Ante el inicio del nuevo curso escolar

Inició el curso escolar 2026-2027 y, como es ya un estilo, la institucionalidad cubana se encargó de lo que el lenguaje popular de la Isla denomina «el autobombo», las loas ―anticipadas por demás― que se cantan a sí los propios encargados de la tarea.

En las incalificables condiciones de precariedad en que se desenvuelve la vida cotidiana, en medio ―además― de absurdas contradicciones y del total desconocimiento de las más elementales demandas ciudadanas, la información oficial dibuja un panorama para la realización de la principal actividad de cualquier nación, como es la educación de sus ciudadanos, que, una vez más apuesta por el triunfalismo.

Se trata de «llevar a cabo a toda costa la tarea» sin que en el discurso oficial se observe el detallado, riguroso y mesurado examen que las circunstancias actuales demandan. El reinicio de la actividad educacional de la nación, en condiciones económicas y sociales cada vez más duras, necesita plantearse como un serio problema, un reto magno, que requiere analizar con cuidado y sentido de la realidad y la responsabilidad, absolutamente todos sus ángulos.

Uno de los temas más sensibles en nuestro sistema de educación pre universitaria y superior es la situación del estudiante becado; ese que se halla fuera y lejos del amparo de su medio familiar y comunal. Por años ha sido un asunto que demandó la atención en reiteradas ocasiones, aun cuando la vida del país se realizaba en lo que, por décadas, los cubanos conocimos como «un estado de normalidad».

Cómo asumir en las actuales circunstancias dicha condición, la del estudiante que se encuentra ciento por ciento a cargo de la institución.

Lo que se ha anunciado acerca del próximo proceso docente vuelve a incluir el auxilio de las herramientas digitales de comunicación, particularmente la presencia de Internet en los procesos de intercambio entre estudiantes y docentes. Sin embargo, cuáles son las condiciones termo-energéticas actuales y cuáles las de la transmisión de datos y telefonía móvil. Esto sin mencionar algo esencial, que siempre se obvia y necesita ser dicho: el país no produce ni comercia dispositivos móviles que permitan el uso de este tipo de comunicación.

De resultas, que este elemento esencial de la ecuación engrosa la lista nacional, ya significativa, por cierto, de decisiones y concepción nacional de actividades sociales primordiales que hacen recaer algo sustancial para la realización de las mismas, en este caso el delicado proceso docente, específicamente el de la educación superior (deseo remitirme en este examen solo a este), en el lado del ciudadano; ahora en el del educando y su familia.

Si no se prevé la intervención estatal en el tópico del transporte, tanto para estudiantes como para docentes, el traslado de ambos grupos de participantes planteará ―parece que cada vez en mayor escala— agudos problemas. El precio actual de la transportación privada, casi la única existente, es incosteable cuando se trata de desplazarse diariamente hacia los centros de estudio y trabajo de la educación superior.

No se trata de atomizar los núcleos docentes en funcionamiento en razón de relativas cercanías. Se trata de un escenario que plantea determinados requisitos, ante los cuales el mero voluntarismo nunca será la opción.  Lo serán, en cambio, la comprensión y el tratamiento culto, inteligente y creativo (con base en la terca realidad) de los problemas.

Por último, debe destacarse la importancia de la educación presencial, asunto sobre el cual nunca será suficiente todo lo que pueda decirse. Si en algo se parecen la enseñanza y el teatro, es en el sutil y definitorio intercambio de energías que se establece entre sus participantes. Ello sucede en varios planos: entre actores, entre actores y público, y entre los propios espectadores. Esta es una de las esenciales diferencias entre el arte teatral y el cine y los productos audiovisuales. En el aula ocurre un proceso similar. Se produce un intercambio entre el docente y los educandos, y entre ellos mismos.

Nada sustituye al contacto personal entre el profesor y su alumno; nada brinda más información al primero con respecto a la calidad del proceso de transmisión de conocimientos, experiencias y valores, que esa interacción. Pocas experiencias resultan tan inefables como cruzar miradas con un actor en escena.

En ambos procesos están presentes el conocimiento y el disfrute; la incorporación de valores, el intercambio de sensibilidades. Educar, como bien sabe la escuela cubana, la que nos dejaron los padres fundadores, es una experiencia superior al hecho sublime de compartir el conocimiento; es preparar nuevos ciudadanos para la vida, para que más temprano que tarde tomen en sus manos la conducción y el progreso de la nación. Es hacer hombres y mujeres superiores a aquellos que participaron en su preparación.

Cada país tendrá el futuro que haya sido capaz de fomentar en sus ciudadanos del mañana, mediante los variados espacios de educación que, no hay que olvidar, inician y protagonizan la familia y la escuela.

Cuba bien lo sabe. Y lo necesita.

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Imagen principal: Diario de Cuba.

Esther Suárez Durán

Socióloga, dramaturga, investigadora, ensayista, narradora, crítica teatral y guionista de radio y televisión.

https://www.facebook.com/esther.suarezduran?locale=es_LA
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