Las fuerzas armadas y la transición en Cuba
En momentos en que el modelo despótico de socialismo se desmorona, la actuación de uno de los factores históricamente esenciales de la política cubana, las fuerzas armadas, permanece como una incógnita ante el posible inicio de una transición o ante un indeseable escenario caótico de colapso espontáneo del sistema. No obstante, para concebir la añorada transición hacia una sociedad libre, democrática y justa, impulsada por la sociedad civil independiente, resulta esencial considerar el papel de la sociedad militar.
I. Pasado perfecto
A diferencia de otras potencias, la conquista/colonización española fue confiada a jefes militares dotados de plenos poderes sobre los territorios y habitantes bajo su mando. El Adelantado Diego Velázquez atrajo tras su estandarte a infantes y jinetes de La Española con promesas de oro, indios y tierras. Muchos de ellos serían vecinos fundadores de varias de las primeras villas, dueños de encomiendas y mercedes. Desde entonces, la carrera militar se convirtió en una de las más prometedoras para los habitantes del país, no solo por su salario elevado, sino también por las promesas de botín, prebendas y movilidad social que le eran inherentes.
Durante los dos primeros siglos de la Colonia, tanto en la privilegiada Habana como en las olvidadas regiones del interior, floreció una aristocracia de la tierra que no solo ocupaba cargos en los ayuntamientos, sino que también conformaba la élite militar al comandar las milicias locales y proveerlas de su peculio. En La Habana y Santiago de Cuba, dichas élites se aprovecharon de los llamados «situados de México» ― importantes sumas enviadas a Cuba desde el Virreinato de Nueva España por órdenes de la Corona con el fin de costear la construcción de fortificaciones y sus guarniciones― e iniciaron la práctica corrupta de trasladar buena parte de esos fondos externos a sus cuentas personales.
La exportación creciente y la ampliación del mercado interno motivaron a la corte y a la administración colonial a apropiarse, por manu militare, de las rentas generadas por los productores cubanos. Surgieron así el Estanco del Tabaco y la Real Compañía de Comercio de La Habana, monopolios que terminaron por fracasar ante la resistencia de los productores y el auge del contrabando. Inteligentemente, la Corona prefirió concentrarse en el cobro de los impuestos de aduana antes que perder su «gallina de los Huevos de Oro» (https://cubaproxima.org/la-real-compania-de-comercio-y-gaesa-coincidencias-y-divergencias/).
Al tiempo que el grupo plantacionista habanero-matancero se empoderaba, crecía la presencia nativa en el ejército colonial, hasta el punto de que no solo Cuba se ausentó del esfuerzo independentista de 1810-1825, sino que muchos naturales integraron las fuerzas expedicionarias coloniales al continente y fue La Habana su retaguardia segura. Cuando en 1812 el desterrado abogado bayamés Joaquín Infante publicó el primer proyecto de constitución de una Cuba independiente, su artículo inicial rezaba: «El Estado de la isla de Cuba se compondrá de los Poderes Legislativo, Executivo, Judicial y Militar». El añadido del poder militar a la trilogía de Montesquieu y la reducción al mínimo de los demás poderes muestran cuán importante era el factor castrense en el equilibrio de fuerzas del país.
Al peligrar la estabilidad esclavista en su «Siempre Fiel Isla de Cuba» por los pronunciamientos liberales en España, las rebeliones esclavas, el abolicionismo inglés y las conspiraciones criollas; la Corona incrementó el ejército, los cuerpos de policía, guardias y rancheadores, y estableció el régimen de «facultades omnímodas», en el que la voluntad del Capitán General era la única fuente de derecho. Para garantizarlo, se habilitó la Comisión Militar Ejecutiva y Permanente, supraorganismo estatal que ejercería vigilancia y control sobre cualquier otra institución.
El nivel de obediencia de la sociedad militar cubana a la Corona no dejó lugar a dudas. Gran parte de los efectivos y la oficialidad de los ejércitos que pelearon contra el mambisado en las tres guerras de independencia eran nativos. A diferencia de otros países latinoamericanos, ni uno solo de los caudillos mambises provenía de los altos mandos del ejército español. Su único antecedente glorioso fue el general venezolano Narciso López, líder de la Conspiración de Trinidad (1847), quien no solo creó y flameó en Cárdenas nuestro pabellón nacional, sino que también demostró cómo vencer en combate a las tropas coloniales.
