David deja el campo libre a Goliat

Hace pocos días, el ministro de Relaciones Exteriores de Cuba presentó ante las Naciones Unidas un nuevo informe sobre las consecuencias de la presión económica de los Estados Unidos contra el gobierno de su país. Si bien se nota en las últimas presentaciones una tendencia a la disminución de los votos favorables al documento, y continúa en el aire la pregunta no respondida de por qué razón durante muchos años no se presentó nunca un informe similar, es indiscutible que el gobierno cubano puede anotarse el resultado de este episodio como una victoria diplomática repetida, pues la aprobación continúa siendo mayoritaria.

Eso es un hecho; no interesan, para lo que deseo exponer, cualesquiera otras consideraciones, del cariz que sean. Además, para mí está muy claro que «país» y «gobierno» no son sinónimos, aunque en demasiadas ocasiones lo parecieran, tanto para unos como para otros.

El carácter reciente de esa presentación implica, ante todo, que la delegación cubana ante las Naciones Unidas posee abundante información fresca, y también histórica, para enfrentar el debate contra cualquier oponente en las batallas diplomáticas, y además tiene preparación y experiencia para hacerlo y salir airosa.

(Pudiera parecer que no viene a cuento, pero no hay que olvidar que los miembros de esa delegación cobran un salario salido del erario, que es lo mismo que decir del bolsillo de los ciudadanos, para representar al gobierno del país ante las Naciones Unidas, y deben ser eficientes cumplidores de ese cometido. Ese es su trabajo, su obligación. Dicho de otro modo: Para eso les paga el gobierno, con nuestro dinero…, no para que rehúyan el combate).

Una de las obligaciones de la representación de un gobierno ante las Naciones Unidas es enfrentar cualquier maniobra diplomática, manipulación de la información o afirmación que, en su criterio, vaya en detrimento de ese gobierno, sea el más democrático o el más antidemocrático del mundo. Sería absurdo, en consecuencia, exigir que una delegación diplomática vaya en contra de la línea política que rige a su país. (Esto último lo olvidan muchos cubanos que se pronuncian contra Marco Rubio o contra Bruno Rodríguez, según el caso, porque en sus intervenciones no hacen referencia a este o aquel tema que consideran imprescindibles..., pero van contra los intereses de los gobiernos del cual son miembros).

Si tales son las obligaciones de una representación diplomática en Naciones Unidas, y si la cubana está actualizada en cuanto a la información requerida para cualquier debate en ese nivel internacional, es absolutamente inexplicable que la delegación cubana haya abandonado la sala de sesiones mientras hablaba el presidente de los Estados Unidos. Al respecto, publiqué el comentario en Facebook:

«¿Dejar el campo al adversario y no presentar pelea? No veo cómo ganar batallas con esa táctica.

Salvo que no se cuente con arsenal adecuado. En el caso de una confrontación de ideas, sería falta de argumentos contundentes.

Alguien que lo explique. No entendí nada».

Un colega me replicó aduciendo que la delegación iraní, junto a otras, abandonó la sala recientemente, cuando el primer ministro israelí comenzó su discurso en la sesión correspondiente, y me preguntó si eso es falta de argumentos. No se refirió al resto de mi comentario.

No tengo conocimiento de quiénes fueron los primeros en ausentarse de una sesión cuando una delegación habla, como forma de rechazo al orador, pero es algo que en ocasiones ocurre en las Naciones Unidas y en algún que otro encuentro internacional; por tanto, no voy a juzgar el procedimiento, aunque no lo comparto. Su mensaje, a fin de cuentas, no es otro que: «No me interesa lo que vas a decir, no te respeto, no mereces mi tiempo». Es una señal de desprecio, nada diplomática.

Poniendo de lado que, para mí, lo que pueda hacer o dejar de hacer la representación de un régimen teocrático dictatorial sostenedor de organizaciones terroristas, como el de Irán, no será nunca un ejemplo digno de imitar, llamo la atención al elemento distintivo entre ambas acciones que mi apreciado colega pasó por alto: En el caso del primer ministro israelí, el abandono de la sala se produjo al subir al estrado, no después.

