El dogmatismo y la doble moral en Cuba
El dogmatismo es un fenómeno que ha acompañado a la sociedad en su evolución y desarrollo. La imposición de creencias, hábitos y estilos de vida se vincula a la lucha por el poder y ha sido componente de la política y de las leyes para mantener la subordinación de las masas y obstruir la libertad colectiva e individual. Lo «diferente» en cualquiera de las facetas de la vida humana, es castigado con crueldad e impunidad por quienes se erigen en portadores de la «verdad absoluta», en los capacitados para «conducir» el destino de los pueblos.
La imposición nunca pudo evitar las diferencias, ni callar a las ciencias, ni impedir los deseos de los individuos de mejorar su vida y satisfacer sus ansias de libertad. La represión obligó a muchos a silenciar sus pensamientos, deseos y anhelos; otros, han pagado con su vida o con la cárcel su osadía; la persistencia de muchos ha permitido el avance de la ciencia, la democracia y las libertades individuales.
Paralelamente, la doble moral se gestó, entre aquellos que decidieron ser entes pasivos en la sociedad u obtener prebendas para su beneficio, evitando el disenso y cumpliendo sin reparo las normas establecidas. En este punto del análisis me remitiré a la realidad cubana, solo para ilustrar con algunos hechos cómo el discurso político dogmático alimentó la doble moral, que ha crecido vinculada con las necesidades materiales y espirituales, deteriorando los valores esenciales de una sociedad que aspiraba a un mundo mejor.
Cuando en 1961 se declaró el carácter socialista de la Revolución, fue impuesta la ideología marxista-leninista en un proceso de adoctrinamiento, muy bien estructurado a través de las Escuelas de Instrucción Revolucionaria, las Escuelas del Partido Comunista y el sistema de Educación. Esto, unido al liderazgo de Fidel Castro, convertido en culto a la personalidad, creó en el imaginario social la idea de una sociedad igualitaria próspera que advendría inevitablemente.
Siguiendo esta línea de pensamiento, se declaró a las religiones como «el opio del pueblo», se eliminó la propiedad privada, se satanizaron la elegancia y el buen como «cualidades burguesas» y se oficializó la homofobia, no por un decreto, sino por las represiones y discriminación que sufrieron los homosexuales para acceder a estudios y determinados trabajos.
Cuando los Estados Unidos, en respuesta a la confiscación de las propiedades de los ciudadanos norteamericanos, impusieron el embargo, se convirtieron en el enemigo principal del gobierno cubano. En aras de garantizar la defensa de la nación, se justificó la limitación de libertades individuales. Lo que dijera Fidel era lo válido; quienes lo cuestionaran pasaban a integrar el grupo de los «incómodos», «inconformes», «auspiciados por el imperio». Este estilo de dirección autoritario se fue imponiendo en todas las estructuras del poder.
Desde 1961, en las conclusiones del encuentro de Fidel Castro con los escritores y artistas, donde expresó una serie de intervenciones conocidas como Palabras a los intelectuales, dejó asentada la línea directriz que asumiría el proceso político: «Dentro de la Revolución todo; contra la Revolución ningún derecho». Se anulaba así toda posibilidad de disenso.
En 1962, fue creada la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC), organización juvenil encargada de garantizar desde edades tempranas la formación ideológica marxista-leninista y el compromiso con la orientación política del gobierno revolucionario. Tres años después, en 1965, las diferentes organizaciones revolucionarias, previamente unificadas, refundaron el Partido Comunista (PCC), declarado el «único partido» dentro de la estructura política de la sociedad. Se copiaba así el modelo de los países socialistas. Desde entonces, la UJC constituyó una cantera natural del PCC. Pertenecer a estas organizaciones era requisito indispensable para ocupar cargos de dirección y hasta para estudiar determinadas carreras.
De tal forma, en un breve período la Revolución triunfante, proclamada representante de todo el pueblo, se alejó de la democracia al limitar la existencia de otras tendencias ideológicas y convertir las decisiones de un Partido y gobierno ― subordinados a los proyectos o ideas de su líder―, en las únicas válidas.