El Ejército Libertador (EL) fue el brazo armado de la República de Cuba en Armas, un concepto civilista arraigado en el republicanismo rebelde que, según Antonio Maceo, asumía al militar cubano como «un ciudadano que viste el traje de guerrero». En la manigua, sus autoridades civiles ―presidente, secretarios, diputados, prefectos, jueces, etc.― trataron de organizar y mantener vivo el espíritu democrático y la subordinación del mando militar al civil.
Para José Martí, la mayor amenaza al logro de la república soñada en el campo revolucionario era el empoderamiento desmedido de los caudillos militares desde la propia guerra, lo que crearía condiciones para la futura entronización de dictaduras castrenses. Ante el temor a reproducir lo ocurrido en Hispanoamérica, confesaba: «Y no quiero ver a mi patria, ¡no! víctima de capataces. La prefiero esclava de los demás a verla esclava de sus hijos […] Oh patria, salvarte de esto de España para verte caer en esto (dictaduras, Guatemala, Caracas, envilecimiento de los caracteres), piedra quiero volverme aquí, para castigo mío y ejemplo de los que me han de seguir, si a tanta vileza, con mis actos o con mi silencio, me prestase».
El Ejército Libertador fue el primer exponente de una auténtica sociedad militar cubana, cuya influencia política y cultural marcaría de manera indeleble no solo el período 1868-1898, sino también la Primera República (1902-1933). Sus principales caudillos y grupos de poder se convertirían en actores primordiales de lo que Joel James denominó «el monopolio político del mambisado». Aunque no faltaron las bravas, los alzamientos y el uso del ejército en funciones de represión interna, todos esos generales y doctores llegaron a la presidencia como civiles, y ninguno mediante un golpe de Estado.
La primera vez que el ejército cubano asaltó el poder fue en la peculiar «revolución de los sargentos y soldados» de 1933, que aupó al joven sargento-taquígrafo Fulgencio Batista a la jefatura del Ejército. Tras sostener y luego derrocar al Gobierno Provisional Revolucionario de Ramón Grau y Antonio Guiteras, el mestizo humilde se convirtió en el «hombre fuerte» del país durante una década y consolidó su grupo de poder de Columbia, integrado por la nueva camarilla militar y aliados civiles. Batista fue el primero en convertir al ejército en factor principal de la política e instrumento de transformación social, capaz de ejecutar misiones culturales y económicas indispensables para la Segunda República (1940-1958). También fue pionero en establecer una polémica alianza con el Partido Comunista, de claros ribetes oportunistas para ambos.
Cuando volvió al poder en 1952, mediante un golpe de Estado, potenció los negocios con la mafia estadounidense e incrementó su fortuna mediante la asignación corrupta de contratos estatales y el lavado de dinero en la construcción inmobiliaria. La oposición a su gobierno asumió dos grandes tendencias: reformista —enmarcada en el diálogo cívico que la Sociedad de Amigos de la República (SAR), presidida por Cosme de la Torriente, intentó infructuosamente con Batista en 1956 y 1958— e insurreccionalista. Ambas fueron civilistas y su objetivo era devolver el ejército a los cuarteles y restaurar el orden constitucional.
II. Presente continuo
No es posible entender la Revolución en el poder sin remontarse al ascenso del M-26-7 y de su Ejército Rebelde (ER) durante el período 1956-1958, cuando esta organización y su líder, Fidel Castro, alcanzaron la hegemonía en la política cubana. Entre los factores que lo explican sobresalen: la consolidación del ER y la organización de un «territorio libre»; el logro del apoyo económico y moral de la mayoría de la sociedad; la victoria sobre el ejército batistiano y la invasión hacia el centro y el occidente, que desmoronó la moral combativa de los defensores del régimen. Sin embargo, tal victoria no hubiera sido posible sin la participación en la lucha de otras organizaciones insurreccionalistas, como el Directorio Revolucionario-13-3 y la Organización Auténtica; sin la colaboración de la llamada «resistencia cívica», y sin la unidad con otros actores antibatistianos (Manifiesto de la Sierra; Pacto de Caracas; Pacto del Pedrero).
