Ni libertad sin pan, ni pan sin libertad

El 2 de mayo de 1959, Fidel Castro participó en la reunión del llamado Comité de los 21 (el foro económico de la OEA), celebrado en Buenos Aires. Allí perfiló un conjunto de ideas que consideraba claves para el desarrollo de la región. En su exposición abordó conceptos como «democracia», «dictadura», «libertad», «libertad de expresión» e «inversión extranjera».

Dadas las circunstancias de Cuba, marcadas por constantes bandazos económicos e ideológicos, resulta revelador releer aquel texto. No para insistir en la naturaleza populista y manipuladora del discurso castrista, sino porque su línea argumental constituye un manual sobre cómo el régimen lleva décadas reciclando ideas que jamás pretendió aplicar.

Las propuestas

Fidel y su comitiva llegaron al encuentro tras una gira por Estados Unidos. El cónclave, convocado en el marco de la Operación Panamericana que el presidente brasileño Juscelino Kubitschek había lanzado un año antes, buscaba soluciones conjuntas para remontar el subdesarrollo económico y promover el financiamiento para el desarrollo de América Latina.

Antes de examinar las «soluciones» expresadas por Castro, conviene notar su primera táctica al tomar la palabra: descalificar el evento y restar legitimidad al foro mientras se marginaba del problema. Arrancó afirmando que las conferencias internacionales eran «meros torneos de oratoria», y que no llevaba «un discurso escrito». Tras denunciar la retórica y situarse al margen de ella, se abroga la voz de la verdad. Todas las ideas que siguen partieron de este precedente.

A continuación se resumen las ideas más importantes que expuso, las cuales conviene leer recapitulando las tantas propuestas de reformas que el régimen cubano ha anunciado a lo largo de estos años: restaurar la fe con hechos, realidades y soluciones, no con promesas, ni retóricas; abandonar las «ideas viejas» para intentar resolver problemas nuevos; dejar de aplicar «anestesia» y paliativos; plantearse la solución mediante el esfuerzo unido; no separar el problema económico del político; dirigirse directamente a la opinión pública norteamericana; buscar soluciones definitivas y no temporales; establecer una norma de absoluta honradez en el gobierno; representar intereses de mayorías y no de minorías; sistemas fiscales justos, en los que los impuestos no graven a quienes menos tienen; elevar el nivel de ingresos y de consumo, fueron algunos de los principales argumentos del dirigente cubano.

¿Cómo propuso lograr este programa? Su estrategia se apoyaba en dos grandes núcleos: primero, articular un bloque económico latinoamericano en el cual los más ricos ayudaran con recursos y financiamiento a los más desfavorecidos; segundo, lograr que EE.UU. sufragara el desarrollo continental, como hicieron con Europa a través del Plan Marshall. En síntesis, captar capital externo ―incluido del vecino norteño― que financiara el desarrollo, pero bajo los términos de cada nación. Premisa esta que reiteró a lo largo de su intervención.

Esa ha sido, en esencia, la postura del régimen desde 1959, declarar su disposición a recibir inversión y ayuda estadounidense, pero bajo sus propias condiciones. No se trata de que La Habana traicione hoy sus principios, es mucho peor, la cúpula admite que las últimas décadas fueron un camino errado y, como dice la canción infantil: «volveremos, volveremos, volveremos a empezar».

¡Retorsio!

No es un hechizo de Harry Potter, aunque algo de similitud tiene. El «retorsio argumenti» consiste en girar el argumento del adversario en su contra para obtener ventaja discursiva. Fidel Castro, como antes habían hecho otros, lo empleó en el sentido de la retórica aristotélica, en el cual es una herramienta de persuasión masiva.

Por ello no resulta útil el solo hecho de señalar cómo, a lo largo de los años, se dijo, desdijo y contradijo. Algo más provechoso sería evaluar la responsabilidad del sistema en su conjunto, no solo de la persona. Nunca será suficiente lo que podamos hacer al respecto para que los dirigentes cubanos, mañana, no puedan actuar como en la URSS: criticar a Stalin y sobrevivir sin responsabilidades al proceso. ¿Qué argumentos desarrolló entonces para sostener los dos núcleos de soluciones?

Respecto a la integración y/o cooperación latinoamericana, expuso ideas que resultan llamativas, en las cuales el efecto retorsio alcanza puntos elevados, si se compara con el curso posterior de Cuba. Sostuvo que la cooperación debía evitar fortalecer dictaduras, e impedir que el capital invertido fuese a manos privadas de dictadores. Planteó restringir, e impedir, la llegada de recursos a gobiernos desprovistos de respaldo popular y culminó pidiendo reducir el desproporcionado gasto militar en los presupuestos nacionales. Sobre este último aspecto, cabe recordar que precisamente en aquellos meses de 1959 la Isla iniciaba una escalada desenfrenada en el gasto bélico, aspecto demostrado en el artículo «Economía y rearme: el presupuesto militar en el origen del totalitarismo cubano».