En el primer Congreso del Partido (1975), se determinó que el marxismo era la primera y única ideología científica y consecuentemente revolucionaria de la historia. Dicha tesis, dogmática y antidialéctica, ratificaba la decisión de la dirección política de continuar el camino del totalitarismo. A fines de los 70 y principios de los 80, se convocó al «Proceso de profundización de la conciencia revolucionaria», encaminado a ratificar el compromiso de las instituciones académicas, universidades y centros laborales con la Revolución.
Con ese fin, se realizaron las «Asambleas por la educación comunista» en todos los centros de educación superior. Como resultado, estudiantes y profesores fueron expulsados de las universidades por motivos religiosos, por su orientación sexual o por mantener vínculos con residentes en el exterior, aunque fueran familiares. En este proceso se sistematizó la excluyente consigna: «La Universidad es para los revolucionarios», que implicaba la identificación absoluta con la ideología impuesta.
La unidad fue concebida como la vía principal de sostener a la Revolución. Disentir se consideraba propio de enemigos, por lo cual, funcionarios, profesionales, intelectuales, académicos, la ciudadanía en general, debían obedecer y callar. La crítica era mal vista y, en casos extremos, entendida como acciones de «agentes del enemigo, vendidos al imperialismo yanqui».
Consecuencias del dogmatismo para la sociedad cubana
El dogmatismo sentó las bases para la doble moral, que ha crecido desde entonces como la mala hierba y es una de las peores deformaciones cívicas sufridas por la sociedad cubana durante estas décadas.
Una de las primeras manifestaciones de la doble moral estuvo relacionada con el encubrimiento de las creencias religiosas. Muchos decidieron ocultarlas, desmantelaron altares, quitaron las imágenes de Cristo o vírgenes, comunes en las salas de los hogares cubanos, dejaron de asistir a misa o cultos religiosos. Otros, siguieron sus prácticas y asumieron las consecuencias discriminatorias que ello implicaba.
El flujo migratorio desencadenado desde los primeros años del proceso fue otro hito importante en esta dirección. Primero salieron del país aquellos cuyas propiedades fueron confiscadas, militares y funcionarios vinculados al gobierno de Fulgencio Batista; a los que se sumaron académicos, profesionales, intelectuales, artistas, religiosos, todos de alguna forma en desacuerdo con la ideología impuesta y el rumbo asumido por la Revolución. Estos fueron catalogados como «traidores a la Patria», «gusanos», «vendidos al imperio yanqui», por eso era mal visto mantener relaciones con ellos, aunque se tratara de familia cercana. Hacerlo te descalificaba como revolucionario y limitaba las posibilidades de estudio y empleo, es decir, de ascenso social. Por eso, la opción para muchas familias y amistades fue ocultar sus vínculos con los que se fueron.
Por su parte, el rígido control de toda la economía por el Estado, la escasez de recursos y una política igualitarista extrema y absurda, abrieron otra brecha significativa al crearse el mercado negro. Así, la extracción en los centros laborales de productos deficitarios, ―alimentos, piezas de repuesto, efectos electrodomésticos, materiales de construcción, pintura, etc.―, encaminados al mercado subterráneo, se convirtió en práctica común para satisfacer las necesidades e incrementar los ingresos que quienes así actuaban.
La Revolución concibió una distribución igualitaria de alimentos y artículos para el aseo personal, regulada por una tarjeta de abastecimiento. Se recibía la misma cantidad de cada producto o artículo por persona, sin tener en cuenta las diferencias individuales. De igual forma, se reguló, a través de una libreta con cupones, la compra de ropa personal y ajuar de casa, zapatos, uniformes escolares, e incluso, la cantidad de tres juguetes para cada niño una sola vez al año.
Esta situación condujo a la reventa de todo lo normado por diferentes vías:
Los vendedores, que acumulaban lo que sobraba porque reducían intencionalmente la cuota de cada persona: el bodeguero la cantidad de arroz, frijoles, sal, azúcar, entre otros productos; el casillero la cantidad de carne, pollo o pescado; la empleada de la tienda de ropa, los metros de tela, las sábanas, toallas, etc.
Las familias, que decidían vender lo que no necesitaban, o porque preferían el dinero para satisfacer otras necesidades, sobre todo cuando se trataba de artículos de uso personal.
