Creer sin excluir: una tarea pendiente del evangelio en Cuba
Las palabras no son inocentes. Detrás de cada una late una historia silenciosa, una intención velada y, a veces, un mundo entero que quien la pronuncia apenas alcanza a imaginar. Algo así ocurre con una proclama que, en los últimos tiempos, ha cobrado una fuerza muy superior a la que poseía antaño en nuestro país: la idea de «Cuba para Cristo».
Para unos, es una afirmación de identidad, un modo de declarar públicamente una fe que durante décadas debió vivirse en silencio; para otros, representa una declaración de esperanza, la certeza de que, a pesar de todo, existe un propósito mayor para esta tierra. Esta consigna circula hoy en canciones, perfiles de redes sociales, cultos evangelísticos, nombres de ministerios y organizaciones religiosas, presentándose en ocasiones no solo como una opción válida, sino como la única alternativa viable para el futuro de Cuba.
Ante este resurgir de la frase, me he detenido a reflexionar sobre su significado desde mi propia comprensión de la fe. Debo confesar que nunca me ha terminado de convencer la fórmula «Cuba para Cristo». Mi reticencia no nace de un cuestionamiento a la sinceridad o profundidad de la fe de quienes la emplean, sino de la convicción de que toda expresión religiosa debe someterse a un escrutinio crítico, especialmente cuando corre el riesgo de transformar una legítima aspiración espiritual en una herramienta de exclusión social o de apropiación sectaria. Considero vital examinar el alcance real de lo que decimos, incluso —y sobre todo— cuando nuestras palabras brotan de la mejor de las intenciones.
Reconozco, por supuesto, el peso histórico de esta expresión en la tradición protestante cubana. Hasta donde se sabe, su origen se remonta al liderazgo pionero del doctor Alberto Jesús Díaz y Navarro, misionero y patriota que, tras conocer la fe cristiana en Estados Unidos, regresó a la Isla para fundar la obra bautista. El 29 de enero de 1893, en la iglesia Getsemaní —fundada y pastoreada por él en la esquina de Zulueta y Dragones, en el antiguo teatro Jané de La Habana—, durante un culto de gratitud por la culminación del pago del templo, colocó en el altar un cartel que plasmaba un sueño: «Cuba para Cristo».
Años después, en noviembre de 1910, durante la Cuarta Convención Nacional de las Sociedades de Jóvenes Cristianos y Escuelas Dominicales —un evento interdenominacional celebrado en Santiago de Cuba—, la consigna renovó su impulso. Allí se estrenó un himno homónimo compuesto por Manuel Caballería Gali, estudiante ministerial de los Colegios Internacionales de El Cristo. En 1914 apareció otro canto similar escrito por el pastor bautista Reinaldo R. Machado. Estos himnos marcaron a generaciones y encendieron fervores que respeto profundamente. Con el tiempo, la frase se extendió a múltiples denominaciones y, en las últimas décadas, ha sido retomada por nuevas composiciones musicales, evidenciando la persistencia y vitalidad de «Cuba para Cristo» en la memoria colectiva del pueblo creyente.
Cabe señalar, además, que esta formulación no es exclusiva de Cuba. A lo largo del continente, la expresión «[País] para Cristo» ha resonado en distintos momentos y con diversos acentos. En Chile, por ejemplo, se ha invocado tanto en prédicas que llaman a retornar a los fundamentos cristianos de la nación como en el testimonio de creyentes que sienten el deber de alcanzar a sus familias y su tierra para el evangelio. También en Perú, Colombia y Argentina hay registros de su uso en himnos, campañas evangelísticas y proclamas públicas, aunque con menor intensidad y arraigo que en la tradición cubana. Lo que hoy resuena con particular fuerza en Cuba, debido a su propia historia y tensiones, otros pueblos lo han expresado con anhelos semejantes.
Sin embargo, que algo sea antiguo o compartido no lo hace incuestionable. Una idea con más de un siglo de historia merece un examen cuidadoso, no una repetición acrítica, máxime cuando entre aquel entusiasmo fundacional y el fervor actual se interponen capas complejas de significado.
Es preciso recordar que esta expresión funcionó, desde principios del siglo XX, como mecanismo de reafirmación de la identidad protestante frente a una Iglesia católica que durante siglos había detentado el monopolio religioso oficial. Aquella fue una época de grandes fricciones confesionales, y la consigna servía para demarcar territorio en un campo que recién comenzaba a abrirse a la libertad de culto.
