Diez de octubre: recuerdo, manipulación y tergiversación

La historia ayuda a los humanos a recordar ―del latín re-cordi, volver a pasar por el corazón― y evita así repetir errores anteriores. Sin embargo, el término «historia» tiene una doble acepción: designa la realidad anterior y, a su vez, el conocimiento que se ha venido acumulando sobre ella en la ciencia homónima. Ambas no son equivalentes, pues la realidad histórica no se corresponde exactamente con la información que sobre ella se tiene y, mucho menos, con las interpretaciones que hacen de ella los historiadores. A pesar de los instrumentos de validación científica del método histórico, las obras historiográficas quedan matizadas por el prisma de la subjetividad (intereses ideológicos, paradigmas científicos, sentimientos, postura clasista, estereotipos morales, etc.).

La escritura de la historia es escenario de una persistente confrontación entre los grupos hegemónicos, que la utilizan para justificar el statu quo como algo determinado por supuestas leyes de la Historia ―dueños, por lo general, de la posibilidad de imponer sus puntos de vista en las escuelas a través de la llamada historia oficial―, y los historiadores críticos, quienes presentan productos alternativos, generalmente vinculados a posiciones progresistas en ciencia y política, y a los focos de resistencia, que los asimilan como fuente y compromiso de su indomable rebeldía.

Martí dudaba de la cientificidad de las obras que ponían el interés político-ideológico del autor por encima de la objetividad honesta, aunque confiaba en la fuerza del hecho en sí, y afirmaba:

«Historiar es juzgar, y es fuerza para historiar estar por encima de los hombres, y no soldadear de un lado de la batalla. El que puede ser reo, no ha de ser juez. El que es falible, no ha de dar fallo. El que milita ardientemente en un bando político, en un bando filosófico, escribirá su libro de historia con la tinta del bando. Mas la verdad, como el sol, ilumina la tierra a través de las nubes. Y con las mismas manos que escribe el error, va escribiendo la verdad. La pluma, arrebatada por un poder que no conoce, va rompiendo las nubes que alza. Y a despecho de sí mismo y de sus pasiones, la verdad quedará dicha, porque reposa en el fondo de los actos humanos».

Así, en torno a los grandes acontecimientos históricos de un pueblo, suelen acumularse interpretaciones históricas diferentes, acorde al sentido que cada autor, institución o grupo de poder le otorguen.   

La manipulación del 10 de octubre y la peculiar interpretación martiana

La historiografía cubana, surgida en el proceso de formación de la nacionalidad, pronto adquirió un sesgo nacionalista (patriótico), que la convertiría durante el llamado Reposo Turbulento (1878-1895) en escenario de agudas confrontaciones con autores pro-colonialistas. En ese entorno proliferaron las manipulaciones de unos y otros para resaltar los hechos de la Guerra Grande que los favorecieran políticamente, y encubrir aquellos que los perjudicaban.  

La fecha crucial del 10 de octubre resaltaba entre ellos como tema ineludible. Mientras los historiadores patriotas la interpretaban en tanto hito primigenio de la vida política independiente del pueblo cubano y magnificaban lo ocurrido sin temor a fantasear (N. Ponce; M. de la Cruz; E. Collazo; F. Figueredo…); para los colonialistas representaba el inicio del fin del país, su precipitación en la ruina, el caos y la anarquía tras la realización de todos sus miedos (J. de la Pezuela; T. Ochando; V. Weyler…).

Fue Martí quien aportó el punto de vista menos manipulado sobre el grito del 10 de octubre. En su opinión, si bien representaba el surgimiento de la nación ante el mundo; como civilista convencido privilegiaba políticamente la fecha del 10 de abril de 1869, la Asamblea de Guáimaro, como fecha del nacimiento de la República de Cuba en Armas; es decir, de la nación con toda su dignidad acreditada y el consenso de los representantes de todas las regiones rebeldes.