De esta forma, en el mercado negro se podía obtener cualquier producto imposible de adquirir en el mercado regular oficial y extraerlo, es decir, robarlo. Esa actuación, considerada una manera de «luchar», es decir, de sobrevivir y satisfacer las necesidades, ha constituido asimismo un abono para la doble moral.
Tales actividades ilícitas han sido siempre penadas, e implicaban además perder la militancia del PCC o la UJC, lo que también podía provocar la pérdida del trabajo si ello constituía un requisito. Por esa razón, los militantes se cuidaban de ser vistos cometiendo dichas infracciones, pero sí participaban, en el sentido de que algún miembro de su familia actuaba en este ámbito y ellos recibían indirectamente los beneficios. Además de que se les ofrecía protección cuando podían hacerlo por la posición que ocupaban en la estructura del poder.
En las primeras décadas de la Revolución, como resultado de los valores heredados, el robo era degradante para la familia y la sociedad; sin embargo, en la medida en que la economía, en lugar de prosperar, decrecía, este fenómeno, asimilado como una forma de subsistencia, se convirtió en algo cotidiano y más aceptado. Hasta la prostitución ha recibido el visto bueno.
El proceso denominado «revolucionario» trató de imponer un igualitarismo que nunca funcionó, porque a pesar de que el adoctrinamiento insistía en la necesidad de priorizar las necesidades sociales y no las individuales, y en sacrificar hasta la familia por el bien colectivo; en la práctica, siempre hubo privilegios para los militares y para funcionarios de todas las estructuras del Gobierno y del Partido en todas las instancias.
Ellos fueron priorizados para obtener una vivienda, un carro, tener vacaciones en hoteles con todos los gastos pagos, entre otras muchas oportunidades imposibles para la población. Jamás han reconocido sus privilegios y continúan con un discurso de resistencia y creatividad dirigido al pueblo; lo que muestra a las claras que la doble moral ha predominado también, con mucha fuerza, entre las élites del poder.
Ni siquiera puede considerarse que ha habido igualdad de oportunidades, teniendo en cuenta la obligatoriedad de aceptar una única ideología como requisito imprescindible para acceder a determinados estudios y puestos de trabajo.
Otra arista de la doble moral ha sido la declaración de igualdad del hombre y la mujer en Cuba. La Federación de Mujeres Cubanas (FMC), creada con este objetivo, desempeñó un importante rol en los primeros años, al visibilizar esa posibilidad con la incorporación masiva a empleos y estudios, así como con la creación de Círculos Infantiles para el cuidado de los menores en edades tempranas. No obstante, la mujer continuó siendo ama de casa y teniendo una doble jornada, independientemente del nivel de responsabilidades que tuviera en su trabajo, lo cual la limitaba.
Además, el machismo ancestral heredado no podía eliminarse de un día para otro; por el contrario, la política oficial exacerbaba el papel del hombre en la sociedad: eran los fuertes y decididos; la arremetida contra los homosexuales, considerados «débiles», lo ratificaba.
Las mujeres cubanas han tenido que soportar acoso, violaciones, maltratos, difamaciones muchas veces arbitrarias y sin fundamentos. Aún hoy, después de sesenta y siete años, no se le presta la atención debida a la violencia doméstica, no existen centros de amparo para la mujer, ni se ha reconocido el feminicidio como un fenómeno que ha perdurado. Para preservar la imagen de una Revolución invicta, justa, perfecta, la FMC, haciendo gala de doble moral, ha callado. Por eso perdió hace mucho el protagonismo de los primeros tiempos.
Es imposible abarcar en un breve artículo todas las facetas de este fenómeno, pero resulta imprescindible llamar la atención sobre la doble moral de un gobierno que no solo niega sus privilegios mientras exige sacrificios sin límites al pueblo, sino que además ha negado siempre la represión y la existencia de presos políticos.
¿A dónde fueron a parar las aspiraciones de todos aquellos que apoyaron la Revolución para lograr una sociedad más justa, democrática y libre? ¿Dónde está el mundo mejor de nuestros sueños? Fueron devorados por el dogmatismo y la doble moral.
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Imagen principal: Sasha Durán / CXC.