Díaz-Canel, la biomasa y el patatús de Moreno Fraginals

El 5 de febrero de 2026, mientras La Habana acumulaba apagones de hasta doce horas diarias y el 93% del transporte público permanecía paralizado, Miguel Díaz-Canel se sentó frente a las cámaras de la televisión estatal para ofrecer lo que se anunció como una conferencia de prensa. El montaje fue revelador desde el primer instante: la moderadora, Arleen Rodríguez Derivet, la misma periodista que semanas antes había minimizado los apagones argumentando que José Martí escribió toda su obra sin electricidad, fue cediendo la palabra exclusivamente a corresponsales de medios aliados: Russia Today, Xinhua, Prensa Latina, Granma. Ninguna pregunta incisiva, demanda de fechas, cifras concretas o rendición de cuentas. Dos horas de retransmisión, aparentemente ni siquiera en directo según evidenció el reloj de la propia conductora, para escenificar una rueda de prensa que era, en realidad, un monologo propagandístico.

El núcleo del discurso fue predecible en su estructura y delirante en su contenido. Díaz-Canel afirmó que «el déficit energético es controlable» y que el aumento de los apagones era una «percepción» de la población. Acusó a Estados Unidos de utilizar «la teoría del colapso para revocar la revolución» y rechazó la noción de Estado fallido: «No hay Estado fallido, sino un Estado que ha tenido que enfrentar las máximas presiones de la principal potencia del mundo». Entre las soluciones propuestas, sin inversiones, cronogramas ni capacidades reales de sustitución, mencionó la energía eólica, la hidráulica, la solar, el crudo nacional, el biogás y una palabra mágica: la biomasa.

La reacción de la población osciló entre la decepción y la rabia. Como apuntó el economista Pedro Monreal, las medidas anunciadas representaban apenas «versiones actualizadas de la llamada “opción cero”», esquema extremo de racionamiento y supervivencia discutido en los años noventa, pero nunca implementado formalmente. El discurso de Díaz-Canel no fue una conferencia de prensa, fue un panfleto pronunciado desde la enajenación más absoluta de la realidad; una pieza maestra de cómo un gobernante puede hablar durante dos horas sin decir absolutamente nada.

La biomasa es, en términos sencillos, toda materia orgánica utilizable como fuente de energía. Incluye residuos agrícolas, forestales, urbanos, desechos animales y, por supuesto, los subproductos de la industria azucarera: el bagazo de caña, los residuos agrícolas cañeros (RAC), la cachaza y los mostos de destilería.

En la «economía circular contemporánea» ―concepto central en políticas energéticas de la Unión Europea, Brasil, India y el Sudeste Asiático―, la biomasa representa la convergencia virtuosa entre gestión de residuos, generación de energía renovable y reducción de emisiones de carbono.

Lo que Díaz-Canel ignora, o finge ignorar, es que Cuba fue literalmente pionera mundial en el uso de biomasa para generación eléctrica. Ya en 1991, la industria azucarera cubana generaba 1.262 GWh de electricidad a partir de bagazo, lo que representaba el 9,6% del total nacional. El país poseía 804 generadores de vapor alimentados con bagazo, 349 turbogeneradores y una capacidad instalada de 726 MW, distribuida en 149 centrales azucareros. La agroindustria azucarera producía anualmente biomasa renovable similar a 5,2 millones de toneladas de combustible equivalente (TCE): 4,2 millones de TCE en bagazo y un millón de TCE en residuos agrícolas caseros.

Estudios realizados por la Agencia de Ciencia y Tecnología de Cuba en los años noventa demostraron que, con inversiones en modernización de calderas y turbinas, la industria azucarera podía escalar hasta producir 9.648 GWh anuales, el 73% de toda la electricidad generada en el país en 1991, mediante centrales termoeléctricas de alta presión operando todo el año con bagazo y RAC.