En cuanto al financiamiento estadounidense, Castro afirmó que su delegación calculaba en 30 000 millones de dólares ―distribuidos en diez años― los recursos necesarios para el desarrollo latinoamericano. Sin embargo, acotaba que el dinero debía entregarse directamente a los gobiernos para una gestión centralizada, sin estimular las inversiones de capitales privados. No se trataría de una donación, sino de capitales financiados y devueltos con sus intereses, siempre que fueran justos.

Concluyó esbozando una cadena de razonamientos acerca de los peligros que para la seguridad de los Estados Unidos encerraba el subdesarrollo de América. ¿Pretendía sembrar la idea de que financiar a América Latina no era generosidad, sino autodefensa?

Haz lo que yo digo, pero no lo que yo hago

Este artículo toma el título original con el que se difundió la intervención que analizamos ―disponible en el sitio fidelcastro.cu―, a pesar de que dicho título ha sido omitido en la edición reciente de sus Obras Completas; supresión reveladora, pues capta la esencia en la que quedó atrapada la población: la privación simultánea de pan y libertad.

No obstante, el título no es el único testimonio de cómo el régimen supeditó el desarrollo real del país al establecimiento de un control político férreo. Conviene revisar el modo en que los pilares que Castro defendió para el continente se aplicaron en la política interna de Cuba.

Comencemos por la emigración. Tras detallar el daño que el éxodo causaba a las naciones de origen y el riesgo que suponía para Estados Unidos, el dirigente cubano afirmó haber conocido durante su viaje a numerosos emigrados deseosos de retornar, aun a costa de ganar menos. Concluyó entonces que resultaba crucial aplicar políticas para frenar la salida de ciudadanos y facilitar su regreso. En este punto creo que el lector tiene en su mente que, precisamente el empleo de la emigración como válvula de escape y arma de chantaje, es hasta hoy una de las principales herramientas de la dictadura. Desde la década del sesenta el poder deshumanizó a los emigrantes, tachándolos de «gusanos» o «escoria», en el intento de justificar el agravio físico y moral contra ellos.

Otra de sus premisas fue resolver el tema del desempleo. Ejemplificando en los supuestos 700.000 desempleados cubanos afirmó: «no les vamos a dar billetes que no valen nada, no los vamos a alimentar del aire, no los vamos a poner a hacer trabajos improductivos, a quitar una piedra de un lado y ponerla en otro». Una larga lista de planes productivos fracasados, ideas providenciales desastrosas, como los casos del Cordón de La Habana, las zafras mágicas, la desecación de ciénagas, entre otros muchos, hablan por sí solos.

Asimismo, defendió la erradicación del monocultivo y la dependencia de un solo mercado mediante la industrialización. La frase formulada debió servirnos de alerta sobre la debacle que se avecinaba en nuestro país: «si Cuba vendiera ocho millones de toneladas de azúcar podría perfectamente movilizar todo el capital necesario para su desarrollo industrial». En la práctica, la dependencia del azúcar no se erradicó, sino que se reorientó hacia el bloque soviético mediante los convenios de 1960, el ingreso en el CAME en 1972 y los precios preferenciales. El punto culminante de ese modelo fue la Zafra de los Diez Millones, que paralizó y desarticuló la economía nacional. Tras la caída de la URSS, en 1991, la agroindustria azucarera fue sustituida paulatinamente por el turismo y la venta de servicios médicos.

Aunque es asunto harto conocido, no está de más referirse al financiamiento público externo. La cifra calculada por Fidel Castro para todo el continente ―30.000 millones―, terminó por duplicarse solo para Cuba. Carmelo Mesa-Lago ha calculado en 65.000 millones el valor de la relación económica de la URSS con la Isla, a lo que debe sumarse el posterior patrocinio venezolano. El país receptor de ese volumen de recursos es el mismo que hoy sufre el colapso del sistema eléctrico, el abandono de servicios básicos y la desprotección ciudadana.  

Un punto insistente en su discurso fue la exigencia de honradez y rendición de cuentas. Castro calificó a la dictadura como el sistema más corrupto, y señaló que los gobiernos constitucionales «tienen que cuidarse porque deben asistir a unas elecciones y pueden perderlas […] hay un freno en la denuncia pública, hay un freno en la libertad de expresión, hay un freno en las elecciones que se suceden cada dos años; pero cuando se trata de una dictadura, roban diez años, quince años, veinte años y hasta más años […] nadie los acusa, nadie los denuncia, porque no puede, nadie los refrena y nadie los sustituye». Los cuatro contrapesos que enunció en aquel momento ―elecciones competitivas, denuncia pública, libertad de prensa y alternancia en el poder―, continúan anulados de la realidad cubana.

La intervención de Castro en la OEA y su catálogo de recetas parecen cobrar vigencia. El régimen no traiciona sus postulados originales ―como sostienen ciertos críticos tolerados por el oficialismo―, sino que retorna de manera oportunista el punto de mayo de 1959. Cabe cerrar con las propias palabras del dirigente en aquella jornada: «sea una dictadura de izquierda o sea una dictadura de derecha, lo cierto es que son dictaduras»

Aries M. Cañellas Cabrera

Licenciado en Filosofía e Historia. Profesor e investigador.

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