El nacimiento de la República de Cuba: entre el júbilo y la duda
El nacimiento de la República de Cuba, el 20 de mayo de 1902, ha sido uno de los hechos más maltratados de la historia patria a partir de 1959. La reescritura de la República, llevada a cabo desde la academia y los medios de prensa, pretendió sembrar la idea de que ese fue un día triste.(1) Tal despropósito se edificó controlando los medios que podían combatir el relato oficial, como el acceso a la prensa de la época, la redacción de libros de texto de la asignatura Historia de Cuba que no contaran con imágenes o información, y la no publicación de memorias o testimonios que cuestionaran la versión estatal de los hechos.
En los libros de texto de Historia de sexto y décimo grados, se dedica una oración al nacimiento de la República, que en ambos casos está contenida en medio de valoraciones negativas sobre el tema. No se ataca el hecho, pero se le matiza en una construcción discursiva adversa.
Por ello es necesario contar y mostrar el ambiente popular, de carácter nacional, con actos simultáneos en cada ciudad del país en los días que rodearon el nacimiento de la República. Para lograrlo, nos apoyamos, exclusivamente, en la prensa de la época, a partir del análisis de periódicos cubanos, españoles y norteamericanos.
Las fiestas
El sábado 17 de mayo iniciaron los festejos, organizados en celebraciones que se extendieron durante los dos días anteriores y los dos posteriores al 19 de mayo, fecha de la muerte del Apóstol declarada día de duelo.
Según Diario de la Marina ―antiguo órgano del reformismo español en la Isla y representante de la comunidad ibérica―, La Habana entera estaba engalanada con banderas cubanas, norteamericanas y alguna que otra española. Los arcos de triunfo competían en belleza y muchos reflejaban, en su decoración, la fuerte presencia que España aún tenía. Los antiguos protagonistas de la primera guerra imperialista de la historia compartían ahora los festejos, que comenzaron con bailes en el Teatro Tacón ―auspiciados por la patriota y mecenas Martha Abreu― y en la sede del Casino Español.
Una docena de enviados especiales estadounidenses habían arribado desde días antes y cubrían los hechos para periódicos norteamericanos. Sus memorias, crónicas y cablegramas ―que pueden ser consultadas en la Biblioteca del Congreso―, ocuparon, entre el 17 y el 21 de mayo, un espacio importante en más de sesenta medios norteños. Muchos eran órganos de comunidades no estadounidenses, agrupadas en idiomas como el español, el noruego, el sueco y el italiano. Algunos de esos rotativos, como The San Francisco Call, adornaron varios días sus portadas con imágenes de Estrada Palma, Gómez, Leonardo Wood, o representaciones humanizadas de la futura República.
También se encontraban en la ciudad varios senadores, políticos e incluso secretarios del gobierno estadounidense. Curiosamente, uno de ellos era el antiguo candidato presidencial William Jennings Bryan, quien acudió como representante del diario newyorkino Collier's Weekly. En la misma comitiva venían William S. Jennings, Gobernador del Estado de la Florida, y el Dr. E. M. Hendry el presidente de la Junta de Sanidad.
El día 18, por ser domingo, fue el más movido, pues coexistieron varias recepciones, bailes, y desfiles populares en las principales ciudades cubanas. En todos de ellos, según se lee en las crónicas de La Lucha, El Comercio, o El Fígaro, alternaron en las recepciones representantes de los cubanos, los norteamericanos y los españoles. El propio Diario de la Marina, que días antes mostrara temor respecto a posibles ataques a la colonia ibérica, proclamaba lleno de júbilo: «Cortés el general Wood; corteses los españoles residentes en Cuba; corteses las corporaciones económicas; cortés el pueblo de la Habana. Y nada más que cortesía». (DLM, 19 de mayo de 1902, edición de la tarde)
En la Capital, durante esa noche, muchos eventos ocurrían a la vez. En la casona de Cosme Blanco Herrera, ubicada en el Paseo del Prado, se celebró un banquete en honor al General Wood, ofrecido por las llamadas «corporaciones económicas». Entre los concurrentes figuraban Estrada Palma, el coronel Scott, el teniente Carpenter, Gonzalo de Quesada, Máximo Gómez, Alfredo Zayas, entre otros.