Con tecnologías de gasificación de biomasa (ciclos BIG/STIG), dicho potencial se elevaba a 32.832 GWh, es decir, 2,5 veces toda la producción eléctrica nacional. Un organismo internacional, WADE, determinó que Cuba tenía el mayor potencial del mundo para usar cogeneración de bagazo en su matriz energética, pudiendo alcanzar el 25% del suministro eléctrico.

Todo eso fue destruido. No por un huracán, no por el embargo, no por el colapso soviético. Fue destruido deliberadamente por el propio gobierno cubano.

En abril de 2002, Fidel Castro ordenó ejecutar la «Tarea Álvaro Reynoso», reestructuración que cerró setenta y uno de los 156 centrales azucareros del país. Sesenta y uno de ellos fueron desmantelados y vendidos como chatarra. Más de 1,3 millones de hectáreas fueron retiradas del cultivo de caña. Como consecuencia, quedaron desplazados 213.000 trabajadores. La promesa era que Cuba mantendría una capacidad de 4 millones de toneladas. La realidad fue esta: en la zafra 2024-2025, la Isla produjo menos de 150.000 toneladas de azúcar, la peor cosecha en más de un siglo, con apenas quince centrales participantes, de los cuales solo seis lograron arrancar a tiempo.

Pero la destrucción de la industria azucarera no destruyó solo el azúcar. Destruyó toda la infraestructura de generación eléctrica a partir de biomasa. Cada central azucarero cerrado era también una planta de cogeneración. Cada caldera desmantelada era un generador de vapor que convertía bagazo en electricidad. El cierre de setenta y un centrales eliminó aproximadamente 300 MW de capacidad instalada de generación renovable. Actualmente, Cuba posee apenas 185 calderas de bagazo en cincuenta y seis fábricas, con una capacidad total de 532 MW, de los cuales genera apenas el 3,5% de la electricidad nacional, una fracción patética del potencial documentado.

Así que cuando Díaz-Canel pronuncia la palabra «biomasa» en televisión como si estuviera revelando un secreto del universo, está hablando precisamente de lo que su propio gobierno destruyó. Es como si un piromaníaco, después de incendiar un bosque, se presentara ante las cámaras para hablar de las virtudes de la reforestación.

Hay una ironía cósmica en la situación cubana que merece ser examinada con detenimiento. Cuba está literalmente cubierta de biomasa. No tiene que importarla, no tiene que descubrirla, no tiene que inventarla. Está ahí, en cada esquina, en cada campo abandonado, en cada vertedero improvisado.

Primero, el marabú. El Dichrostachys cinerea, un arbusto espinoso invasivo originario de África, ha conquistado aproximadamente 1,7 millones de hectáreas de tierra cubana, precisamente aquellas que fueron retiradas del cultivo de caña tras la Tarea Álvaro Reynoso. El propio Raúl Castro reconoció sarcásticamente en 2007 «lo bellos que se ven los marabúes» a lo largo de las autopistas. El marabú es, desde el punto de vista energético, una fuente de biomasa extraordinaria: su poder calorífico es comparable al del carbón vegetal, y de hecho, la principal «exportación» derivada de las tierras abandonadas es carbón de marabú. Si Cuba tuviera la capacidad industrial para procesar y gasificar ese marabú a escala, dispondría de combustible sólido suficiente para alimentar decenas de plantas generadoras. Pero no tiene la capacidad. Porque la destruyó.

Segundo, la basura. Las calles de La Habana, Santiago, Camagüey y prácticamente toda ciudad cubana, están desbordadas de residuos sólidos. Los camiones de recogida no circulan por falta de combustible. La basura se acumula en las esquinas, en solares vacíos, en los ríos. En cualquier país con un mínimo de infraestructura de gestión de residuos, esa basura orgánica ―restos de alimentos, papel, cartón, madera, residuos de poda―, constituye biomasa aprovechable: materia prima para plantas de biogás por digestión anaeróbica, para incineración con recuperación energética o, como mínimo, para compostaje que devuelva nutrientes al suelo. Pero en Cuba la basura no es recurso: es síntoma. Síntoma de un Estado que no puede ni recogerla, mucho menos transformarla.

