura de Mella, ella no es más que el vínculo que lleva al análisis de las características del partido único existente en Cuba. Si un día denominé «proto-comunista» a aquel joven revolucionario, es porque no llegó a degenerar en lo que hoy la población llama «comunista», que no es un halago, y cuyas características datan desde la fundación del Partido en 1925. Contradictoriamente, Mella y quiénes pensábamos igual que él, nos considerábamos comunistas por comulgar con una ideología que creíamos justa, humana y altruista. No es raro que muchos termináramos abandonando las filas del PCC tras años de soportar confrontaciones. Julio Antonio fue uno de los primeros en llevar esto hasta las últimas consecuencias.

1925, la forja de la traición

El mes próximo se cumplirán 101 años de la fundación del primer Partido Comunista de Cuba, agrupación política supuestamente autóctona, pero que tuvo que esperar la orden de existir. A pesar de que había otra estructura de similar perfil, no estaba «autorizada», por lo que ese que fundaron Mella y Baliño, el 16 de agosto de 1925, es el que la historia cuenta como génesis del actual titular del artículo 5 de la Constitución.

A pesar de que Fabio Grobart estaba presente para el momento fundacional, la historia contada por la propaganda oficialista otorgó preponderancia a Carlos Baliño, compañero de José Martí en el Partido Revolucionario Cubano, y a un joven líder Revolucionario de mucho carisma, de apellido Mella. De Baliño solo sabemos que estuvo ahí para la creación de la organización. Nunca trascendió más nada de él. Pudo haber fallecido al otro día, ¿usted recuerda alguna mención posterior sobre este patriota? Baliño parece ser el vínculo que demuestra la conveniente continuidad entre las luchas por la independencia y la de los derechos de la clase obrera, de los humildes; siempre según la versión oficialista de la historia.

El Mella fundacional muy pronto, tan pronto como diciembre del propio 1925, marcó la diferencia entre un patriota comprometido con el destino de su nación y una organización que seguía las reglas dictadas desde una «casa matriz» en Moscú, que tenía órdenes de no involucrarse en aquellos acontecimientos. La posición vacilante de la organización comunista le hizo perder prestigio dentro del espectro político de la nación. Precisamente por declararse como una organización «proletaria» su pasividad no pasó desapercibida.

Acusado falsamente de detonaciones en la Habana, Mella fue encarcelado junto a otros líderes obreros y estudiantiles. Ante tanta injusticia, y sin otra forma de demostrar su inocencia ―el partido que ayudara a fundar meses antes, le había dado la espalda―, inició una huelga de hambre que recibiría tal repercusión y apoyo que el día 23 de diciembre de 1925, tras una fianza, sale de presidio. Este episodio fue considerado una indisciplina grave dentro de las filas del primer partido. Según las normas dictadas desde la Internacional Comunista, las organizaciones subordinadas a ella no debían involucrarse en revueltas con intenciones de cambio de gobierno. El objetivo de la IC (Internacional Comunista) era evitar la animosidad de los círculos de poder en contra de la URSS y su ideología.

El resto de organizaciones anarcosindicalistas, obreras y estudiantiles no vieron con buenos ojos el feo papel del partido comunista, pero este pareció no tomarlo en cuenta y rectificar en consecuencia. En eso siguen siendo «continuidad». Una organización dizque proletaria que no actuó en función de la lucha de clases y no defendió la inocencia de un joven luchador y miembro de su propia organización, comenzaba con pésimas cartas credenciales en el mundo de la política cubana, en un momento histórico que devino definitorio, la lucha contra Machado, que apenas iniciaba.

Corrían los primeros días de 1926 y Mella fue llevado a juicio político al interior de su partido. Prácticamente no pudo defenderse y la sentencia fue definitiva. Actuar con criterio propio, acorde a las circunstancias revolucionarias reinantes, fue causa suficiente para ser expulsado de la organización.

Muchos de los que estudiamos este pasaje en la asignatura Historia de Cuba no teníamos todos los detalles, únicamente los que la épica revolucionaria quería que se nos «impregnaran». Pocos caímos en cuenta del breve espacio temporal entre la fundación del primer partido y los sucesos que llevaron a la salida de Mella del mismo. Sin contar que, para un joven de escasos veinte años, la altura política y madurez de Mella se hacían demasiado visibles.

