La geopolítica y el hombre nuevo en Cuba

Murió Pánfilo. Juan Carlos González Marcos, el cubano que en 2009 se convirtió en consigna por gritar a voz en cuello una verdad más grande que un templo: «¡Aquí lo que hace falta es jama!», algo que muchos consideran intrascendente, quizás hasta inocuo, pero que en realidad constituye la columna vertebral de cualquier ordenamiento humano, llámesele «búsqueda de la felicidad» o cualquier otra formulación semántica en torno al tema.  Pero la realidad es que, sin comer, no se puede vivir; ese simple hecho precede a cualquier otro que pueda concebir la mente humana.

La escena que catapultó a Pánfilo a la fama fue, más que pintoresca, sintomática; una especie de alegoría de la sociedad cubana bajo el castrismo. Un cubano de esos que llaman «de a pie», con un sombrero de guano derruido (Liborio en harapos), intentaba asumir una pose seudo intelectual ante una cámara extranjera, cuando de repente, Pánfilo irrumpió con un ataque de sinceridad espontánea propulsada por el alcohol y rompió la fiesta con su muy peculiar llamado a la acción.

De forma espontánea, aunque no inocente, hizo añicos una puesta en escena, en este caso a nivel de calle, pero que es la misma que se repite a todos los niveles. Existe un discurso pretencioso que intenta obviar y hasta sacrificar las aspiraciones más concretas de la población cubana en virtud de una supuesta realpolytik que lo que menos tiene es de realidad. En la inmensa mayoría de las ecuaciones que se barajan en torno a la situación de la Isla dentro de las supuestas élites políticas o intelectuales, la opción «pueblo» suele ser considerada, como se dice en matemática, un conjunto nulo o vacío.

Lo vemos con los desfiles por el Primero de Mayo, y en la recolección de firmas por parte del régimen para reafirmar su «compromiso con la paz», una falacia que, tan solo de escribirla, genera una extraña mezcla de risa e ira. Lo interesante de este fenómeno, es que tanto el régimen como algunos opositores coinciden en mostrarlo como un «triunfo de la dictadura». El oficialismo proclama que evidencia el respaldo de la población, y ciertos oponentes afirman que el hecho de que algunas personas participen demuestra que el pueblo cubano tiene demasiado miedo y no está listo para derrocar al sistema.

Pero veamos los hechos y las cifras. Ni la cantidad de firmas recogidas ni las imágenes de los actos por el Día internacional de los trabajadores avalan estas afirmaciones. Miguel Díaz Canel presentó 6.230.973 rúbricas, lo que representa un 64% de la totalidad de la población cubana, de acuerdo al número de habitantes estimado por la Oficina Nacional de Estadísticas e Información. ¿A dónde han ido a parar aquellos ostentosos niveles de 99,9 % de aprobación a cualquier iniciativa del régimen? Todo eso, sin contar con que estamos hablando de cifras oficialistas, sin ningún tipo de verificación, y que ya se han conocido múltiples testimonios de personas que firmaron dos y tres veces, en sus casas, centros de trabajo y otros lugares; así como las constancias gráficas de firmas con números de identidad incompletos y otras irregularidades que invalidarían cualquier proceso serio.

Lo mismo ocurre con los videos por el Primero de Mayo. El acto de La Habana mostró una disminuida asistencia, y una más disminuida presencia de Raúl Castro, visiblemente desmejorado, utilizado como una especie de amuleto para intentar alejar los demonios de las crecientes protestas a lo largo y ancho del país.  En el año 2025, el Observatorio Cubano de Conflictos (OCC) registró un total de 11.268 protestas, denuncias y declaraciones críticas en la Isla, más de un 25 % con respecto a las 8.443 compiladas en 2024.  El OCC ha registrado un total de 3,383 acciones de este tipo en el primer trimestre de 2026, lo que ratifica la tendencia al alza, con un componente significativo de desafíos abiertos al estado policial por medio de protestas presenciales que reclaman servicios básicos como «corriente» y «comida», junto a otras como «Libertad», «Abajo el Comunismo», e insultos contra las figuras visibles del régimen. La gente sabe lo que quiere, y lo está gritando a voz en cuello.

No se trata de hechos aislados ni inconsecuentes. A partir de 2021 se ha desatado una pléyade de mini 11-Js en todo el país, con acciones que han mostrado la vulnerabilidad del régimen y sus representantes, ante el empuje de la gente agrupada. Baire, Santiago de Cuba, La Habana, Sancti Spiritus, Encrucijada, Guantánamo, Nuevitas, Caimanera, y tantos otros pueblos y ciudades, conforman el mapa de este nuevo carácter social de la población cubana, con sus dos ejemplos más recientes en las acciones de Morón, y la protesta sostenida por seis días del Spiderman cubano. La ola viene in crescendo, tanto en números como en tiempo.

En política, como en casi todo, lo más importante no es lo aparente, sino lo subyacente. Como bien dijo Vaclac Havel, los sistemas comunistas brindan la apariencia de un lago congelado, pero debajo de la uniformidad del hielo hay toda una vida en curso, peces que se mueven. Cuando todos estos conflictos sociales llegan a su momento álgido, producen una erupción que simplemente no puede ser ignorada. La Primera Secretaria del Partido en Santiago de Cuba subida a un techo para escapar de la ira ciudadana, y la franca huida y desaparición de todas las representaciones del régimen en Morón; son claras evidencias de que el pueblo está asumiendo un protagonismo progresivo, con fuerza cada vez mayor, reclamando su propio espacio.