El carácter personalista del 10 de octubre fue analizado por Martí a profundidad. Al hacerlo, identificó en Céspedes la manera de pensar de los líderes de grandes acontecimientos, que llegan a identificarse absolutamente con ellos:

«Cree que su pueblo va en él, y como ha sido el primero en obrar, se ve como con derechos propios y personales, como con derechos de padre, sobre su obra. Asistió en lo interior de su mente al misterio divino del nacimiento de un pueblo en la voluntad de un hombre, y no se ve como mortal, capaz de yerros y obediencia, sino como monarca de la libertad, que ha entrado vivo en el cielo de los redentores. No le parece que tengan derecho a aconsejarle los que no tuvieron decisión para precederle. Se mira como sagrado, y no duda de que deba imperar su juicio. Tal vez no atiende a que él es como el árbol más alto del monte, pero que sin el monte no puede erguirse el árbol».

En su texto sobre la Asamblea de Guáimaro, puntualizó el momento en que la unidad revolucionaria en torno a la republica civilista vino a superar políticamente al grito del 10 de octubre, militarista y caudillista, en la sin par actitud mantenida por Cespedes:

«Momentos después iba de mano en mano la despedida del general en jefe del ejército de Cuba, y jefe de su gobierno provisional [Cespedes]. “El curso de los acontecimientos le conduce dócil de la mano ante la república local”: “La Cámara de Representantes es la única y suprema autoridad para los cubanos todos”: “El Destino le deparó ser el primero en levantar en Yara el estandarte de la independencia: Al Destino le place dejar terminada la misión del caudillo” de Yara y de Bayamo: “Vanguardia de los soldados de nuestra libertad” llama a los cubanos de Oriente: jura “dar mil veces la vida en el sostenimiento de la república proclamada en Guáimaro […] De pie juró la ley de la República el presidente Carlos Manuel de Céspedes, con acentos de entrañable resignación, y el dejo sublime de quien ama a la patria de manera que ante ella depone los que estimó decretos del destino».

Los famosos «Discursos del diez de octubre» (1887-1891) pronunciados por Martí, no fueron para hablar de la fecha, sino para rendir cuentas públicamente de cómo se estaba preparando la emigración revolucionaria con el fin de acabar la obra empezada ese día; enfrentar los problemas de la revolución que se preparaba; levantar a los indecisos y convencer a los escépticos. En el de 1887, resaltó lo grandioso del sacrificio personal del iniciador ante la república colectiva: «Agitar, lo pueden todos: recordar glorias, es fácil y bello: poner el pecho al deber inglorioso, ya es algo más difícil: prever es el deber de los verdaderos estadistas: dejar de prever es un delito público: y un delito mayor no obrar, por incapacidad o por miedo, en acuerdo con lo que se prevé [y postuló] ¡Lo que importa no es que nosotros triunfemos, sino que nuestra patria sea feliz!».

La tergiversación del 10 de octubre por la Revolución en el Poder

Aunque el alzamiento ocurrió en el ingenio Demajagua, fue el asalto fallido al poblado cercano de Yara lo que internacionalizó el acontecimiento y lo bautizó como «Revolución de Yara». La magia del telégrafo glorificó una derrota y marcó la confrontación con una disyuntiva terrible: «O Yara o Madrid!».

La revolución de liberación nacional que se iniciaba, republicana y abolicionista, estaría dirigida por el sector más radical de los terratenientes centro-orientales y las clases medias, quienes conformarían la mayor parte de la oficialidad y los jefes más importantes del Ejercito Libertador. No era una revolución anticapitalista promovida por la clase obrera; al contrario, era un proceso de liberación nacional en pos de construir una república moderna, con una economía de libre empresa, basada en la creatividad y el esfuerzo de sus pobladores, no en la dependencia extranjera.

Sin embargo, en su búsqueda de fundamentos históricos para perpetuarse en el poder, Fidel Castro sostuvo como uno de los mitos fundacionales de la Revolución cubana, que esta era el colofón de la misma revolución que Céspedes iniciara en 1868. Al conmemorarse el centenario del inicio de las luchas por la independencia, en 1968, postuló: «Nuestra Revolución, con su estilo, con sus características esenciales, tiene raíces muy profundas en la historia de nuestra patria.  Por eso decíamos, y por eso es necesario que lo comprendamos con claridad todos los revolucionarios, que nuestra Revolución es una Revolución, y que esa Revolución comenzó el 10 de Octubre de 1868».