Mella necesitó salir de Cuba pues, con artimañas, el régimen machadista quería involucrarlo en otro proceso legal. Con ayuda de amigos logra emigrar y luego de escalas y desvíos, se radica en México. Su etapa mexicana no hace más que confirmar sus convicciones. Tal es así, que durante su estancia y militancia en el Partido Comunista de México (PCM) se enfrenta a situaciones similares a las vividas en Cuba, pues el PCM era muy cercano a Moscú. Las sospechas sobre la muerte del joven luchador a manos de un agente de la Internacional Comunista superaron, con el tiempo, las de la supuesta ejecución del crimen por agentes machadistas, incluso arrastrando a Tina Modotti, su compañera de lucha y sentimental, en la responsabilidad de encubrir al verdadero ejecutor. La muerte de Mella no fue la última infligida dentro del propio bando izquierdista. Años después, Trotsky sería alcanzado allí mismo por el largo brazo del «camarada» Stalin.

De la UJC y sus pupilos

Aunque Mella y Ernesto Guevara comparten el emblema de la UJC, el primero, que tuvo una vida tan activa, azarosa y corta, no es mencionado tan seguido como el argentino, ni comparte la universalidad de este. Gracias a la foto de Korda, que lo inmortalizó, el Che viajó de guerrillero, a carnicero, a estadista y a figura de marketing. Nada de esto sucedió con Mella, marcando su paradójica importancia.

Corre el año 1962 y los Jóvenes Rebeldes están a punto de convertirse en Jóvenes Comunistas. En su emblema aparecen dos rostros de jóvenes paradigmáticos: Camilo y Mella. Pasarán cinco años antes de que Guevara sea incluido en ese símbolo.

Hay tema de debate en los rostros del emblema juvenil: Camilo Cienfuegos, mítico comandante guerrillero y descollante figura popular luego del triunfo de 1959. Su prematura muerte no dejó conocer su verdadera posición ante el rumbo poco republicano y deriva marxista que caracterizó al nuevo régimen. Nunca declaró ser comunista ni trascendió su postura crítica a lo que enseguida sería el sello del gobierno revolucionario. Su inclusión es simbólica más que ideológica. Joven mártir revolucionario era lo único que tenía en común con Mella.

Julio Antonio, fundador del partido comunista del 25 que pronto entraría en contradicción con la organización, de la que fue expulsado por indisciplinado y por sus posiciones críticas. Guevara, comunista confeso, argentino, que destaca entre el núcleo guerrillero inicial y que, luego del triunfo y de una etapa inicial de corte burocrática, llamémoslo así, decide abandonar sus responsabilidades e involucrarse otra vez en la vida guerrillera, en otras tierras del mundo, hasta el final de sus días.

¿Paradoja o marketing revolucionario?

¡Pioneros por el comunismo, seremos como el Che! Es la consigna que escuchamos a diario en la enseñanza primaria y que define el ideario doctrinal partidista desde muy temprano en nuestras vidas. La Unión de Pioneros de Cuba cambió a Organización de Pioneros José Martí, y fue pupila de la Unión de Jóvenes Comunistas desde la fundación de esta. Si la UJC tiene bajo su influencia a la OPJM, es evidente que su objetivo fue vincular a los niños cubanos, desde los cinco añitos, a la ideología comunista.

Dejando a un lado ahora el carácter doctrinal de la consigna y lo inapropiada que resulta dada las edades en que es convertida en dogma de compromiso, la frase «¡Pioneros por el comunismo, seremos como Mella!» tendría toda la lógica del mundo. Se trata del revolucionario cubano que convivió con organizaciones juveniles y con los pioneros iniciales, y que murió por unos ideales propiamente comunistas, a manos, supuestamente, de esbirros de un dictador despiadado. La carga ideológica estaba allí desde 1962, pero no fue usada.

Mella, el joven carismático que desafió una política partidista errada y fue sancionado por ser coherente. Ni siquiera el fuego purificador del martirologio que reivindicó al fundador del primer partido era suficiente para encumbrarlo en tamaña consigna. Seguramente por eso no se corea «seremos como Mella». Si la visión sobre Julio Antonio era negativa para los ideólogos del «hombre nuevo», no debió estar presente como paradigma para las jóvenes generaciones comunistas.