Cerca de allí, una manifestación popular arrancaba desde Galiano con dirección al Parque Central. Partió a las 9:00 pm, encabezada por los Bomberos de La Habana, a los cuales seguía la Banda Municipal ―que interpretaba piezas cubanas y patrióticas, como La Bayamesa o el Himno Nacional―, el Ayuntamiento y los Comités de Barrios de los Partidos Republicano y Nacional, que portaban banderas, estandartes, hachones y candilejas. La manifestación se detuvo al llegar frente a la residencia de Cosme Blanco Herrera, pues según relata el Diario de la Marina el pueblo sabía que en ella se encontraban el general Wood y otros patriotas cubanos y se detuvieron a darle vítores.
Al concluir la manifestación, se trasladaron todos hacia el Centro Asturiano, al Baile de las flores. Estaban presentes, además de los socios del centro, Wood, Estrada Palma y Gonzalo de Quesada, quien, en representación del presidente cubano, dirigió la palabra a los asistentes.
Al día siguiente fueron retiradas las decoraciones festivas y se izaron por toda la ciudad banderas a media asta, florones y banderas negras. Las personas portaban bandas negras en los brazos en señal de luto por la muerte del Apóstol. La Sociedad del Pilar y el Liceo de Regla ofrecieron veladas fúnebres en sus salones en honor a Martí. En el Círculo Nacional estuvo presente Estrada Palma y hablaron cuatro oradores: José Manuel Cortina, Carlos Manuel de Céspedes, hijo, Alfredo Zayas y el general Enrique Loynaz del Castillo, el único de ellos que había mantenido una relación directa y estrecha con Martí.
Reseñas patrióticas inundaron la prensa del día, mostrando, desde lo luctuoso, el espíritu de alegría.
Parque Céspedes, antigua Plaza de Armas de Santiago, durante los festejos del 20 de mayo.
El 20 de mayo
Las ceremonias del cambio de poderes comenzaron desde las 11:15 a.m., cuando llegaron frente al Palacio de los Capitanes Generales, las compañías S, P, H, I, L, K y M del séptimo regimiento de artillería del ejército de ocupación. Pocos momentos después arribaron tres compañías de artillería cubanas, al mando de las cuales iba el capitán José Francisco Martí. Luego de hacer algunas maniobras militares frente al Palacio, se colocaron en correcta formación.
La ceremonia de entrega del poder en el salón del trono comenzó a las 11:35, cuando hizo su entrada en Palacio Tomás Estrada Palma. El Presidente venía acompañado de los Secretarios de su gabinete y sus ayudantes. En el lugar, lo esperaba el general Wood, a su lado estaban el coronel Scott, su Estado Mayor, y los Secretarios del gobierno saliente.
Mientras tanto, en la fortaleza de la Cabaña, a las 12 en punto, se producen diez minutos de salvas de artillería en honor de los EE.UU. Según Manuel Marqués Sterling, estos fueron los minutos más largos que La Habana había escuchado jamás. La tensión, y lo que significaba la espera de varios años de ocupación militar, fue reflejada en versos por Aurelia del Castillo: Estaba el pueblo expectante./ ¡Menos treinta!...¡Veintidós!.../ ¡Qué lentitud!... ¡Menos dos!.../ ¡Las doce! ¡Llegó el instante!
Por fin, luego de décadas de lucha, a las 12:18 del martes 20 de mayo de 1902, los sargentos J.J. Kelly y Frank Tondra, izaron la bandera cubana en el Palacio de los Capitanes Generales. La capital estalló, los sombreros volaron y en todas las esquinas sonó el Himno de Bayamo.
