La gloria que nadie les devolvió

Para Xiomara, mi mamá, mi papá

 y una generación que cantó,

 creyó y fue abandonada…

***

Hay una forma de perder la vida que no aparece en ningún obituario. No es la muerte súbita ni la enfermedad. Es la pérdida lenta, acumulada, de los años que se entregaron a algo que resultó no ser lo que prometía. Es despertar a los setenta años en un país sin luz eléctrica, sin medicamentos, sin los hijos que se fueron en balsa, en avión o mucho peor que están presos, y preguntarse, en silencio, por qué en Cuba las preguntas peligrosas siempre se hacen en silencio, qué fue exactamente lo que construiste durante todo ese tiempo.

Esta es la pregunta que una generación entera de cubanos lleva consigo, como se lleva una deuda que uno no contrajo, pero que igual tiene que pagar.

Esa generación no aprendió su identidad en los libros, la aprendió en las canciones. Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, Noel Nicola, tres voces que no eran entretenimiento sino liturgia. Eran el lenguaje en que una generación aprendió a nombrarse a sí misma, a darle sentido al sacrificio, a creer que lo que estaban viviendo juntos tenía un peso histórico que trascendía cualquier privación particular.

Silvio les dijo que eran una generación convocada por la historia misma, que su momento era único e irrepetible. Pablo les dio la dimensión íntima, que la revolución no era solo política sino una forma de amar, de ser digno, de relacionarse con el otro desde la generosidad y no desde el interés. Y Noel, el menos celebrado de los tres, el más silencioso, quizás por eso el más honesto, le cantó a Cuba sin exigirle heroísmo, solo presencia, solo raíz, solo ese amor cotidiano que no necesita justificarse con ninguna epopeya.

Juntos construyeron un pacto emocional que tenía una cláusula implícita, un supuesto que nadie firmó porque todos lo daban por sentado. Si das tu vida al colectivo, el colectivo te sostendrá. Ese supuesto fue la mentira más cara que esa generación pagó.

Lo extraordinario es que esas canciones no eran propaganda simple. No eran el himno marchoso que ordena obedecer. Tenían dentro de sí una complejidad moral que el régimen nunca pudo controlar del todo, y que hoy, leída con la distancia del tiempo, resulta casi premonitoria.

En «Playa Girón», Silvio no celebra. Pregunta a sus compañeros poetas, a sus compañeros de música, de historia, qué tipo de palabras usar, qué armonía, qué fronteras respetar frente a unos hombres que son al mismo tiempo materia épica y materia humana, complicada, irreducible. Y en el centro de esa pregunta hay una línea que el régimen jamás supo qué hacer con ella: «si alguien roba comida y después da la vida, ¿qué hacer?» No es una pregunta retórica. Es la pregunta más honesta que se le puede hacer a una revolución, y Silvio la formuló en 1975. La respuesta que el régimen nunca dio, la que esta generación esperó en vano, era simple e imposible al mismo tiempo. La verdad completa, sin cortes, sin la parte que incomoda al poder.

Pablo Milanés, en «Cuando te encontré», lleva esa promesa a su expresión más alta y vulnerable. Toda la canción es el nacimiento de un mundo nuevo desde el amor, un árbol que crece, un valle donde brilla el sol, un hombre que canta, la nube que aprende a pasar, el ala que aprende a volar. Y al final, cuando la canción llega a su declaración más política, la voz no vacila: «Será mejor hundirnos en el mar que antes traicionar la gloria que se ha vivido». Esa línea no es un verso. Es un contrato. Es la firma emocional de una generación que decidió, conscientemente, que la lealtad a lo vivido valía más que cualquier salvación individual. Y esa decisión, tomada desde la belleza y la convicción, fue la que el régimen explotó durante décadas. Porque una generación que prefiere hundirse antes que traicionar es una generación perfectamente administrable. No hace falta encadenarla. Se encadena sola, por amor.

Noel Nicola, en «Cuba va», construye el himno del amor revolucionario con una transparencia que desarmaba: «del amor estamos hablando, por amor estamos haciendo, por amor se está hasta matando para por amor seguir trabajando». Cuatro veces la misma palabra, cuatro veces el mismo argumento. El amor como razón suficiente para todo, para el sacrificio, para la muerte, para el trabajo sin descanso. Y luego la fe casi física en que, a pesar de los obstáculos, de las noches sin estrellas, a pesar de la selva que hay que abrir con los brazos, Cuba va. El problema no era la fe. El problema era que esa fe no tenía destinatario colectivo. Tenía uno solo; y ese la recibió entera y no devolvió nada.

