El choteo político en Cuba, o de qué nos burlamos los cubanos
La creación del Partido Liberal Ortodoxo Cubano por parte de la activista Amelia Calzadilla, y el aluvión de publicaciones que tratan de tal o más cual figura política al considerar posibles candidaturas en una «Cuba libre», han desatado no pocas reacciones en los últimos días. Además de los comentarios de apoyo y aquellos que de plano rechazan cualquier intento de la oposición por poner la carreta delante de los bueyes, una de las posturas más interesantes y visibles ante el tema ha sido el abordaje a través del humor.
El nombre del nuevo Partido Liberal Ortodoxo Cubano ha sido satirizado por varios usuarios al asociar sus siglas (PLOC), con la nada solemne onomatopeya de ir al inodoro. Por otro lado, no han faltado la «creación» de otros partidos y candidaturas en la Isla, desde aquella que anunciaran los conductores del programa Con Filo, hasta el Partido Independiente Nacional de Gobernanza Abierta, propuesto por el comunicador y periodista de La Joven Cuba, Rubén Padrón Garriga, con siglas más que sugerentes: P.I.N.G.A.
Algunos simpatizantes de las posturas de Calzadilla, Rosa María Payá y otras figuras de la oposición, podrían argüir que «la orden de burlarse está dada». Sin embargo, reducir a los que se han burlado al estatus de «ciberclarias» y «carneros», o desestimar la postura del choteo en torno a estas cuestiones porque se trata de algo serio, es, cuanto menos, sesgado; por no decir inútil. Porque claro, la fundación de un partido en el exilio o la posibilidad de que un activista aspire a la presidencia cubana en un futuro cercano, son ideas que sus emisores proponen como serias, pero si uno las sitúa en el contexto concreto de la realidad actual, entran inevitablemente en una zona de fricción entre lo aspiracional y lo verosímil. Y es en ese espacio donde el choteo encuentra terreno fértil, más allá de las preferencias políticas.
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En uno de sus ensayos más célebres, Indagación del choteo (1928), el periodista e intelectual cubano Jorge Mañach se refirió a esta práctica como un componente cultural intrínseco del cubano. A grandes rasgos, el choteo consiste en rebajar en nivel simbólico aquello que trata de erigirse como serio, absoluto o incuestionable, mediante la ironía, el comentario mordaz, el apodo o la risa. Para Mañach, esta actitud no era simplemente una práctica humorística ni un rasgo anecdótico del carácter nacional, sino un modo específico de relacionarse con el poder y con lo público.
En otras palabras, el cubano no era así porque sí. Las raíces del fenómeno podían rastrearse en condiciones históricas que habían moldeado un sujeto político «incompleto»: la represión de la infidencia en la Cuba colonial; un modelo económico de trabajo esclavizado donde la obediencia era impuesta por la violencia y la deshumanización; y la fragilidad de los proyectos republicanos, incapaces de consolidar una autoridad percibida como legítima y estable. Cuando la cosa pintaba así, la burla se convertía en un mecanismo defensivo frente a gobiernos (o sujetos de poder) percibidos como autoritarios, carentes de legitimidad profunda o incapaces.
No obstante, Mañach advertía una ambivalencia fundamental. Si bien el choteo contenía una potencia crítica indudable, llevaba en sí el riesgo de convertirse en un factor de desmovilización política. Al ridiculizar incluso a lo que debía ser serio, podía neutralizar la posibilidad de una acción colectiva sostenida, en tanto desconfiaba de cualquier proyecto que aspirara a organizar lo común bajo signos de seriedad y disciplina.
Si bien Indagación… se inscribe en el contexto republicano de la primera mitad del siglo XX, el triunfo revolucionario de 1959 no clausuró las condiciones que habían dado origen al choteo; más bien, las reconfiguró. La consolidación de un Estado centralizado, portador de una narrativa de legitimidad histórica y de una alta densidad simbólica, reforzó la distancia entre el poder estatal y quienes disentían. En ese escenario de batallas ideológicas y confrontaciones externas e internas, la burla, el doble sentido y la ironía debieron desplazarse hacia registros más soterrados, en tanto la disidencia explícita implicaba costos elevados.