Paradójicamente, al triunfar la revolución civilista y democrática, quedó expedito el camino para la entronización de una nueva y mucho más poderosa dictadura militar. Al juramentarse el nuevo Gobierno Revolucionario Provisional (GRP), el presidente Manuel Urrutia anunció: «Considerando los altos merecimientos del doctor Fidel Castro Ruz, al servicio de la Patria como Jefe de la Revolución que ha derrotado al régimen tiránico instaurado el día 10 de marzo de 1952, vengo en nombrarlo Comandante en Jefe de las Fuerzas de Aire, Mar y Tierra de la República de Cuba». Como símbolo de autoridad suprema, Fidel ostentaría ese título durante el resto de su vida.
La agudización de las contradicciones internas y del conflicto con los EE.UU. contribuyeron a la fusión del militarismo de la Sierra con el totalitarismo comunista de matriz soviética, para sustituir la estructura institucional de la sociedad civil republicana por una nueva de corte estalinista, estatizada y oficialista. Sus instituciones, centralizadas verticalmente, funcionarían como «correas de transmisión» de la política del Partido y de las órdenes del Comandante en Jefe a toda la sociedad.
La desaparición de las fuerzas armadas de la República supuso la creación de otras, aún más poderosas: las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), dirigidas por Raúl Castro. Al unísono, los modos de hacer asumidos durante la etapa guerrillera, se extendieron como valores de la nueva sociedad y promovieron el desprecio por las normas cívicas de conducta —tildadas de burguesas y obsoletas—, así como el odio de clases, el antimperialismo (antiamericanismo) y la fe en un prometedor futuro comunista.
La obediencia militar se extendió como un valor absoluto. Las palabras del Comandante serían órdenes para toda la población, que se movilizaría en «campañas», «misiones», «ofensivas», «destacamentos», «columnas», «operaciones», etc., a las que se debía apoyar, so pena de ser acusado de traición a la Revolución y al líder. Así se impuso la percepción de que lo militar era superior a lo civil, lo que se convirtió en una forma de legitimación. Por su parte, el sistema escolar, los medios de difusión masiva y las organizaciones de masas, se consagraron a transformar a la ciudadanía en una masa dispuesta a obedecer incondicionalmente. A ese individuo adoctrinado se le llamó el «Hombre Nuevo».
El desvío de recursos públicos para diversas operaciones encubiertas de exportación de la revolución e intervención militar en guerras allende los mares (Argelia, Siria, Angola, Etiopía) ha sido inmenso. La extensión del uso de estructuras de inteligencia para fomentar empresas y negocios encubiertos, con el pretexto de burlar el bloqueo estadounidense, degeneró en el contrabando de recursos a gran escala, así como en el desvío de fondos a cuentas particulares. La divulgación de esos secretos llevó al sacrificio de cuadros principales de las FAR y el MININT —también sospechosos de «inclinaciones perestroikas»—, y al desmantelamiento de las estructuras de poder del segundo en beneficio del primero.
En una versión militarizada del capitalismo de Estado a lo cubano, el sistema empresarial de las FAR se hizo cargo, de manera pública o encubierta, de sectores cada vez más importantes y rentables de la economía mediante la creación del holding GAESA (1995), dirigido por el general Luis Alberto Rodríguez López-Callejas, yerno de Raúl Castro. Militares retirados o en funciones pasaron a engrosar la burocracia empresarial y estatal a su servicio, en calidad de ejecutivos clave de los ministerios de Turismo, Comercio y Colaboración Internacional y Comunicaciones, directamente relacionados con la dolarización económica y el capital extranjero.
Ese oligopolio familiar y su grupo de poder militar-tecnocrático ―que alcanzó la hegemonía absoluta con el ascenso de Raúl Castro al liderazgo supremo a partir del año 2006―, barrió cualquier vestigio de socialismo, salvo la centralización absoluta y la represión. El liderazgo carismático de Fidel Castro fue sustituido por un militarismo pretoriano, centrado menos en la manipulación ideológica ― difícil en tiempos de acceso a internet y pérdida del monopolio de la opinión y las comunicaciones― que en garantizar la represión policial de la disidencia interna, el empleo de militares y trabajadores civiles movilizados en tareas económicas (misiones), y la conversión del Gobierno/Partido/Estado y de toda la nación en fuentes directas de ingresos para sus fortunas personales.
