Ser diferentes: del estigma al enigma
De niño me encantaba descifrar acertijos. Pasaba horas ensimismado tratando de resolver crucigramas, puzles, adivinanzas y cualquier tipo de reto al raciocinio humano que encontrara en las publicaciones, tanto extranjeras como cubanas. Recuerdo con emoción cuando pude finalmente completar un crucigrama en una Bohemia anterior a 1959; «Bohemias viejas» le llamábamos, porque las nuevas, con la llegada del castrismo, se convirtieron en el burdo remedo de lo que fue una de las revistas más prestigiosas de Latinoamérica, como pude comprobar de primera mano en mis viajes a través de nuestro subcontinente. En los lugares más inesperados encontré personas que atesoraban ejemplares de ese mosaico de sabiduría y entretenimiento.
Y es que eso representaban las grandes publicaciones de aquel entonces: Carteles, Vanidades, Orígenes (Cuba); Todo, Cine Confidencial, ESTO (México); El Mercurio (Chile); Radiolandia, Martin Fierro (Argentina), etc. Lo devoraba todo hasta la última letra, desde la crónica roja hasta los consejos de salud; sin embargo, mis favoritos eran siempre los acertijos y, entre ellos, aquellos donde aparecían dos imágenes aparentemente idénticas y había que encontrar la cantidad de diferencias entre ambas. Con el paso de los años me volví un experto, y me retaba a mí mismo para ver con qué rapidez era capaz de encontrar las diferencias.
Hasta que un día, de repente, un pensamiento subversivo cruzó mi mente. Con esa pertinaz (y para algunos impertinente) manía de cuestionarlo todo, me pregunté: «¿Qué pasaría si fuese al revés, si en vez de tener que hallar las diferencias, tuviéramos que encontrar las similitudes entre dibujos completamente diferentes?». El cuestionamiento abrió la puerta a una inquietud filosófica.
En primer lugar, de esa manera el punto de partida no sería en qué somos iguales, sino todo lo contrario. La inmensa mayoría de los conflictos existentes a nivel mundial están relacionados con el presupuesto de que la gente debe aceptarse en torno a lo que se considera «sus iguales», ya sea en raza, sexo, opinión política o de cualquier otra índole. Se intenta forzar a quienes no encajan en estos patrones de semejanzas a «adaptarse, escapar o perecer», casi siempre por la fuerza.
Es parte de una cultura separatista y promovida por malsanas instancias de poder con el fin de aislar a los seres humanos y hacerlos vulnerables a sus intereses. Aceptar que la realidad incuestionable es que somos diferentes, y que los logros provienen precisamente de encontrar puntos comunes dentro de estas diferencias, es el primer paso hacia un reposicionamiento de la cultura ciudadana capaz de cimentar la verdadera esencia de la democracia.
Por otra parte, se trata no solo de romper las reglas del juego, sino el juego mismo en sí. Si algo ha demostrado la post-modernidad, es la vacuidad de los esquemas políticos del siglo XX. Con el desplome del campo socialista se derribaron también las caretas del ideologismo. Hoy contamos con dictadores de derecha, centro, izquierda, y hasta de costado si queremos fabricarlos.
La cuestión va más allá de un simple voto para elegir entre cierto número de partidos o candidatos, un ejercicio que asemeja en muchos casos al de encontrar las pocas diferencias entre dos cuadros casi idénticos en la mayoría de sus aspectos. No puede existir una verdadera democracia sin la existencia de un Estado de derecho, y este ordenamiento jurídico implica necesariamente el reconocimiento de la diversidad en el ejercicio de su libertad de expresión. La ley existe precisamente para garantizar este sacrosanto principio de humanidad; cualquier disposición emitida por un gobierno o cualquier otra entidad, no es nada más que un mecanismo autoritario.
En el eje de tal problemática se encuentra el ser humano, origen o destino de cualquier ordenamiento político y social. En la medida en que retrocede esta cultura de homogeneidad forzada, se avanza en dirección a cimentar el concepto, tantas veces manipulado, de «convivencia democrática». Ningún decreto, partido político ni mucho menos líder mesiánico, pueden garantizar una condición que debe partir del entendimiento de los individuos acerca de sus respectivos entornos. No existe fórmula mágica para la tolerancia, que no significa aceptarlo todo, pero sí discernir lo que es mutuamente aceptable para trabajar en ello.
Salta a la vista en el mundo de hoy, donde parece estar emergiendo una especie de identidad cívica transnacional que algunos intentan enmarcar en la llamada «Generación Z», pero que va más allá de un solo segmento poblacional, pues ningún fenómeno de masas puede circunscribirse a un sector etario específico. Los recientes movimientos en Serbia, París, Nepal, Madagascar, Marruecos, Indonesia, Perú y México, por sólo citar los últimos casos, muestran a poblaciones de diferentes continentes, culturas, razas y religiones, compartiendo características como la bandera pirata con sombrero de paja del anime One Piece, la movilización no violenta en la mayoría de los casos, y el desapego a las formas tradicionales de identidad política. Sus objetivos y visiones son bien concretos, y muy alejados de las abstracciones ideológicas de sus antecesores. Tocan a la puerta de forma clara, contundente y precisa, para todo el que quiera escuchar.
Se trata de un acertijo a la inversa, ajustado a las realidades concretas del mundo en que vivimos, caracterizado por el predominio de la tecnología y la comunicación masiva en tiempo real. Resulta muy difícil actualmente aislar a la gente en islotes ideológicos, tal vez se consigue por tiempos limitados y con efectos perecederos.
Ser diferente, lejos de ser un estigma, se ha tornado en un enigma a ser descifrado en la búsqueda de los puentes que conectan a los seres humanos. One Piece, más que un símbolo, es la pieza que une estas agendas ciudadanas en todo el planeta: fin de la corrupción, la brutalidad policial, el nepotismo y los privilegios de la clase política. ¿Suena familiar en tu entorno?
El camino a la solución está dentro de nosotros mismos, en revertir la perspectiva y el orden de prioridades. Si desechamos las etiquetas, podremos ver el mosaico en toda su magnitud y, a partir de ahí, identificar los puntos de encuentro y las áreas comunes. El término «cosmopolita» ha dejado de ser un sello distintivo de algunas personas o lugares, para convertirse en un ejercicio sociopolítico que cualquier ciudadano practica hoy en día cada vez que enciende su ordenador o teléfono. Esto es un poder real y concreto, y los sistemas de opresión lo sienten, porque ha comenzado a transitar, de forma sostenida, de los espacios virtuales a los espacios físicos.
Resulta un pensamiento subversivo, pero son esos los que siempre han cambiado el mundo. La cuarta ola no viene, ya está en marcha.
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Imagen principal: afp_tickers