Me guste o no, puedo entenderlo; fue una declaración directa de rechazo al orador: «No queremos saber nada de ti».

Ese NO fue el caso de la delegación cubana cuando se produjo el discurso del presidente de los EEUU.

Si la delegación se hubiera retirado al comienzo, significaba dirigirle al orador el mensaje: «No nos interesa nada de lo que vayas a decir, ni siquiera por diplomacia vamos a oírte, te despreciamos»; aunque me parezca impropio, lo hubiera entendido como una especie de ex abrupto justificable por las medidas dictadas por el señor Trump contra el gobierno que representa.

Pero la delegación cubana NO se retiró al inicio de su discurso, sino más tarde. Precisamente cuando el presidente de los EE.UU. habló sobre Cuba.

Y tampoco cuando comenzó a hablar sobre Cuba, sino más adelante.

Entonces, no se trató de volver las espaldas al orador y mostrarle desprecio, sino de negarse a oír lo que fuera a decir sobre el gobierno cubano, a partir de cierto punto. El mensaje transmitido es, pues, muy diferente. Y, por más que se le quiera dar la vuelta, deja flotando una pregunta: ¿Por qué no quedarse a oír todo el fragmento del discurso referente al gobierno cubano, para luego rebatirlo, con los argumentos sólidos de que se supone dispone la delegación, utilizando más adelante el derecho de réplica?

Esa pregunta, desde luego, puede tener varias respuestas, y difícilmente alguna sea favorable al gobierno cubano.

Veamos los hechos desprejuiciadamente:

Hay dos gobiernos enfrentados en un diferendo de décadas. Uno, muy poderoso, ha declarado que seguirá apretando el cerco económico contra el otro, pequeño y débil (pasemos por alto en el análisis cuánto contribuye el pequeño, con su mala administración, a los objetivos del grande). Se da la oportunidad, la posibilidad, de un enfrentamiento verbal entre la máxima figura del país grande, y una representación del pequeño, con el mundo entero como espectador: David y Goliat modernos habrían de luchar en igualdad de condiciones y con armas de similar potencia: argumentos.

Goliat es consciente de su fuerza, no duda de ella, pero ¿confía David en su honda?  

He aquí que, cuando Goliat despliega ante David su arsenal para ese combate; es decir, SUS ARGUMENTOS, David abandona el campo sin siquiera mostrar el suyo.

¿No portaba David su honda, no confiaba en que fuera suficientemente buena, o dudaba de sus habilidades como hondero? De otra manera no se entiende que desperdiciara la oportunidad de propinar a Goliat una tremenda paliza, ¡ante los ojos del mundo!

Como expreso en mi comentario anterior, se dejó el campo de batalla sin ofrecer pelea al adversario.

En el enfrentamiento entre ejércitos, no es cobardía, sino táctica oportuna, no presentar combate cuando no se cuenta con el arsenal y el número de combatientes para obtener la victoria. Cualquiera lo entiende. Pero ningún general, conocedor de su superioridad numérica y en armamento, dejaría pasar la ocasión de asestar un golpe demoledor al adversario y anotárselo en su currículo.

«De pensamiento es la guerra que se nos plantea, y a pensamiento hemos de librarla», expresó Martí (cito de memoria, pido disculpas si las palabras no son exactas; la esencia lo es). En la Asamblea General no se trataba de una batalla de pólvora y fusiles, sino de pensamiento. Y la delegación cubana renunció a la posibilidad de entablarla.

¿Cómo se explica eso? ¿Temió no vencer? ¿No se supone que le asiste la razón, que tiene los argumentos suficientes para desmontar los expuestos por el presidente de los EE.UU.? Eso es lo que nos aseguran todos los días, a todas horas, por todos los medios posibles.

Los argumentos del señor Trump al hablar sobre el diferendo entre los dos gobiernos, a los cuales la delegación cubana dejó sin impugnación, fueron, en esencia: a) en Cuba hay un Estado fallido, b) Cuba sirve de refugio a terroristas y, quizás lo más importante, c) él está trabajando y presionando para que el gobierno acabe de caer, y ya hay negociaciones entre ambos gobiernos, incluso el jefe del Departamento de Estado está involucrado en ellas.