A esa historia de tensiones se sumaron luego años de silencio forzado. Durante las décadas comprendidas entre 1960 y 1990, la llamada «lucha ideológica contra las sectas religiosas» vació templos, obligó a creyentes a ocultar su fe y sembró un miedo que aún no termina de despejarse. Por ello, cuando hoy un cubano dice «Cuba para Cristo», lo hace también cargando con la memoria de lo que costó poder decirlo.
Entiendo a quienes hacen de esta afirmación su verdad más honda, el sostén de sus vidas en medio de tantas dificultades. Les asiste el mismo derecho que a cualquier ciudadano a expresar lo que cree y espera. Su fe merece todo mi respeto; no obstante, la manera de formularla e, incluso, la tendencia a imponerla como la única visión posible para el país, me genera profunda inquietud.
Seamos honestos: en ocasiones, «Cuba para Cristo» puede no significar lo que parece. En la práctica, puede traducirse como «Cuba para mi iglesia» o «Cuba para mi denominación», rara vez para la de otros. Cuando se ora bajo este lema, no siempre se pide que la iglesia de la esquina crezca, que el pastor de otra denominación sea bendecido o que los hermanos con doctrinas distintas sean favorecidos. A veces se pide, quizá sin plena conciencia, que «los nuestros» cosechen y que «los nuestros» ocupen el terreno.
Es justo recordar que varias de las denominaciones que históricamente han empleado esta frase, a pesar de sostener convicciones teológicas conservadoras e incluso fundamentalistas en algunos casos, abogaron siempre por el principio de la libertad religiosa como pilar de su identidad. Su labor evangelizadora, entendida como una invitación personal y respetuosa, reconocía el derecho inalienable de cada persona a escoger libremente su camino de fe.
Esta paradoja ha sido distintiva de lo mejor de la tradición protestante histórica. Desafortunadamente, ese respeto profundo por la conciencia ajena parece haberse diluido en muchas iglesias contemporáneas, donde el afán por el crecimiento numérico o la relevancia pública tiende a endurecer los lenguajes y a difuminar la frontera entre la persuasión legítima y la presión indebida.
En nuestro contexto específico, esta consigna puede adquirir matices adicionales. Puede leerse como una declaración de resistencia cultural y espiritual frente a un sistema que durante décadas impuso como única verdad la «concepción científica materialista del universo», aquella que aún persiste en los programas educativos y en la formación de varias generaciones, a pesar de ser Cuba oficialmente un Estado laico. También podría interpretarse como la aspiración a una alternativa distinta al proyecto socialista, una que no se fundamente en promesas incumplidas, sino en valores trascendentes. Pero incluso desde esa legítima búsqueda de algo nuevo, cabe preguntarse si la solución ha de ser el reemplazo de un sistema excluyente por otro —por más espiritual que sea— que termine operando con la misma lógica de ocupación total del espacio simbólico y social.
En un país marcado por décadas de divisiones, discursos segregadores y barreras que han fragmentado familias y vecindarios, debemos cuidar que nuestro lenguaje religioso no reproduzca esas mismas dinámicas de exclusión. El lema «Cuba para Cristo» corre el riesgo de volverse tan excluyente como otras consignas que hemos escuchado en nuestra historia reciente: «La calle es para los revolucionarios» o «Dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, nada». Todas ellas, nacidas para afirmar una causa, terminaron levantando fronteras infranqueables entre cubanos.
El problema no es confesar a Cristo. El conflicto surge cuando, queriéndolo o no, actuamos como si pudiéramos poseerlo, encerrarlo en una fórmula o convertirlo en bandera exclusiva de un grupo. Cristo no es propiedad de ninguna denominación. Él es quien vino a derribar muros, quien comía con publicanos y pecadores, quien tocaba leprosos y hablaba con samaritanas. Reducir su mensaje a una consigna de apropiación territorial es empobrecer la inmensidad de su gracia.
