La libertad no se conquista de una vez: lecciones de Hungría para Cuba

Durante trece días, en octubre de 1956, Hungría se convirtió en un símbolo de resistencia frente a la opresión. La gesta del pueblo húngaro interpela a cualquier sociedad que haya conocido el peso del autoritarismo, la falta de libertades y el intervencionismo extranjero. Lo que comenzó como una legítima demanda de cambio se transformó en un levantamiento popular sin precedentes contra una dictadura y la ocupación militar soviética. En un mundo donde el autoritarismo, la intolerancia y los conflictos siguen presentes, las lecciones de 1956 conservan una extraordinaria vigencia. Recordarlas es también una manera de comprender cuánto puede costar la libertad y por qué nunca debemos darla por conquistada definitivamente.

El historiador László Eörsi es uno de los mayores especialistas en la Revolución húngara y en las trayectorias de los combatientes de los barrios de Budapest. A lo largo de años de rigurosa investigación en archivos, procesos judiciales y testimonios directos, Eörsi ha desmontado los mitos oficiales para revelar quiénes fueron los protagonistas de aquella insurrección: jóvenes obreros, aprendices industriales y personas comunes que, movidos por el hastío cotidiano frente a la injusticia y el anhelo de soberanía, pasaron de la aparente pasividad a la acción colectiva.

El lector cubano encontrará en las palabras de Eörsi algunas similitudes con la situación de la isla. La entrevista aborda el papel crucial de los consejos obreros, la participación silenciada de las mujeres, la desilusión ante las promesas oficiales y el dilema de una resistencia que continuó incluso cuando la derrota militar a manos del coloso soviético era inevitable. Más allá de equivalencias mecánicas, se trata de comprender cómo se gesta la ruptura con el miedo y de qué manera una colectividad transforma sus agravios individuales en un grito unánime de libertad.

Esta entrevista invita, en definitiva, a situarnos en el presente incierto de aquellos jóvenes que decidieron desafiar al poder tiránico. Al poner el foco en el lado humano de la revolución húngara, el diálogo nos recuerda que la libertad no es una conquista definitiva, sino una construcción frágil y permanente.

I. ¿Quiénes hicieron la revolución?

Cuando hablamos de los insurgentes de 1956, ¿de quiénes hablamos realmente? ¿Qué sabemos hoy sobre su edad, origen social, ocupación y procedencia? ¿Hasta qué punto fue decisivo el papel de los estudiantes, los trabajadores y, en general, de los jóvenes?

La mayoría de los insurgentes armados de 1956 eran jóvenes, obreros o trabajadores no cualificados y aprendices industriales. Muchos procedían de entornos sociales difíciles y algunos tenían antecedentes penales. No solo rechazaban el sistema de Rákosi, sino también una restauración del régimen de Horthy, sobre el cual tenían igualmente experiencias muy negativas. Querían una forma de socialismo vagamente definida, en la que fábricas y empresas permanecieran en propiedad pública y los trabajadores participaran en las decisiones.

El papel de los jóvenes fue decisivo, pero durante el alto el fuego —del 30 de octubre al 3 de noviembre— también se incorporaron a los grupos soldados, oficiales y reclutas, así como presos políticos y comunes liberados de las cárceles. Hubo asimismo algunos universitarios, aunque no muchos. Dentro del mundo estudiantil, los aprendices industriales estuvieron representados con mucha mayor presencia. Los grupos armados no estuvieron formados únicamente por habitantes de la capital: también se sumaron numerosos participantes de provincias.

Los adolescentes y los jóvenes de poco más de veinte años ocupan un lugar central en la memoria de 1956. ¿Qué sabemos de su participación y qué razones llevaron a personas tan jóvenes a asumir riesgos extraordinarios?

Fueron diversos los motivos que los condujeron a la resistencia armada. Influyeron las humillaciones sufridas en la vida cotidiana de la dictadura, las injusticias sociales y el deseo de libertad e independencia nacional. Al ver los primeros éxitos de la revolución, muchos pudieron sentir que tenían la posibilidad de cambiar el destino del país. Sin embargo, las motivaciones variaban de una persona a otra: además de las convicciones políticas, podían influir agravios personales, impulsos emocionales y también el deseo de aventura.