Era común entonces, y lo ha sido a través de los años, el bromear sobre los planes económicos, los cultivos milagrosos —¿se acuerdan de la moringa?—, las consignas de turno o las sucesivas promesas de perfeccionamiento. De manera no menos reveladora, incluso en espacios regulados como la televisión nacional, programas humorísticos como Deja que yo te cuente o Vivir del cuento se apoyaron durante años en ese registro indirecto y es muy probable que contribuyeran a reforzarlo como herramienta cotidiana. Lo hacen, hoy en día, decenas de humoristas, creadores de contenido, memeros e influencers en el internet.
Lo más interesante de estas acciones es que no todas implican una posición o agenda política en específico, sino la adopción de un lenguaje desde el cual es posible expresar distancia, escepticismo o desacuerdo sin exponerse demasiado. En ese sentido, el choteo puede leerse como una gramática política de baja intensidad; pero una que poco a poco puede erosionar las bases de algo, ya sea la percepción de un político y un gobierno, o, lo que nos ocupa en la última semana, la legitimidad de una nueva organización.
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El trasfondo histórico y cultural de nuestro país permite entender por qué hoy propuestas como la de un partido político en una hipotética transición no entran en el debate público cubano como ideas «neutras» o puramente programáticas. Llegan, más bien, cargadas de esa memoria larga de desconfianza, de esa relación tensa con lo solemne y lo institucional que Jorge Mañach identificaba hace casi un siglo.
El mencionadísimo Partido Liberal Ortodoxo Cubano, o las múltiples fundaciones y candidaturas satíricas que han circulado en redes, no pueden leerse desde la superficialidad como episodios coyunturales de polarización política, o bajo la sombrilla de calificativos como «ciberclarias» o «carneros». El hecho de que una parte significativa de la conversación pública derive rápidamente hacia la parodia no está invalidando la discusión política; más bien la está situando en el registro donde muchos cubanos, dentro y fuera de la Isla, la pueden procesar.
Si esos cubanos entienden que crear una organización partidista hoy en el exilio es algo ridículo de alguna forma, lo que habría que hacer no es satanizarlos, sino ir hacia las raíces. Porque el choteo aquí aparece como una forma familiar y colectiva de procesar lo absurdo, evidenciar tensiones irresueltas y poner en evidencia discursos que, aun cuando se presentan como serios, no logran conectar con las coordenadas materiales y simbólicas del país real. Reírse del PLOC o mínimo no tomárselo en serio, no significa estar automáticamente alineado con el PCC. Puede haber una burla partiendo de figuras afines al oficialismo; pero cuando esa burla se expande más allá de quienes la emiten inicialmente, ya no hablamos solo de una intención política de desacreditar al contrario, sino de una percepción social más extendida. Hay ahí una reacción espontánea ante lo que se percibe como desconectado, prematuro y hasta performativo. Y en el amplio espectro de reacciones ciudadanas, el humor ha ocupado un lugar central, nos guste o no.
El quid de la cuestión no es decidir si está «bien» o «mal» burlarse, sino entender qué revela esa burla. ¿Desconfianza hacia proyectos políticos que solo pueden operar desde el plano comunicativo por las propias limitantes de Cuba? ¿Cansancio ante discursos que se adelantan a escenarios aún inexistentes? ¿Figuras que planean erigirse como los nuevos Mesías? ¿La enésima mención al pobre Martí y el Partido Revolucionario Cubano, reducidos por diversos actores políticos a un conjunto de frases sueltas y usados como el eterno comodín para todo?
Pretender que la política cubana deba ser inmune al choteo es desconocer cómo funciona realmente la esfera pública informal del país. Más aún: ignorar ese humor, descalificarlo o intentar silenciarlo puede ser un gran error político, porque en ese terreno se están expresando percepciones, dudas y resistencias que no siempre encuentran otros canales de salida.
El problema, claro, es que ese mismo mecanismo puede terminar vaciando de contenido cualquier intento de articulación política. Si todo es susceptible de ser reducido a chiste, entonces la posibilidad de construir consensos mínimos se vuelve compleja. Es la ambivalencia que ya señalaba Mañach: el choteo como forma de crítica, pero también como límite. Nos tocará superarlo, o al menos entenderlo, para lidiar con él.
Al final, la pregunta no es por qué la gente se burla, sino de qué se está burlando exactamente. Y, sobre todo, qué dice esa burla sobre la distancia —todavía enorme— entre los proyectos políticos imaginados y la Cuba concreta que los recibe.