Tres años antes, en 1965, ya se había identificado con los revolucionarios del siglo XIX:

«¡Nosotros entonces habríamos sido como ellos, ellos hoy habrían sido como nosotros! […] Ha sido un solo camino, ha sido una sola línea revolucionaria siempre. Por ese camino, por esa línea, han transitado muchos héroes, muchos patriotas, muchos mártires. Y los que han llevado adelante esa bandera, los que han seguido esa línea, representan la voluntad de todos, están obligados no solo con las generaciones presentes y futuras, sino también con las generaciones pasadas que lucharon».

De esta forma, su figura de caudillo se reforzaba al convertirse en el exitoso culminador de las luchas anteriores por la liberación nacional y la justicia social, convertidas ahora en una sola revolución centenaria.

El summum de la tergiversación fue alcanzado cuando actuó como supuesto defensor del rol de aquellos próceres, y los recuperó para el panteón revolucionario en momentos en que a las masas adoctrinadas no les parecían tan grandes como los héroes de la «nueva» Revolución:  

«Es posible que la ignorancia de la actual generación, o el olvido de la actual generación, o la euforia de los éxitos actuales, puedan llevar a la subestimación de lo mucho que nuestro pueblo les debe a estos luchadores […]  Porque la Revolución es el resultado de cien años de lucha, es el resultado del desarrollo del movimiento político, de la conciencia revolucionaria, armada del más moderno pensamiento político, armada de la más moderna y científica concepción de la sociedad, de la historia y de la economía, que es el marxismo-leninismo; arma que vino a completar el acervo, el arsenal de la experiencia revolucionaria y de la historia de nuestro país».

Llegó al punto de presentar al PRC de José Martí como antecesor directo del PCC y realizar una falsa extrapolación entre el Partido que organizó la revolución independentista y el suyo, único permitido tras excluir despóticamente a todos los demás de la vida política nacional:  

«¿Y qué otra cosa hizo Martí para hacer la revolución sino organizar el partido de la revolución, organizar el partido de los revolucionarios?  ¡Y había un solo partido de los revolucionarios!  Y los que no estaban en el partido de los revolucionarios estaban en el partido de los españoles colonialistas o en el partido de los anexionistas o en el partido de los autonomistas.  

Y así también hoy el pueblo, con su partido que es su vanguardia, armado de las más modernas concepciones, armado de la experiencia de cien años, habiéndose desarrollado al máximo grado la conciencia revolucionaria, política y patriótica, ha logrado vencer sobre vicios seculares y constituir esta unidad y esta fuerza de la Revolución».

No obstante, nada más lejos del proyecto martiano que una dictadura clasista, tesis a la que Martí saliera al paso abiertamente para contrarrestar a quienes presentaban a los revolucionarios como anarquistas radicales. Sostuvo entonces que ellos: «no ven la dicha del país en el predominio de una clase sobre otra» [y que] «Si desde la sombra entrase en ligas, con los humildes o con los soberbios, sería criminal la revolución e indigna de que muriésemos por ella. Franca y posible, la revolución tiene hoy la fuerza de todos los hombres previsores, del señorío útil y de la masa cultivada, de generales y abogados, de tabaqueros y guajiros, de médicos y comerciantes, de amos y de libertos. Triunfará con esa alma o perecerá sin ella».

No hay mejor forma de volver a pasar por nuestra mente y corazón a aquellos cubanos «del 68» ―que sacrificaron vidas y haciendas en la hoguera revolucionaria para hacer de la colonia esclava una república moderna, de democracia, justicia y libertad para todos―, que escribir sus historias con apego a la verdad, y respetar sus ideas y acciones como expresión de su tiempo y su voluntad. Cualquier forma de manipulación o tergiversación del sentido de su vida y obra para alzarse sobre ellos, no será más que un irrespeto a su memoria y un engaño a los contemporáneos con oscuros fines políticos.

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Imagen principal: Cubahora

Mario Juan Valdés Navia

Historiador. Investigador Asociado en National Humanities Center y Duke University, Durham, Estados Unidos.

https://www.facebook.com/mariojuan.valdesnavia
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