Después del ataque soviético del 4 de noviembre, quienes continuaron combatiendo se enfrentaron a una superioridad militar aplastante. En su decisión de resistir pudieron pesar, junto a la defensa de la libertad y la resistencia frente a los ocupantes, los vínculos de comunidad y solidaridad. Por eso, la memoria de los «muchachos de Pest» no habla solamente del valor de los jóvenes: conserva también la experiencia de una generación, una parte de la cual encontró en la revolución la posibilidad de actuar contra un sistema que consideraba insoportable.

László Eörsi durante una conferencia, con una proyección sobre participantes de 1956 y las condenas que recibieron. (Foto: Facilitada por el entrevistado)

II. De la aparente pasividad a la rebelión

¿Cómo se explica que personas que pocos días antes llevaban una vida cotidiana y que en muchos casos estaban alejadas de la política activa terminaran enfrentándose, primero, a las fuerzas armadas del régimen, y después, al Ejército soviético? ¿Qué factores pueden transformar tan rápidamente la aparente pasividad de una sociedad?

Una de las características más importantes de la Revolución de 1956 fue precisamente que la aparente pasividad de la sociedad se transformó en pocos días en resistencia activa. Durante los años del sistema de Rákosi, la mayoría de las personas se mantuvo alejada de la acción política abierta, pero eso no significaba que aceptara el sistema.

El miedo a la represión las contenía, mientras se acumulaba un profundo descontento provocado por las humillaciones de la dictadura, las injusticias sociales y las limitaciones a la independencia nacional. El 23 de octubre, las reivindicaciones de los estudiantes y la manifestación de masas pusieron en marcha un proceso que la violencia armada convirtió en insurrección. Cuando las fuerzas de seguridad dispararon contra los manifestantes, muchos sintieron que ya no podían mantenerse al margen. La intervención de las tropas soviéticas en Budapest, iniciada el 24 de octubre, agravó más el conflicto: la resistencia armada pasó a dirigirse no solo contra el poder estatal húngaro, sino también contra la presencia militar soviética. Muchos tomaron las armas de manera espontánea, movidos por la indignación, la solidaridad y la defensa de la libertad.

El giro del 28 de octubre y el comienzo de la retirada de las tropas soviéticas alimentó la esperanza de que la revolución pudiera triunfar. Cuando el 4 de noviembre comenzó un nuevo ataque soviético general, los insurgentes volvieron a encontrarse ante una enorme superioridad militar. Aun así, muchos continuaron luchando porque vivieron la intervención como un ataque a la independencia nacional y no quisieron aceptar la derrota de la revolución.

La pasividad social, por tanto, no significa necesariamente resignación. Cuando se tambalea un poder basado en el miedo, se abre la posibilidad de actuar y las personas comprueban que otras también están dispuestas a hacerlo; entonces, los agravios que hasta ese momento se habían vivido de manera individual pueden convertirse en acción colectiva. En 1956, los agravios reprimidos, la esperanza de un cambio político, la indignación causada por la violencia armada y la causa de la independencia nacional movilizaron conjuntamente a personas que hasta entonces se habían mantenido alejadas de la política.

¿Qué papel tuvieron la espontaneidad y la organización? ¿Los grupos insurgentes surgieron fundamentalmente de manera improvisada o desarrollaron rápidamente estructuras de mando, reglas y mecanismos de coordinación?

La insurrección armada de 1956 se desarrolló fundamentalmente de manera espontánea, pero la espontaneidad no significó una desorganización permanente. En la mayoría de los casos, los grupos se formaron de manera fortuita durante los combates. En los primeros días, la necesidad de conseguir armas, ocupar posiciones y defenderse de las tropas soviéticas obligó a crear formas de cooperación.

En poco tiempo aparecieron núcleos de dirección dentro de los grupos insurgentes. Los comandantes eran generalmente aceptados por su capacidad, autoridad personal y experiencia de combate. Organizaron el servicio armado, las guardias y patrullas y establecieron una relativa disciplina interna.

La coordinación funcionaba principalmente a escala local. Algunos grupos mantenían contactos entre sí y se repartían zonas de control, pero, en lo esencial, actuaban de forma independiente. Esta estructura se mantuvo, en términos generales, incluso durante el período de alto el fuego, después de la creación de una Guardia Nacional unificada. No hubo tiempo para desarrollar una organización más compleja.

