Actores y coaliciones: blandos, duros y la fractura interna del régimen

La transitología clásica sostiene que ninguna transición empieza sin una división importante dentro del régimen autoritario. Este informe examina esa tesis en cuatro casos: Hungría (1988-1989), donde los reformistas tomaron el control del propio partido comunista; España (1976-1977), donde un sector del régimen desmontó el franquismo; Sudáfrica (1989-1990), donde el relevo en la cúpula del Partido Nacional abrió la negociación con el Congreso Nacional Africano (ANC); y China (1989), donde la fractura existió pero se cerró con represión.

Es posible adelantar que el hallazgo central es que la fractura resulta necesaria pero no suficiente, puesto que los blandos abren una transición si ganan el control de los resortes de decisión, si encuentran en la oposición a un interlocutor que haga creíble la salida, y si los duros quedan aislados o neutralizados. Cuando falta alguna de esas piezas, como en China, la fractura se resuelve con una purga.

Para Cuba, el informe subraya un dato incómodo: la literatura reciente sitúa al régimen cubano entre los autoritarismos más cohesionados del mundo, por su origen revolucionario. El historial de purgas preventivas de dirigentes con proyección propia refuerza esa lectura. Pensar en blandos cubanos exige, por tanto, preguntarse qué condiciones podrían hacer surgir una fractura, y no darla por supuesta.

1. El problema

¿Existen reformistas dentro del poder en Cuba? La interrogante suele respondese con conjeturas sobre personas concretas, y no con un análisis de las condiciones en que esos actores surgen, ganan peso y, sobre todo, se atreven a actuar. La pregunta es pertinente porque una de las generalizaciones más citadas de la transitología afirma que no hay transición cuyo inicio no sea consecuencia, directa o indirecta, de divisiones importantes dentro del propio régimen autoritario (O'Donnell y Schmitter, 1986, p. 19).

No obstante, la propensión a dividirse varía según el tipo de régimen, por ejemplo, los militares se fracturan con más facilidad que los de partido único, que suelen durar más. Este informe parte de tres preguntas: qué produce la fractura de una élite autoritaria; qué separa una fractura que abre una transición de otra que termina en purga; y qué nos dice todo ello sobre las posibilidades de que algo similar ocurra en Cuba.

2. Los actores de la transición

O'Donnell y Schmitter (1986) propusieron un enfoque de elección estratégica en el que la transición se explica por la interacción de cuatro actores: los «duros» y los «blandos» dentro del régimen, y los «moderados» y los «radicales» en la oposición. Los duros creen que el régimen puede y debe perpetuarse y los blandos consideran que necesita algún tipo de legitimación electoral para sobrevivir. La transición avanza cuando blandos y moderados encuentran un terreno común y logran neutralizar a los extremos de su propio campo.

Adicionalmente, Przeworski (1991) formalizó ese esquema desde la teoría de juegos, con los mismos cuatro jugadores, y su conclusión es contraintuitiva: con información y preferencias perfectas, la democratización no ocurriría nunca, porque los reformistas no abrirían el sistema sabiendo que perderían el control. La transición se viabiliza si cambian los incentivos y los radicales aceptan una democracia limitada como punto de partida, o los moderados temen más a los radicales que a los reformistas y aceptan darles garantías.

Por su parte, Colomer (1991) refinó la distinción entre duros, blandos y oposición a partir de sus preferencias entre continuidad, reforma y ruptura, e identificó seis grupos de actores. De sus interacciones derivó tres modelos de transición por acuerdo: 1) la reforma pactada dentro del bloque gobernante, 2) la apertura controlada a la oposición, y 3) el colapso súbito del régimen.

Los regímenes autoritarios no se fracturan por igual. Por ejemplo, los militares contienen fuentes de fragilidad interna que no comparten otros tipos, mientras que los de partido único tienden a durar más que los militares y que los personalistas. Cuando un partido gobernante es capaz de contener los conflictos de la élite, los blandos permanecen latentes. Sin embargo, cuando esos conflictos se desbordan, aparecen los reformistas que pueden encabezar una transición.

Los partidos gobernantes más cohesionados son los que combinan el reparto de recursos con las identidades, los lazos de solidaridad y la disciplina forjados en una lucha violenta e ideológica. Las autocracias nacidas de revoluciones enfrentan amenazas militares que las llevan a desarrollar partidos cohesionados, aparatos de seguridad leales y a destruir los centros de poder alternativos (Lachapelle et al., 2020; Levitsky y Way, 2022). 

De este repaso se desprende el criterio que ordena los casos: la fractura de la élite no es un accidente, sino un resultado que depende del tipo y del origen del régimen, y su desenlace depende de la relación entre los blandos y la oposición moderada.

3. Casos comparados

Hungría (1988-1989): los reformistas toman el partido

Hungría es el caso más claro de fractura dentro de un régimen de partido único. En mayo de 1988, János Kádár, al frente del partido desde la represión de 1956, fue apartado del poder por su propio aparato y sustituido por Károly Grósz. En noviembre, Miklós Németh, un tecnócrata de perfil reformista, se convirtió en primer ministro.

El golpe simbólico llegó a finales de enero de 1989. Imre Pozsgay, miembro del Politburó, declaró en una entrevista radiofónica que lo ocurrido en 1956 no había sido una contrarrevolución, sino un levantamiento popular. Al reinterpretar el mito fundacional del régimen, cuestionaba abiertamente su legitimidad. En febrero, el Comité Central aceptó en principio el sistema multipartidista, mientras los reformistas se organizaban en el aparato a través de los llamados círculos de reforma.