Ser como Mella llevaría estudiarlo, y una historia tan breve conduciría a la conclusión inmediata e incómoda que no queremos a comunistas como él; los necesitamos con escaso criterio propio, obediencia ciega y nada de carisma. Era demasiado el riesgo. Mella era bueno para una cosa, pero peligroso para otra, una figura paradójica. ¿Era preferible sacarle jugo político a esa figura cuasi celestial y a la vez heroica y no desperdiciarla por tecnicismos? El caso es que ahí está, vivo en el ideario, aunque invalidado parcialmente.

Por el contrario, la figura del guerrillero internacionalista, que no era cubano, que no murió por la liberación de Cuba, sería la que finalmente se impondría como paradigma óptimo para el proceso de adoctrinamiento infantil. La semilla del «hombre nuevo» era importada, por no ser nacional, y exportada por terminar su vida lejos de dónde se corea su nombre diariamente desde hace casi seis décadas.

Un partido único con dos visiones antagónicas

Mella no corrió igual suerte que el Che. Según la política en curso, el PCC de tiempos de Mella no debía entablar combate directo con el poder. Las órdenes de la Internacional Comunista mantenían la correa de la organización bien corta. Apoyar las huelgas y las actividades revolucionarias de los obreros contravenía la política dictada desde el Kremlin. La incondicionalidad al partido y el respeto al centralismo democrático han sido pilares disciplinarios del comunismo (incluso hasta hoy); aunque la denominación del partido cambió con los años, dichos principios no lo hicieron. Mella «violó la disciplina» y recibió ―él, un revolucionario a carta cabal―, la sanción de expulsión del partido que ayudó a fundar.

La coherencia de Mella era superior a la del partido. Si eres la fuerza política del proletariado, desde el punto de vista marxista, pero te tienes que regir por directivas ajenas al contexto nacional, surge un inevitable conflicto moral, aún no muy bien explicado en la historiografía cubana (o al menos la explicación existente no convence del todo). Mella entendió que era preciso actuar como lo hizo, antes que aceptar estarse de brazos cruzados cuando se estaba escribiendo la historia republicana, en la que el PCC no había colocado ni una coma aún.

Asesinato sin solucionar, vinculación ideológica sin definir y un mártir sin reivindicar

Quizás su final, tan lleno de intrigas, en una callejuela mexicana, dizque mandado a eliminar por Machado, limpiara de todo mal a Mella y lo elevara a la categoría de mártir revolucionario cuando, en verdad, no representaba peligro, al menos no en igual monto, para la dictadura machadista en Cuba como para la incuestionable y férrea disciplina (igualmente dictatorial) de la Internacional Comunista.

Poco más de una década después, también en territorio mexicano, los mismos mecanicistas intolerantes se cobrarían la vida de Trostky, por ser ambos elementos discordantes con la labor comunista en el nuevo mundo. Algo así es más que sospechoso. Dicho esto, perfectamente el indisciplinado Mella había lavado su pecado de sensatez con el suplicio a manos del enemigo de clase, esto lo hacía digno de ser recuperado para la historia nacional, pero, aun así, tenerlo muy presente podía incitar a investigar sobre su vida y obra. Y de ahí a dudar de ciertas «verdades», no había más que un paso.

El episodio Mella del PCC original, y su actitud en el momento revolucionario de la Cuba machadista, se pasa de largo todo el tiempo. Es penoso que se siga insistiendo en cuán combativa fue esa organización, cuando no fue así, al menos como para que sea creíble la llamada «continuidad».

La historia la escriben los vencedores, lo que es igual a reescribirla, de ser necesario, para llenarla de heráldicas hazañas y actos de profunda connotación para su bando, enturbiando o desapareciendo lo políticamente incomodo de explicar. La paradoja «Mella» es un ejemplo, ya deseo que llegue el centenario de su muerte, en apenas tres años, será interesante la aproximación que le den al tema, o el nivel de olvido.

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Imagen principal: Busto de Mella en la antigua Manzana de Gómez / El Estornudo.

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