Manifestantes con banderas húngaras en Kossuth Lajos tér, Budapest, en 1956. (Foto: Fortepan / Berkó Pál)

III. La calle y el gobierno de Imre Nagy

¿Cómo veían los insurgentes a Imre Nagy y a los reformistas que asumieron responsabilidades de gobierno durante la revolución? ¿Confiaron en ellos desde el principio o esa relación fue cambiando a medida que avanzaban los acontecimientos?

La relación de los insurgentes con Imre Nagy no fue clara al principio. Muchos confiaban en que el político que regresaba a la dirección del partido sería capaz de romper con el sistema de Rákosi y satisfacer las demandas de la revolución. El discurso radiofónico de Imre Nagy del 23 de octubre —en el que se dirigió a los manifestantes como «camaradas»— y, sobre todo, la declaración de la ley marcial al día siguiente, provocaron decepción y desilusión.

Sin embargo, con su declaración del 28 de octubre, en la que reconoció los acontecimientos como un movimiento nacional y democrático, y después, con el restablecimiento del sistema multipartidista y la proclamación de la neutralidad, recuperó la confianza. Esa confianza aumentó con la declaración de neutralidad del 1 de noviembre y la denuncia del Pacto de Varsovia.

Por eso, su mensaje radiofónico ante la agresión soviética del 4 de noviembre —«Nuestras tropas están combatiendo, el gobierno está en su puesto»— llevó a muchas personas a tomar las armas. Y después de la derrota militar de la revolución, numerosos grupos de resistencia continuaron la resistencia política reclamando la restauración del gobierno de Imre Nagy.

¿Hasta qué punto la presión de la calle, los grupos insurgentes y los consejos obreros empujaron al gobierno de Imre Nagy a adoptar posiciones más radicales de las que inicialmente había previsto?

El giro político del gobierno de Imre Nagy se explica en gran medida por la presión que la revolución ejerció desde abajo. El 23 de octubre todavía no defendía un programa de multipartidismo y neutralidad, sino que trataba de resolver la crisis dentro del sistema comunista. Sin embargo, las demandas de los manifestantes, el desarrollo de la insurrección armada y el debilitamiento de los antiguos órganos del poder estatal redujeron rápidamente el margen de maniobra del gobierno.

Los insurgentes no exigían únicamente la retirada de las tropas soviéticas, sino la disolución de las unidades de seguridad del Estado y el desmontaje de las instituciones del régimen. Los consejos obreros, por su parte, crearon nuevos centros de poder en los centros de trabajo y fábricas. No se limitaron a representar intereses económicos: una parte importante de los trabajadores exigía asimismo cambios políticos y, mediante el mantenimiento de las huelgas, presionaron considerablemente al gobierno. Dos antiguos partidarios de Nagy, Géza Losonczy y Ferenc Donáth, ejercieron también una influencia importante sobre él.

La radicalización de la revolución fue, por tanto, el resultado de una interacción: la presión de la calle, los grupos armados y los consejos obreros aceleró el giro del gobierno; mientras que las concesiones gubernamentales generaron nuevas demandas y esperanzas. A comienzos de noviembre, los cambios políticos habían ido mucho más lejos de lo que Imre Nagy pudo imaginar el 23 de octubre.

Un tanque ante la sede del diario Szabad Nép, en József körút, Budapest, en 1956. (Foto:Fortepan / Kurutz Márton)

IV. ¿Cuándo se convierte una protesta en revolución?

¿Puede identificarse un momento en que los participantes comprendieron que lo que estaba ocurriendo ya no era una simple manifestación o una crisis política, sino una revolución? ¿Qué papel tuvieron los primeros enfrentamientos armados y las primeras víctimas?

No puede atribuirse el cambio a un único momento, pero los combates armados que estallaron la noche del 23 de octubre junto al edificio de la Radio Húngara tuvieron una importancia decisiva. La manifestación masiva de la tarde había comenzado formulando reivindicaciones políticas, pero cuando los manifestantes intentaron conseguir que sus demandas fueran leídas por la radio y las fuerzas armadas de seguridad abrieron fuego contra ellos, el conflicto entró en una nueva fase. La aparición de las armas, las primeras víctimas mortales y la rápida difusión de la noticia provocaron al día siguiente resistencia armada en distintos puntos de la capital.

El poder no aceptó las demandas de los manifestantes, sino que intentó detenerlos por la fuerza. Eso provocó indignación y llevó a actuar incluso a personas que antes no habían participado en movilizaciones políticas. El despliegue de las tropas soviéticas el 24 de octubre reforzó la percepción de que el conflicto se había convertido en un enfrentamiento entre el sistema y la sociedad y, al mismo tiempo, en una lucha por la independencia nacional.

