Cuba ¿derrumbe o agotamiento acelerado? Claves para no errar en la solución
Cuba no vive un colapso inmediato, sino un proceso prolongado de agotamiento sistémico. Comprender la diferencia es fundamental para interpretar correctamente la coyuntura geopolítica actual y prepararnos, como sociedad, ante cualquier escenario de negociación o transformación.
¿Qué significa realmente que Cuba «se esté derrumbando»?
Recientemente, la periodista radicada en Miami, Lizette Álvarez, escribió que Cuba «se está derrumbando» y que eso podría representar una oportunidad para Donald Trump —y para la propia Isla. Más allá de posiciones políticas, conviene analizar con calma esa afirmación. El término «derrumbe» sugiere un colapso súbito. Pero lo que observamos en Cuba no es una caída abrupta, sino algo más complejo y lento: un agotamiento sistémico. Un sistema puede no colapsar de inmediato y, sin embargo, estar debilitándose de forma indefinida.
Para entender este proceso puede ser útil una analogía biológica. La «autofagia» es un mecanismo celular de supervivencia. Cuando hay escasez, la célula se recicla para resistir; pero si ese mecanismo se vuelve permanente, deja de reparar y comienza a consumir sus propios componentes esenciales. Y con ese fin apela a tácticas y relatos parasitarios.
Algo similar ha ocurrido en Cuba durante décadas. En lugar de crecer creando riqueza y ampliando capacidades productivas, el sistema ha sobrevivido utilizando y agotando:
Capital humano
Infraestructura heredada
Confianza social
Recursos simbólicos y reputacionales
Futuro demográfico
Cada crisis fue gestionada para preservar el control político, pero no necesariamente para fortalecer la base productiva del país. El resultado no es una explosión inmediata. Es desgaste acumulado. Hoy observamos indicadores claros de esa erosión:
Crisis energética persistente
Servicios públicos deteriorados
Economía dependiente de remesas y permisos, más que de productividad
Migración masiva histórica
Pérdida progresiva de credibilidad en el discurso oficial
Estos fenómenos no implican necesariamente que el sistema vaya a colapsar mañana. Pero sí indican que su capacidad de generar bienestar mínimo y horizonte de futuro está severamente limitada.
El punto central: competitividad y soberanía provocada por la lógica esclavista política del unipartidismo
Aquí conviene introducir conceptos fundamentales: el pluripartidismo, el respeto a los derechos humanos y la competitividad económica como base de la soberanía nacional. Sin una economía capaz de: producir valor agregado, innovar, integrarse inteligentemente al mercado global y generar empleo productivo; no existe soberanía real, aunque exista control político.
Un país que concentra las decisiones estratégicas en pocos actores y limita la participación económica amplia de su sociedad, reduce su capacidad de competir y, de ese modo, reduce su autonomía real. La soberanía no es solo independencia formal. Es capacidad efectiva de decidir sin depender estructuralmente de otros.
¿Dónde encaja la «oportunidad»?
Si se produjera un cambio en la política estadounidense —por ejemplo, bajo una eventual nueva decisión de Donald Trump—, podrían abrirse espacios de negociación. Pero es importante comprender algo: «oportunidad» no significa automáticamente democratización. Puede significar:
Reconfiguración económica con control político centralizado.
Reacomodo de élites.
Ajustes graduales sin redistribución real del poder.
O, en el mejor de los casos, reformas estructurales negociadas.
El resultado dependerá de múltiples variables.
La variable más importante: una sociedad organizada
La transformación no dependerá exclusivamente de Washington ni del Palacio de la Revolución. Dependerá de:
Capacidad organizativa de la sociedad.
Articulación entre la Isla y su diáspora.
Competencia técnica para reconstruir sectores clave.
Cultura económica orientada a la productividad.
La diáspora cubana posee capital humano, recursos financieros y peso político. Pero la influencia efectiva requiere estrategia, coordinación y visión de largo plazo. Sin diseño institucional y sin preparación técnica, cualquier acuerdo puede quedarse en la superficie.
Tres posibles escenarios
Si el desgaste continúa, pueden desarrollarse distintos escenarios:
Incremento del caos y de la migración.
Modernización autoritaria con apertura económica limitada.
Negociación estructurada con reformas graduales y verificables.
El tercer escenario es el más complejo, pero también el más estable. Requiere paciencia, diálogo, competencia técnica y responsabilidad compartida.
La pregunta correcta
El debate no debería centrarse en si el sistema caerá pronto o no. Las preguntas más útiles serían: ¿Está la sociedad preparada para reconstruir? ¿Existen equipos técnicos capaces de rediseñar sectores estratégicos? ¿Hay consenso mínimo sobre la importancia de la competitividad económica? ¿Pueden la Cuba insular y la Cuba transnacional colaborar de manera constructiva?
La historia no avanza por inercia. Se construye mediante capacidades acumuladas. Cuba no comenzará a transformarse el día en que cambie un gobierno, sino cuando se modifique la comprensión colectiva de cómo se genera prosperidad y soberanía. El verdadero desafío no es predecir el colapso, sino prepararnos para el rediseño. Y el rediseño empieza por algo básico: entender que sin pluripartidismo, respeto a los derechos humanos, democracia y competitividad económica, no hay soberanía sostenible.