He visto varias veces el video, y el abandono de la sesión por la delegación cubana se produce, precisamente, en el momento en que el señor Trump comienza a referirse a esas negociaciones.

Tenemos, entonces, que la delegación no se retiró antes del discurso, no justificable, aunque entendible; tampoco cuando se afirmó que en Cuba hay un Estado fallido, a punto de caer, etc. (tampoco hay que descuidar la afirmación, proveniente del tiempo de las cavernas: Al vencedor le pertenecen los despojos, pero ese es otro tema), ni siquiera cuando afirma que Cuba es refugio para enemigos de EE.UU.: La retirada se produce precisamente cuando el señor Trump afirma que hay negociaciones (con el máximo representante de las relaciones exteriores de Estados Unidos involucrado) entre los dos gobiernos.

Eso último ha sido negado repetidamente por el gobierno cubano, quien, a lo sumo, ha admitido ciertos acercamientos de escaso nivel y ningún resultado. ¿Miente el señor Trump, o miente el gobierno cubano acerca de las negociaciones?

Llegados aquí, nos encontramos con un punto realmente grave. Si el presidente norteamericano miente, la delegación cubana no solo ha abandonado el campo: Ha sufrido una derrota de grandes proporciones. Admitió, implícitamente, que no tenía pruebas con qué desmentir la afirmación del señor Trump. Y valida la pregunta: ¿Quién ha mentido?

(Un antecedente cercano pesa en la respuesta: Incontables veces se negó la presencia de cualquier tipo de tropas cubanas en Venezuela, incluso días antes de que se conociera de los militares cubanos muertos el 3 de enero de 2026).

No puedo determinar en el video si la delegación estaba presidida por el Canciller. Estuviera presente o no, si en Cuba existiera un Estado de derecho, como afirma la Constitución en su artículo 1, sería de esperar de inmediato una sesión especial del parlamento para exigirle responsabilidad por haber autorizado el abandono de la sala (si no estaba presente, estamos en el siglo xxi, lo habrían consultado por teléfono, no lo harían de forma inconsulta), en lugar de desmentir ante el mundo al señor Trump, quien, por cierto, no se lució como orador en esa ocasión.

Si la delegación cubana se sentía convencida de tener argumentos sólidos para demostrar que: a) los gravísimos problemas del país son debidos a las presiones económicas y políticas del gobierno norteamericano y no, en un alto porcentaje, a la acumulación durante décadas de decisiones económicas, sociales y políticas desastrosas y mala administración de los recursos; no hay presos políticos y el gobierno goza de amplio respaldo popular; b) Cuba no es un peligro para los EE.UU.; c) no existen negociaciones con el gobierno de los Estado Unidos, en particular con el señor Marco Rubio…, si estaba convencida de todo eso, pregunto: ¿Qué justificación tiene el abandono de la sala cuando el señor Trump menciona ese último punto (y no antes)?

Como ciudadano, me considero con el derecho a exigir al gobierno de mi país las aclaraciones pertinentes. No justifica nada, y no tiene ningún valor argumental, una declaración del Canciller en su cuenta en redes sociales, donde se limita a calificar de falsedades las palabras del presidente de EEUU, ratifica que Cuba es y tiene derecho a ser un país soberano, no es una amenaza para los EE.UU., y que el bloqueo es un acto de genocidio. Nada que no se haya dicho en muchas ocasiones anteriores.

¡Y no se refirió a «la falsedad» de las negociaciones!

La honda de David, por lo visto, no era capaz de vencer a Goliat. Y David lo sabía.

* * *

Nota: Este texto está redactado en virtud de lo establecido en el artículo 54 de la constitución de la República de Cuba: «El Estado reconoce, respeta y garantiza a las personas la libertad de pensamiento, conciencia y expresión».

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Imagen principal: Mike Segar / Reuters.

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