¿Cómo vivieron el miedo durante aquellos días? ¿Qué sabemos sobre lo que llevó a la gente a seguir participando cuando ya era evidente el riesgo de morir, resultar herido o detenido?

El miedo estuvo presente durante todos los días de la Revolución de 1956, aunque no afectó a todos de la misma manera. Quienes participaban en los combates armados se enfrentaban diariamente al riesgo de morir o resultar heridos; quienes permanecían en la retaguardia se preocupaban por sus familiares y también podían temer represalias y detenciones.

A los participantes en la resistencia armada podía motivarlos, al mismo tiempo, el deseo de libertad e independencia nacional, los agravios acumulados, la indignación provocada por la violencia armada, y la solidaridad con sus compañeros, factores capaces de relegar el miedo a segundo plano. El peligro compartido y los objetivos asumidos en común podían reforzar el sentimiento de pertenencia.

La evolución de los acontecimientos influyó también en sus decisiones. A finales de octubre, muchos confiaban en la posibilidad de la victoria y sentían que su sacrificio podía producir resultados reales. Después del 4 de noviembre, la situación militar se tornó más desesperada, pero algunos grupos continuaron combatiendo. Entonces también pesaron la resistencia frente a la ocupación, la lealtad a los compañeros, el rechazo a aceptar la derrota y la esperanza de recibir apoyo occidental.

No es posible comprender a los participantes de la revolución mediante una única explicación psicológica: en sus decisiones influyeron, al mismo tiempo, las convicciones, experiencias personales, vínculos comunitarios, esperanzas y exigencias del momento.

Recorte de prensa de 1956: «¡El gobierno y el pueblo insurgente, unidos!». Los subtítulos anuncian una petición de ayuda a la ONU y la salida del Pacto de Varsovia. (Documento facilitado por László Eörsi)

  1. V. Actores que pueden quedar fácilmente en segundo plano

¿Qué papel desempeñaron las mujeres en la revolución? ¿Hasta qué punto la memoria posterior dejó en segundo plano su participación en los combates, la atención a los heridos, la comunicación, la organización y otras tareas?

Las mujeres estuvieron presentes en prácticamente todos los ámbitos de la revolución. La mayoría se ocupó de atender a los heridos y de la alimentación, y consiguió medicamentos. Algunas tomaron las armas y muchas distribuyeron octavillas. Su trabajo en hospitales, puestos improvisados de primeros auxilios y en el sostenimiento de las familias, fue muy importante.

Su participación no respondió a un único rol femenino. Algunas se incorporaron por convicciones políticas; otras fueron impulsadas a actuar por lo que estaban presenciando, por la represión o por la intervención militar soviética. Hubo quienes llegaron al centro de los acontecimientos revolucionarios a través de relaciones previas de trabajo, amistad o familia. Por eso, además de las mujeres que participaron en los combates armados, debemos tener en cuenta a quienes no llevaron armas, pero sin las cuales el funcionamiento de los grupos insurgentes, la atención a los heridos o la transmisión de noticias habría sido mucho más difícil.

¿Qué importancia tuvieron los trabajadores y los consejos obreros? ¿Existe el riesgo de que la imagen de los jóvenes insurgentes armados haya eclipsado el papel político y social del movimiento obrero dentro de la revolución?

El papel de los trabajadores y de los consejos obreros fue fundamental en la Revolución de 1956. La revolución no se limitó a Budapest, a los grupos insurgentes armados o a los combates callejeros: los trabajadores de las industrias, tanto en provincias como en la capital, participaron también en los acontecimientos. Las huelgas paralizaron una parte importante de la economía, y los consejos obreros, además de ocuparse de la dirección de la producción, asumieron la representación de la voluntad política de los trabajadores. Entre sus demandas figuraban la retirada de las tropas soviéticas, la liberación de los presos políticos y una transformación democrática.

La importancia de los consejos obreros radicó en que funcionaron durante la revolución como organismos autónomos y elegidos de representación de los trabajadores. No eran solamente entidades de defensa de intereses económicos: negociaban con el poder central y local, formulaban demandas políticas y, mediante el mantenimiento de las huelgas, continuaron ejerciendo presión sobre el gobierno de Kádár incluso después del ataque soviético del 4 de noviembre. La resistencia armada fue derrotada militarmente en poco tiempo, pero los consejos obreros siguieron representando después uno de los principales centros sociales y políticos de la revolución. Su eliminación fue, por ello, un paso importante para la consolidación del poder.