Ahora que casi todo el mundo juega a ser geopolítico, es bueno recordar una serie de eventos que comenzaron en Gdansk, Polonia, cuando un grupo de obreros decidió declararse en huelga hasta llegar a conformar un sindicato con diez millones de afiliados que desató el principio del fin de la repartición del mundo por las grandes potencias en la conferencia de Yalta en 1945. Posteriormente, el 9 de noviembre de 1989, acaeció uno de los eventos más propagandizados en este sentido: la caída del Muro de Berlín, que tampoco fue resultado de maquinaciones de élites, sino de acción popular directa. Unos días antes, el 24 de octubre, Egon Krenz había sido elegido Secretario General del Partido Socialista Unificado Alemán (SED) tras la renuncia forzada de Erich Honecker.

Dos semanas después del derribo del muro, el 24 de noviembre de 1989, el mismo día en que efectivamente terminó el régimen comunista en Checoslovaquia como resultado de la Revolución de Terciopelo; Nicolae Ceaușescu fue reelegido por cinco años más como Secretario General del Partido Comunista de Rumania, en un congreso caracterizado por la fanfarria y el despliegue de banderas. Un mes más tarde, el 21 de diciembre, tras los sucesos de Timisoara, el dictador programó una asamblea popular a la que invitó a participar a los trabajadores de las fábricas y las plantas de Bucarest, en la cual anunció, desde el balcón de la sede del Partido Comunista, su decisión de incrementar el salario mínimo en un porcentaje insignificante y añadir un pequeño extra a las ayudas para la infancia. Lejos de recibir aplausos, como esperaba, comenzó a ser abucheado por las más de 100.000 personas que asistieron al evento. Se desplomó ante el público y esto desató los acontecimientos que llevaron a su posterior huida, captura y ejecución.

Sí, los sucesos se conectan, y cada vez más en el mundo de hoy, pero no hay cambio real sin acción ciudadana concreta. Cuando las dinámicas son controladas por cúpulas de poder, ya sean nacionales o foráneas, los resultados no obedecen a los intereses o aspiraciones de quienes más necesitan del cambio. Aunque no existe una definición comúnmente aceptada del término «geopolítica», una disección etimológica nos lleva a que se refiere a la importancia de los territorios (geo) en las relaciones entre personas o entidades (política). Al final de la jornada, nadie conoce más el terreno que quienes viven en él; en consecuencia, es la gente quien sabe mejor cuál es el estado óptimo de estas relaciones. Lo demás es Juego de Tronos; bueno para una serie de TV sin dejar de ser una fantasía.

Gran parte de la mitología asociada con la geopolítica reside en la leyenda de que todo lo que sucede en el orbe ha sido previamente calculado, planeado y ejecutado por un puñado de personas que supuestamente «controlan el mundo», al estilo del legendario Fu Man Chu, el genio del mal. Sin embargo, es bien sabido que uno de los eventos más trascendentales en materia de geopolítica, el desplome del bloque comunista, no fue anticipado, ni mucho menos orquestado, por las grandes potencias occidentales; a pesar de que después de caído, muchas figuras políticas de aquel entonces se atribuyeron el mérito de lo sucedido. La victoria tiene muchos progenitores, pero la derrota siempre es huérfana.

Como botón de muestra, en los propios Estados Unidos, diversos economistas y críticos, como el senador Daniel Patrick Moynihan, argumentaron que la CIA fue incapaz de prever la caída del bloque comunista por no haber captado la magnitud de la crisis económica soviética. Se alegó que la agencia dependía excesivamente de las estadísticas oficiales soviéticas, las cuales eran a menudo secretas o distorsionadas, y que no se dio suficiente crédito a los informes de emigrados que indicaban que el sistema se estaba desmoronando. El error fundamental consistió en desestimar la voz de la gente.

En muchos sentidos este es, en términos generales, el gran dilema de hoy en día. ¿Se debe optar por el cambio en virtud de las acciones de terceros foráneos, o es la opción ciudadana viable en el escenario actual? Si echamos una ojeada analítica a la historia, nos muestra que la última opción es siempre posible, aunque no siempre se cumpla. Un paso apropiado en esa dirección sería zanjar la brecha entre la intelectualidad y el activismo, articulando una «visión combinada del mañana» capaz de reflejar las aspiraciones de todos los que anhelan un cambio genuino. Es posible, y si de estudios se trata, existe material de sobra para hacer la tarea.

Porque, en definitiva, lo que se grita en las calles de Cuba también busca romper una puesta en escena, como hizo Pánfilo hace diecisiete años. O nos resignamos a ser espectadores, o al menos intentamos ser protagonistas de nuestro destino. El peso de una verdad no yace en lo intrincado de su argumentación, sino en la contundencia de lo que expone. La gente está hablando y se impone escucharla. La gran paradoja del «hombre nuevo» radica en que es precisamente él quien se expresa de forma más directa contra el régimen de exclusión política.

***

Imagen principal: Presidencia Cuba.

Omar López Montenegro

Fundador del Movimiento Pro Derechos Humanos en Cuba y presidente del Centro Latinoamericano para la Noviolencia.

https://www.facebook.com/omar.lopez.montenegro
Siguiente
Siguiente

El choteo político en Cuba, o de qué nos burlamos los cubanos