Porque el colectivo al que se entregaron no era un sujeto histórico difuso, no era «el pueblo» ni «la patria» en abstracto. Era un hombre. Tenía nombre, uniforme verde olivo, una voz que llenaba las plazas durante horas y sabía, con una maestría que solo se aprende en la intimidad del poder absoluto, cómo hacer que los sacrificios de millones sonaran como gestas personales de cada uno de ellos.

Esta es la estafa más refinada que produjo el siglo XX latinoamericano. La apropiación de la mística comunitaria para la glorificación de una sola individualidad. Fidel Castro no fue un líder que sirvió a su pueblo. Fue un individuo extraordinario ― hay que concederle ese adjetivo para entender la magnitud del robo―, que logró que su pueblo creyera que servirle a él era servirse a sí mismo. Que su gloria era la gloria de todos. Que su supervivencia en el poder era la supervivencia de la Revolución, y que la supervivencia de la Revolución era la supervivencia de Cuba, y que la supervivencia de Cuba era la única razón por la que valía la pena vivir.

La cadena lógica era perfecta. Y estaba completamente al servicio de un solo eslabón.

Cada hora de trabajo voluntario; cada hijo enviado a Angola; cada sueño de emigrar sofocado por la culpa colectiva; cada silencio ante una injusticia que se vio, pero no se nombró; cada libro que no se leyó porque no llegó; cada canción que se prohibió porque incomodaba; cada amigo que se perdió porque cruzó alguna línea invisible del dogma… Todo eso no fue depositado en ningún banco comunitario. Fue tributado al capital simbólico e histórico de un hombre que murió rodeado de las condecoraciones de noventa y tantos estados, y que dejó a su país sin jabón.

La generación de cubanos que hoy tiene entre sesenta y ochenta años, construyó literalmente el país que existe. Alfabetizó. Sembró. Peleó guerras en otros continentes. Educó a sus hijos en la escasez con una dignidad que merecía mejor recompensa. Y hoy recibe una pensión que no alcanza para comer, vive bajo apagones de veinte horas, espera medicamentos que no llegan, y ve a sus nietos irse en el mismo éxodo que en los años sesenta se llamaba «traición a la patria» y que hoy el régimen no solo no puede contener, sino que hasta lo instrumentaliza para permanecer en el poder.

El abandono no es accidental. No es la consecuencia no deseada de un sistema que falló a pesar de sus buenas intenciones. Es sistémica. Un sistema que no puede producir riqueza real, necesita que sus miembros más ancianos mueran rápido y en silencio. Pero, además, y esto es lo que no se dice con suficiente claridad, esos viejos tienen memoria. Recuerdan lo que se prometió. Recuerdan lo que se entregó. Recuerdan la distancia entre el himno y la realidad. Y esa distancia, si se articula, si se nombra en voz alta, es políticamente devastadora.

Por eso el sistema prefiere que esa generación consuma su nostalgia en privado. Que canten las canciones viejas para adentro. Que mueran antes de que su testimonio se vuelva inconveniente.

¿Puede esa generación reconciliarse con lo que vivió? ¿Con el hecho concreto, irreversible, de sus vidas entregadas a una causa que resultó ser la cobertura ideológica del poder personal de un solo hombre? La pregunta es cruel porque no tiene una respuesta única. Y es necesaria precisamente por eso.

Hay quienes no pueden hacerlo. Para ellos, reconocer la traición significaría desmantelar la única estructura de sentido que sostiene su historia personal. Si la Revolución fue una mentira, ¿qué fueron los años que vivieron en su nombre? ¿Fueron ingenuos? ¿Cómplices? ¿Desperdiciaron su única vida? Esas preguntas son insoportables a los setenta años, cuando ya no hay tiempo de recomenzar, cuando los hijos están en otro país y el cuerpo duele y la luz no llega. Para ellos, sostener la fe, aunque sea una fe rota, llena de «pero» y de «a pesar de todo», es una necesidad de supervivencia psicológica, no una postura política. Y hay que nombrar eso con respeto, no con condescendencia.