Existe realmente el riesgo de que la memoria de los «muchachos de Pest» eclipse el papel político de los trabajadores. La figura de los jóvenes insurgentes armados es fácil de visualizar y los combates en las barricadas pueden evocarse mediante historias espectaculares y personales. La actividad de los consejos obreros es menos visible y, además, para comprender el contenido social y político de la revolución es necesario estudiar también las instituciones, reivindicaciones y huelgas. Sin embargo, la resistencia armada y la actividad de los consejos obreros no son historias rivales: representan dos formas complementarias de la revolución.

Subrayar el papel de los trabajadores es importante, además, porque 1956 no fue únicamente un levantamiento por la independencia nacional, sino también un rechazo al orden social y político de la dictadura estalinista. Los consejos obreros demostraron que los trabajadores no se limitaban a protestar contra el sistema, sino que reclamaban participar en la dirección del país y de sus centros de trabajo. Si ignoramos esta dimensión, la historia de la revolución queda reducida a un relato de heroísmo armado y pasa a segundo plano la sociedad, en cuyo nombre y con cuya participación se desarrolló la revolución.

Tanques soviéticos y manifestantes en Kossuth Lajos tér, Budapest, el 25 de octubre de 1956, el llamado «jueves sangriento». (Foto: Fortepan / Fóti István örökösei)

VI. El 4 de noviembre y la continuación de la resistencia

Después de la intervención soviética del 4 de noviembre, cuando la enorme desigualdad de fuerzas era evidente, ¿por qué algunos grupos continuaron resistiendo? ¿Qué esperaban todavía: ayuda occidental, un giro político inesperado o simplemente defender hasta el final lo que había puesto en marcha la revolución?

Después del 4 de noviembre, la continuación de la resistencia armada respondió a distintas consideraciones. Una parte de los insurgentes no quería aceptar que se perdiera de nuevo la libertad que habían conquistado. La superioridad del Ejército soviético quedó clara desde las primeras horas del ataque, pero los combatientes no podían prever necesariamente cuánto tiempo podría durar la resistencia ni qué consecuencias políticas podía tener. La incertidumbre de las noticias, la rápida evolución de los combates y la fuerza de la comunidad influyeron también en sus decisiones.

La esperanza de ayuda occidental estuvo igualmente presente. Muchos escuchaban las emisiones de radio extranjeras y aguardaban algún tipo de cambio internacional, en vano.

Los vínculos de camaradería pudieron desempeñar también un papel importante en la continuación de la lucha. Quien había combatido durante días junto a sus compañeros, difícilmente los abandonaría cuando corrían mayor peligro. La resistencia frente a las tropas ocupantes podía expresar al mismo tiempo la defensa de la libertad y la independencia nacional, la lealtad a la comunidad y el rechazo a la derrota.

VII. Mitos, memoria y biografías

Setenta años después, ¿cuáles son los principales mitos o simplificaciones sobre los insurgentes de 1956? ¿Existe también el peligro contrario: convertirlos retrospectivamente en un grupo homogéneo de héroes y borrar sus diferencias políticas, personales y morales?

No podemos presentar a los insurgentes de 1956 como un grupo de personas con las mismas ideas políticas que luchaban conscientemente por un único objetivo. En realidad, tomaron las armas personas muy diferentes: trabajadores, obreros no cualificados, aprendices industriales, jóvenes y mayores, con experiencias políticas, visiones del mundo y motivaciones personales distintas. A unos los movía el ideal de independencia nacional; a otros, la indignación frente a la dictadura, agravios personales o los acontecimientos inmediatos; y algunos también podían esperar simplemente una mejora en su nivel de vida. Tampoco pensaban de la misma manera sobre los objetivos de la revolución, aunque la mayoría compartía los propósitos fundamentales ya mencionados.

Antes de 1989, los insurgentes fueron presentados como delincuentes, hooligans o aventureros irresponsables. La política represiva del régimen de Kádár trató conscientemente de criminalizar a los participantes en la resistencia armada y la propaganda oficial habló durante mucho tiempo de ellos como «contrarrevolucionarios». Cuando la investigación histórica reconstruyó la composición, funcionamiento y entorno político de los grupos, aquellas falsedades quedaron definitivamente desacreditadas.