Tercero, los residuos agrícolas. Lo poco que queda de la producción cañera genera residuos que podrían alimentar calderas, pero el Ministerio del Azúcar de Cuba reportó que en la zafra 2024-2025 recibió solo el 10% del combustible necesario, el 12% de los herbicidas y un 0% de fertilización. No es que la biomasa no exista; es que no hay sistema que la convierta en energía, porque ese sistema fue desmantelado, vendido como chatarra, y reemplazado por marabú y retórica.

Historiador vs sistema

Manuel Moreno Fraginals murió en Miami el 9 de mayo de 2001, un año antes de la Tarea Álvaro Reynoso. Se fue sin presenciar la destrucción final de la industria que había estudiado con una devoción sin paralelo en la historiografía latinoamericana. Su obra El Ingenio: Complejo económico social cubano del azúcar, publicada en 1964 y ampliada en 1978, es quizás el estudio más ambicioso y riguroso jamás escrito sobre una economía de plantación. La American Historical Association le otorgó el Premio Clarence Haring en 1982.

Moreno Fraginals dedicó su vida a demostrar que Cuba era hija del azúcar: de su riqueza y de su miseria, de su esclavitud y de su modernidad, de su inserción en los mercados mundiales y de su dependencia colonial. Documentó cómo la sacarocracia habanera, esos inversionistas meticulosos cuya obsesión era la eficiencia de sus plantaciones, construyó la infraestructura que luego la revolución heredó y, finalmente, destruyó. Demostró que cada ingenio era un complejo económico-social, un universo donde se entrelazaban tecnología, comercio, demografía, cultura y poder político.

El propio establishment académico revolucionario nunca le perdonó su rigor. Los historiadores oficiales sostenían que los historiadores marxistas debían reinterpretar el pasado, no reconstruirlo con nuevas evidencias. A Moreno nunca se le permitió enseñar en la Universidad de La Habana. Su exilio en 1994 fue, como dijo su discípulo Rafael Rojas, «el desenlace natural de una biografía intelectual basada en una insaciable curiosidad y apetito de saber». Fue en Miami donde pudo terminar Cuba/España, España/Cuba: Historia Común, la obra que según sus propias palabras solo pudo escribir libre del temor de la censura.

Imaginemos por un momento que Moreno Fraginals no hubiera muerto en 2001. Imaginemos que estuviera vivo hoy, a los 105 años, con la lucidez que lo caracterizó hasta el final. ¿Qué vería?

Vería que de los 156 centrales azucareros que él estudió ―cada uno un universo económico-social, con su batey, su ferrocarril, sus calderas, su fuerza laboral, su cultura―, quedan quince en operación y seis funcionando a duras penas. Vería que la producción de azúcar cayó de 8,1 millones de toneladas a menos de 150.000, una caída del 98%, peor que la devastación de cualquier guerra o huracán que haya registrado en sus archivos. Vería que la tierra que alimentó los cañaverales de Matanzas, Güines, Camagüey y Oriente está cubierta de marabú. Vería que los bateyes que documentó con tanto detalle son pueblos fantasmas. Vería que Cuba, el país que exportó 6,8 millones de toneladas anuales de azúcar y representaba el 24% de las exportaciones mundiales, ahora importa azúcar de Estados Unidos, del país cuyo embargo supuestamente impide todo, por $14,9 millones en los primeros nueve meses de 2025.

Vería que el presidente de esa Cuba pronuncia la palabra «biomasa» en televisión como una epifanía, cuando Cuba producía electricidad con bagazo antes de que Díaz-Canel naciera. Vería que esa «resistencia creativa» de la que habla el gobierno no es más que un eufemismo para la miseria administrada.

¡Le daría un patatús!

El problema con la invocación de la biomasa por parte de Díaz-Canel no es que sea una mala idea. Es, de hecho, una idea excelente. Brasil lo demuestra cada día: la industria azucarera brasileña produce más de 45 millones de toneladas de azúcar, genera 28.000 millones de litros de etanol y aporta una fracción significativa de la electricidad nacional mediante cogeneración de bagazo. India garantiza precios justos a sus productores cañeros. Colombia alcanza rendimientos de 117 toneladas por hectárea. Todos estos países convirtieron la biomasa cañera en el eje de una transformación energética real.