Hay quienes sí han podido hacer ese duelo. Y en ellos hay una lucidez extraordinaria, hecha de tiempo, dolor y honestidad. Son los que entienden que Silvio era genuino, que su fe era real, que su talento era real, que su amor a Cuba era real, pero que la genuinidad de un artista puede ser instrumentalizada por el poder. Son los que vieron a Pablo Milanés romper públicamente con el régimen y entendieron que eso no fue una traición a su obra, sino la consecuencia más lógica de ella. Que el hombre que cantó que prefería hundirse en el mar antes que traicionar la gloria vivida, no podía seguir callando la indignidad real sin contradecirse a sí mismo. Son los que leen las canciones de Noel Nicola como lo que siempre fueron, el amor a una Cuba que existió en la imaginación colectiva de una generación y que merece existir en la realidad, y que, por eso mismo, no puede ser confundida con el aparato de poder que la usurpó.

La reconciliación posible, la única honesta, no es con la Revolución. Es con uno mismo. Es el acto de decir ―sin rencor, pero sin eufemismos―, entregué mi vida a algo que creí verdadero, ese algo fue traicionado por quienes lo dirigían, no por mí; mi entrega, mi fe, fueron reales, el robo también fue real. No son afirmaciones contradictorias, sino tres verdades simultáneas de una generación que merece ser nombrada con exactitud, no con los eufemismos del régimen que la exprimió ni con el desprecio fácil de quienes nunca creyeron en nada y confunden esa indiferencia con lucidez.

Y entonces llega «Oda a mi generación», quizás la canción más honesta que Silvio escribió sobre su propio tiempo, y que hoy suena con una precisión que asusta. En 1970, a los 27 días de mayo, Silvio se para sobre sus derrotas y pide la palabra. No se presenta como poeta ni como revolucionario. Se presenta como malabarista, como objeto de la diversión, como juguete común de la historia con un monograma que dice bufón. Y luego dice lo más importante: «ese hombre soy yo».

Esa confesión no es derrota. Es una forma de lucidez que el régimen nunca supo procesar, porque necesitaba héroes, no equilibristas. Necesitaba certezas, no a un hombre con un pie en el pasado y otro suspendido en el aire, buscando lugar, reclamando tierra del futuro para descansar. La imagen de la generación entera: «así estamos yo y mis hermanos, con un precipicio en el equilibrio», es la imagen más exacta que se escribió sobre lo que significaba ser joven en Cuba en aquellos años. No la euforia oficial. El vértigo real. Y al final, la línea que hoy resuena como epitafio generacional: «sigan exigiéndome cada vez más, hasta poder seguir o reventar».

Eso fue exactamente lo que ocurrió. El sistema siguió exigiendo: trabajo, silencio, lealtad, hijos, años. Y la generación, fiel al contrato emocional que las canciones habían sellado, siguió dando. Hasta que no hubo más que dar. Y entonces, en lugar del reconocimiento, en lugar del colectivo que sostenía al individuo como prometía el pacto, vinieron el olvido, la pensión miserable, los apagones. Vino la soledad de los que se quedaron mientras los jóvenes se iban y el Estado miraba hacia otro lado. Reventaron. No en el sentido heroico que la canción intuía. Reventaron en silencio, en la oscuridad de sus casas, sin medicamentos, sin que nadie escribiera su historia.

Las canciones suenan todavía. En Miami y La Habana, en los patios donde los viejos escuchan la radio con apagones de por medio, en los apartamentos de Madrid y Santiago de Chile, donde los hijos del éxodo las ponen a veces sin saber bien por qué, como quien toca una cicatriz para comprobar que aún está.

Y en esas canciones hay algo que el régimen no pudo robar completamente. El momento original, la emoción primera, el instante en que una voz joven le cantó a una generación joven y le dijo que importaban, que lo que construían juntos importaba, que ese país que soñaban valía la pena.

Ese momento fue real. Recuperarlo, arrancárselo a la narrativa oficial, devolverlo a quienes lo vivieron, leerlo no como himno del Estado sino como testimonio de una generación que amó a su país con una intensidad que su país no supo merecer; no es solo un acto político, es un acto humano. Quizás el más urgente de todos. Porque esa generación no fue derrotada por el imperialismo. Fue robada por su propia Revolución. Y eso, todavía, está esperando ser dicho en voz alta.

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Imagen principal: Victoria Blanco / CXC.

Lorenzo Vega-Montoto

Dr. en Ciencias Químicas. Investigador Titular en Idaho National Laboratory.

https://www.linkedin.com/in/lorenzo-vega-montoto-32965436/
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