Media hora después, el general Wood llegó a la explanada de la Capitanía del Puerto, acompañado del coronel T.H. Scott y los tenientes Mc Coy y Carpenter. En el sitio se encontraban para despedirlo el Presidente Tomás Estrada Palma, Gonzalo de Quesada, los comandantes y oficiales de los buques de guerra norteamericanos fondeados en puerto, el Ayuntamiento en pleno, y comisiones de todas las dependencias del Estado. A las 12:50 abordó el acorazado Brooklyn y el público que allí se encontraba, lo despidió entre vítores.
Se disipaba de esta manera la siempre presente duda de si los Estados Unidos se retirarían alguna vez de Cuba. Ese mismo día los periódicos de New York anunciaron, «The Cuban Republic to be born to day».
Fuera de cámara
La Habana de entonces, haciendo un derroche de modernidad, lucía completamente iluminada. En todas las zonas populares, durante las tardes, los Comités de Barrio habían organizado fiestas, desfiles de carrozas y comparsas. Hacia el interior del país se repetían los mismos panoramas de desborde popular. ¿Sin embargo, podemos saber que sentían, en sus reflexiones más íntimas algunos cubanos de entonces?
El número de junio de la revista El Fígaro, dedicado al nacimiento de la República, publica el artículo «La despedida del interventor», de la autoría de Manuel Marqués Sterling, que muestra, de manera descarnada y honesta, la mezcla de emociones encontradas que hecho le produjo. Quizá una actitud similar fue la de muchos cubanos de entonces.
Al inicio, en el tono irónico y mordaz que lo caracterizaba, afirmó: «A mí me parece muy natural: los primeros estremecimientos de amor a los americanos los sintió el pueblo de Cuba al verles marcharse. ¡Qué nobles! ¡Qué generosos!». A continuación, deja ver la dualidad que encerró el acto de aquel día: «Ha sido una ovación muy merecida: el General Wood salió de Cuba, entre miles de pañuelos que se agitaban, haciendo palpitar los corazones al dejar el barco en que se iba una estela blanca, algo así como un abismo para que no vuelvan jamás nuestros amigos del Norte a hacernos el favor de intervenirnos».
Evidencia de esta manera cómo los cubanos que vivieron esos años fueron presa de sentimientos encontrados; mostrando, de una manera que actualmente nos resulta familiar, el debate entre ideas opuestas.
Hoy los cubanos estamos llenos de dudas acerca de si seremos capaces de reconstruir el país, si estaremos listos para la difícil tarea de gobernarnos democráticamente y curar una nación destruida. Hace casi siglo y medio los padres fundadores de la República tenían exactamente las mismas dudas, Sterling lo planteó de la siguiente manera: «Sí, se fueron. ¿Y qué nos han dejado? ¡Ah, nos han dejado muchas cosas! La cuestión consiste en que no las destruyamos con nuestro espíritu latino de desgobierno».
Los cubanos de la época, los que sobrevivieron a las contiendas independentistas, los que despidieron al ejército interventor, fueron capaces de construir una nación que, aunque imperfecta y llena de contradicciones, logró destacarse en pocos años entre sus pares de la región. Lo hicieron partiendo de situaciones de destrucción similares, luego de años de guerra y ataques políticos enconados, con una población en su mayoría analfabeta y también enferma. Nosotros, hoy, también podremos, solo es necesario creerlo, como lo creyeron nuestros antepasados.
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(1) De las contadas excepciones a esta tendencia, en la academia, debe resaltarse el libro de la historiadora Marial Iglesias, que, en su libro Las metáforas del cambio en la vida cotidiana (1898-1902), analiza el proceso de transición desde la ocupación militar norteamericana hasta la proclamación de la república.
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Las imágenes usadas en este artículo han sido mejoradas utilizando herramientas de inteligencia artificial.
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* Este texto ha sido escrito por Aries M. Cañellas Cabrera y Ernesto Miguel Cañellas Hernández.