El problema es que una idea sin capacidad de ejecución es peor que la ausencia de ideas, es una burla. Díaz-Canel habla de biomasa sin centrales que la procesen, sin calderas que la quemen, sin turbinas que generen electricidad, sin trabajadores calificados, ya que emigraron por cientos de miles buscando prosperidad, sin combustible para arrancar las pocas máquinas que quedan, sin fertilizantes para cultivar la caña, sin herbicidas para controlar la maleza, sin financiamiento para nada de lo anterior. Cuba recibió en la zafra 2024-2025 el 10% del combustible necesario, el 18% del financiamiento y el 0% de fertilización. ¿Cómo se construye un sistema de biomasa con cero por ciento de nada?

La falta de visión, eficiencia y liberalización de las fuerzas productivas del gobierno cubano hace que soluciones potencialmente viables se conviertan en palabrería hueca. No es la primera vez: las 93 medidas aprobadas por el Comité Central del PCC en 2021 para «salvar» la industria azucarera, incluyeron mayor autonomía para los centrales y retención del 80% de las divisas de exportación. Cuatro años después, la producción cayó otro 50%.

El patrón es siempre el mismo: medida-anuncio-fracaso, nueva medida-nuevo anuncio-nuevo fracaso. Lo que el VIII Congreso del PCC ratificó como «fórmulas principales»: empresas estatales y planificación socialista, son precisamente las causas del retroceso.

Moreno Fraginals fue muchas cosas: historiador, innovador metodológico, pionero de la econometría aplicada a la esclavitud, prosista formidable, disidente intelectual. Pero, ante todo, fue un visionario. Vio en la caña de azúcar no un cultivo, sino un sistema, un complejo económico-social que integraba economía, demografía, geografía, tecnología y cultura, y lo analizó con una profundidad que nadie había alcanzado antes ni ha alcanzado después. Entendió que la caña fue la madre de Cuba: de su riqueza, de su pobreza, de su racismo estructural, de su inserción en el capitalismo mundial. Su legado fue, como escribió un colega, «la primera advertencia que todo historiador serio debe tener presente a la hora de juzgar el Leviatán de nuestra historia contemporánea».

Los sepultureros de esa historia llevan nombres y apellidos. Llevan el uniforme verde olivo que ordenó cerrar setenta y un centrales. Llevan el traje caro e importado del imperialismo yanqui que pronuncia la palabra «biomasa» como un conjuro mientras la isla se apaga. Llevan la pluma que firma precios de 2.087 pesos por tonelada de caña, menos de $7 dólares, convirtiendo el cultivo más histórico de Cuba en el menos rentable. Llevan la ideología que prefiere vender los centrales como chatarra antes que permitir la inversión privada que podría salvarlos.

Si Moreno Fraginals pudiera ver la Cuba de febrero de 2026, los campos de marabú donde hubo cañaverales, los bateyes fantasmas donde hubo comunidades, las calles de La Habana tapizadas de basura que nadie recoge, los hospitales sin insumos, el transporte paralizado, la oscuridad que cae sobre la Isla cada noche, no por elección sino por incapacidad, y a un presidente que habla de biomasa como si acabara de descubrir el fuego, le daría el patatús definitivo.

Porque Moreno Fraginals sabría, mejor que nadie, que lo que destruyeron no fue solo una industria. Destruyeron cuatro siglos de historia, millones de vidas, un ecosistema productivo irrepetible, y la última oportunidad de Cuba de convertir su pasado azucarero en un futuro energético. Y lo hicieron ellos mismos.

***

Imagen principal: Ruinas del Central Hershey / XiraX.

Lorenzo Vega-Montoto

Dr. en Ciencias Químicas. Investigador Titular en Idaho National Laboratory.

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