Pero el peligro contrario también es real: si convertimos a cada insurgente en un héroe sin defectos, falsificamos la historia del mismo modo que cuando se los etiqueta a todos como delincuentes. Entre los miembros de los grupos armados existían distintas posiciones políticas y también las debilidades humanas habituales. Las circunstancias extraordinarias de la revolución no eliminaron las diferencias entre las personas, y participar en la insurrección no hace moralmente justificable, por sí solo, cada acto individual.

Setenta años después, la tarea del historiador consiste precisamente en no aceptar ni la estigmatización anterior ni la idealización posterior. Podemos reconocer el valor de los insurgentes y su resistencia frente a la superioridad soviética y, al mismo tiempo, estudiar las diferencias políticas, personales y morales que existían entre ellos. Ver a los participantes como seres humanos de carne y hueso no disminuye la importancia de 1956. Al contrario, nos permite comprender mejor cómo la acción conjunta de personas tan distintas pudo convertirse en una revolución capaz de sacudir todo un sistema.

Si pudiéramos observar a un joven de Budapest el 23 de octubre de 1956 sin saber cómo terminarían los acontecimientos, ¿qué deberían comprender las generaciones actuales sobre esa persona, sus circunstancias y sus decisiones que quizá perdemos cuando miramos 1956 desde una distancia de setenta años?

Creo que, ante todo, deberíamos comprender que el 23 de octubre aquel joven todavía no sabía nada de lo que nosotros conocemos hoy como «la historia de la revolución». No podía saber que en pocos días una dictadura se tambalearía, que las tropas soviéticas regresarían y que la esperanza de libertad sería seguida pronto por la represión. Vivía en su propio presente, con sus agravios, deseos y miedos. Quizá participaba por primera vez en una manifestación, quizá solo sentía curiosidad, quizá llevaba mucho tiempo pensando que ya no era posible seguir viviendo como hasta entonces. No salió a la calle como personaje de un monumento futuro o un libro de texto, sino como un joven que todavía no podía saber adónde lo conduciría su decisión.

Tampoco debemos olvidar que la libertad, que hoy utilizamos como concepto histórico, significaba entonces cosas muy concretas para muchos: poder expresar su opinión, no temer al poder y decidir por sí mismos el destino del país. Una parte de los jóvenes no tenía necesariamente un programa político elaborado, pero percibía con claridad qué era lo que no quería seguir aceptando. Una de las características de la revolución fue precisamente que, a partir de experiencias e impulsos muy diferentes, surgió en muy poco tiempo una acción común.

Setenta años después resulta fácil mirar lo ocurrido desde el desenlace: sabemos quiénes fueron ejecutados, quiénes fueron encarcelados, quiénes tuvieron que emigrar y a quiénes recordó la posteridad. Pero aquel joven no podía saber qué le esperaba, si sería recordado como héroe o como delincuente, ni siquiera si sobreviviría a los días siguientes. Si perdemos de vista esto, fácilmente le atribuimos una certeza retrospectiva y olvidamos el verdadero peso de su decisión.

Quizá esto sea precisamente lo que deberíamos conservar de 1956: aquel momento en que la historia todavía no era un relato cerrado, sino un presente incierto en el que las personas tenían que decidir por sí mismas. No necesitamos convertir a todos los participantes en héroes perfectos para comprender su valentía. Basta con imaginar lo que podía significar para un joven criado en una dictadura experimentar por primera vez que, junto con la multitud, quizá podía cambiar el mundo a su alrededor.

***

* László Eörsi (Budapest, 1955) es historiador especializado en la Revolución húngara de 1956. Fue investigador del Instituto de 1956 entre 1991 y 2019. Autor de numerosas monografías y artículos, ha reconstruido la historia de los grupos insurgentes y las trayectorias de sus integrantes. Entre sus trabajos figuran estudios sobre la matanza del 25 de octubre en la plaza Kossuth y la edición del testimonio de István Angyal. También ha colaborado en documentales sobre la revolución y propuso la historia que dio origen a la película Kolorádó Kid, dirigida por András B. Vágvölgyi.

***

Esta entrevista se publicó originalmente en Hungría Hoy.

Hungría Hoy

Medio digital en español dedicado a acercar la realidad húngara al público hispanohablante.

Anterior
Anterior

Fuerzas armadas y subordinación al poder civil

Siguiente
Siguiente

Los cubanos lideran desde dentro