Aquí entro en un terreno aún más delicado. También albergo reservas respecto a la frase «Solo Cristo salva». Reconozco que es un pilar histórico de la Reforma protestante y, en lo íntimo de mi corazón, confío en Cristo como mi salvador. Sin embargo, cuando esa frase se entiende de manera rígida y excluyente, puede obstaculizar el diálogo sincero con quienes creen diferente y dificultar el reconocimiento de la acción del Espíritu más allá de nuestras fronteras doctrinales dibujadas.
Esta reflexión sobre los peligros de la exclusividad nos sitúa, necesariamente, ante preguntas que la teología contemporánea ha formulado con agudeza. Cuando una comunidad religiosa levanta la bandera de «Cuba para Cristo» o «Solo Cristo salva» desde la certeza de poseer la única verdad, corre el riesgo de reproducir, sin advertirlo, la misma lógica de los poderes que excluyen y condenan a la periferia. La teología liberadora nos recuerda que Dios se revela privilegiadamente en el rostro de quienes sufren la exclusión: los pobres, los marginados, los que no pertenecen. Cualquier afirmación de fe que no parta de ese lugar puede terminar siendo, aún sin pretenderlo, una forma de idolatría: la absolutización de una experiencia particular de Dios que termina por ocultar al Dios que siempre excede nuestras categorías y que, en Jesús, se hizo solidario con todos, especialmente con los desechados.
La cuestión, entonces, no es tanto «quién salva», sino a qué tipo de salvación apostamos y si nuestro lenguaje religioso, lejos de abrir caminos de liberación integral, contribuye a levantar nuevas cercas allí donde debería haber encuentro.
¿Acaso creemos que Dios se ha quedado sin testimonio en otras tradiciones? ¿Qué hacemos con un budista que practica la compasión hasta extremos que avergonzarían a muchos cristianos? ¿Con un musulmán que entrega su vida por los pobres? ¿Con un judío que busca justicia incansablemente? ¿Con un santero que ha encontrado en su tradición una conexión profunda con lo sagrado y una comunidad de apoyo en medio de la miseria? ¿Y qué decir del vecino que no va a ninguna iglesia, pero parte su pan con otros, del que no cree en nada, pero es capaz de dar su vida por los demás? ¿Vamos a decirles que todo eso no vale, que están fuera, que no hay luz en su camino?
No puedo aceptar esa estrechez. Prefiero una teología más amplia, más generosa, más parecida al Dios «que hace salir el sol sobre malos y buenos». Necesito una fe que afirme la vida allí donde la encuentre, sin pedir primero el carné de membresía. Una fe que celebre todo destello de bondad, verdad y belleza, venga de donde venga, incluso de quienes no profesan ninguna religión.
Esto, lejos de ser relativismo, es humildad teológica. Es reconocer que mis categorías son demasiado pequeñas para contener a Dios. Es confesar a Cristo sin usar su nombre como clavo para cerrar puertas, sino como llave para abrirlas.
Seguramente, la mayoría de quienes hoy usan el lema «Cuba para Cristo» lo hacen desde el legítimo deseo de encontrar esperanza en medio del naufragio. Comparto su cansancio ante un sistema que no ha dado respuestas, lleno de promesas incumplidas y proyectos que siempre terminan siendo proyectos de poder. El problema no es que ellos tengan esperanza en Cristo; el problema radica en cuando esa esperanza se formula de tal manera que, sin buscarlo, excluye a otros cubanos que también esperan, aunque la nombren de forma distinta.
Porque Cuba no es solo de los cristianos. Cuba es de todos los que la habitan, la sufren y la sueñan. Cuba es de quienes buscan la verdad por caminos distintos, de quienes construyen solidaridad sin nombrar a Dios, de quienes mantienen viva la compasión en medio de la escasez. El futuro de Cuba necesita todas las manos. Necesita una espiritualidad que una, no que divida; que convoque, no que expulse. Que reconozca que la verdad se construye entre todos y que es más grande que nuestras certezas particulares.
Por eso no puedo sumarme a un discurso religioso que, en su legítimo deseo de anunciar esperanza, termina construyendo nuevas trincheras donde debería haber puentes. Lo respeto como expresión de fe sincera, pero no puedo hacerlo mío. La esperanza de Cuba no puede ser propiedad de nadie. Tiene que ser una casa con muchas habitaciones, donde quepamos todos. O, al menos, donde todos podamos empezar a aprender a caber.
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Imagen principal: Sasha Durán / CXC.