III. Futuro presumible
Si bien la crisis estructural actual y el difícil contexto internacional en el que sobrevive amenazan al régimen oligopólico cubano, aún cuenta con bases internas, como las fuerzas armadas y miles de seguidores civiles adoctrinados. Esta situación hace que, ante cualquier transición hacia la democracia, deba concebirse una estrategia que prevea cómo las diversas instancias militares podrían participar eficazmente en la refundación republicana.
Lo primero a tener presente es el deslinde necesario entre el grupo de poder militar-burocrático hegemónico que ha destruido el país y el resto de la sociedad militar. Hay un sector de los hombres y mujeres que la conforman que no tiene responsabilidad directa en los desmanes de la cúpula, ni ha participado en labores de represión directa contra la población civil; por tanto, ha de estar garantizada su reintegración pacífica a la sociedad tras la disolución de los cuerpos armados actuales. Solo los represores convictos y los artífices de las acciones represivas deberán responder judicialmente por sus desmanes.
Es importante que las organizaciones de la sociedad civil independiente divulguen entre la sociedad militar los proyectos y programas creados para la transición y la refundación republicana. Entre la masa de soldados, clases y oficiales, sus familiares y amistades, muchos comparten el malestar ciudadano ante la represión generalizada, la destrucción del país y la corrupción de los altos mandos ligados a GAESA. Es hora de que los militares honrados y patriotas asuman que la lealtad se la deben al pueblo, el verdadero soberano, no a quienes han usurpado de por vida los altos cargos mediante la demagogia, el terror y el adoctrinamiento.
Es una necesidad insoslayable en cualquier mesa de diálogo o iniciativa de unidad que promueva la sociedad civil independiente, la participación de figuras representativas de la sociedad militar que hayan manifestado actitudes cívicas y se hayan desmarcado de la política abiertamente represiva. Para ello, los militares deben renunciar públicamente a ejercer violencia contra el pueblo desarmado y pacífico. Este es el momento de hacerlo, no esperar a que los altos mandos que destruyen a la nación y los usan como escudo y espada contra disidentes pacíficos, los abandonen a su suerte.
Las fuerzas armadas actuales (FAR y MININT), serviles a la dictadura, han de ser desmanteladas y reconstruidas como instituciones armadas de la república, fieles a la Constitución, sin lealtades ideológicas ni personales a ninguna autoridad, excepto al presidente electo por el voto popular directo, quien volvería a ser su Comandante en jefe. Todo el andamiaje empresarial del grupo de poder que se ha creado con apariencia de empresas militares, pero que nada tiene que ver con la defensa del país ni con el progreso de la economía nacional, debe ser reintegrado a la vida económica nacional y sus necesidades más perentorias.
En este sentido, es importante tener en cuenta las experiencias internacionales sobre la transformación de las fuerzas armadas durante procesos de transición de regímenes autoritarios a democráticos, tanto en los países del antiguo campo socialista como en Iberoamérica. En España, este proceso pudo ser exitoso debido a la actitud mantenida tanto por los propios militares como por los políticos responsables del cambio, lo que permitió legitimar al Ejército como institución democrática mediante la aplicación de tres principios básicos: la desvinculación del pasado dictatorial, la adecuación de los intereses militares a la supremacía del poder civil y la organización institucional.
Basta de usar a militares cubanos en funciones pretorianas de represión a la sociedad civil independiente, o de carne de cañón para pelear las guerras de otros, aliados circunstanciales que hacen pasar por «luchadores contra el imperialismo», como los mercenarios que luchan por Putin en Ucrania, o los guardaespaldas de Maduro en Venezuela, abandonados por todos y masacrados por las fuerzas especiales estadounidenses en un combate desigual.
Únicamente juntos, civiles y militares, como ciudadanos libres y activos en defensa de nuestros derechos, podremos desbancar a los grandes burócratas militares y civiles que se han apoderado del país para su beneficio exclusivo y lo han destruido sin misericordia, afrontar la transición venidera y construir la república «Con todos y para el bien de todos».
***
Imagen principal: Reuters.