El reentierro el 16 de junio de 1989 de Imre Nagy,  ex primer ministro que en 1956 protagonizó el intento de liberar al país de la tutela soviética, actuó como catalizador. Diez días después, una presidencia colectiva de cuatro miembros, encabezada por Rezső Nyers e integrada también por Németh y Pozsgay, desplazó a Grósz del liderazgo efectivo. El partido negoció entonces con la oposición en la Mesa Redonda Nacional. El 7 de octubre, el partido comunista se disolvió y se refundó como Partido Socialista Húngaro, y el 23 de octubre se proclamó la República de Hungría (Tőkés, 1996).

Pozsgay, el político más popular del país en 1989, fue superado por la dinámica que él mismo había desatado. Los blandos abrieron la puerta, pero no controlaron lo que entró por ella.

España (1976-1977): los blandos desmontan el régimen con sus propias leyes

En España, los blandos ganaron la partida dentro de las propias instituciones franquistas. El primer gobierno de la monarquía, presidido por Carlos Arias Navarro, no logró sacar adelante su limitado plan de reforma, y Arias dimitió. Su sucesor, Adolfo Suárez, encargó al presidente de las Cortes, Torcuato Fernández-Miranda, la redacción de una ley que permitiera transformar el régimen, por eso la española es una transición «de la ley a la ley».

El 18 de noviembre de 1976, las Cortes franquistas aprobaron la Ley para la Reforma Política por 425 votos a favor, 59 en contra y 13 abstenciones. Entre los votos negativos figuraban quince de los procuradores militares. La ley fue ratificada en referéndum el 15 de diciembre. Una amplia mayoría de procuradores votó su propia muerte política, por las maniobras de Fernández-Miranda para definir los términos del debate de modo que la ley pareciera una continuidad y no una ruptura.

Los duros no desaparecieron. Cuando el gobierno legalizó el Partido Comunista en abril de 1977, el malestar en la cúpula militar se tradujo en la dimisión del ministro de Marina, el almirante Pita da Veiga. No obstante, ya era tarde, pues en junio del propio año se celebraron las primeras elecciones democráticas desde 1936. Colomer (1991) tomó el caso español como base para modelizar las transiciones por acuerdo, en las que el ritmo del cambio y los límites del pacto dependen de cómo se distribuyen las preferencias entre continuidad, reforma y ruptura.

Sudáfrica (1989-1990): el relevo que rompe el bloqueo

El Partido Nacional, que gobernaba Sudáfrica desde 1948, sufrió su primera gran escisión por la derecha en 1982, cuando Andries Treurnicht lo abandonó y fundó el Partido Conservador. Durante los años ochenta, P. W. Botha combinó reformas limitadas, como el Parlamento tricameral, aprobado en referéndum en 1983, con un estado de emergencia que en 1990 llevaba cinco años en vigor. Mientras tanto, la presión interna crecía, entre otros factores por la acción del Frente Democrático Unido, creado en 1983.

El bloqueo se rompió por un relevo en la cúpula. Botha sufrió un derrame cerebral en enero de 1989 y, el 2 de febrero, F. W. de Klerk fue elegido líder del Partido Nacional; ese mismo año asumió la presidencia. Contra lo que se esperaba de un político de perfil conservador, De Klerk optó por negociar. Según Sisk (1995, p. 81), si quería evitar una mayor erosión de apoyos por la izquierda y por la derecha, ya no podía mantenerse a caballo del «dilema del reformista», como había hecho Botha.

El 2 de febrero de 1990, ante el Parlamento, De Klerk anunció el levantamiento de la prohibición del ANC, del Partido Comunista y del Congreso Panafricanista, y la liberación de Nelson Mandela, que salió de prisión el 11 de febrero. Los diputados del Partido Conservador abandonaron la cámara acusándolo de traidor. Tras sufrir derrotas en elecciones parciales frente a ese partido, De Klerk convocó, en marzo de 1992, a un referéndum entre los votantes blancos para legitimar la negociación, y obtuvo más de dos tercios de votos favorables. La jugada aisló a los duros y abrió el camino a las elecciones de 1994.

China (1989): la fractura terminada en purga

El caso de China demuestra que la fractura por sí sola no es suficiente. Durante las protestas de la primavera de 1989, el secretario general del Partido Comunista, Zhao Ziyang, defendió el diálogo con los estudiantes y se opuso a calificar la protesta de disturbio. En una reunión celebrada el 17 de mayo en la residencia de Deng Xiaoping, quedó aislado. Cuando se negó a participar en la declaración de la ley marcial, el 20 de mayo, Deng lo apartó (Zhao, 2009). El desenlace fue la represión del 3 y el 4 de junio. Semanas después, el Comité Central destituyó formalmente a Zhao por «apoyar los disturbios y dividir al partido» y pasó el resto de su vida bajo arresto domiciliario, hasta su muerte en 2005.

La fractura china fue real y llegó a la cúspide del poder. Pero el árbitro último, Deng, se alineó con los duros; el ejército obedeció; y no había una oposición organizada con la que los blandos pudieran pactar. Según Levitsky y Way (2022), China figura entre las autocracias de origen revolucionario cuya cohesión les permitió sobrevivir a crisis que derribaron a otros regímenes.

4. Dimensiones de análisis

Leídos en paralelo, los cuatro casos muestran que el resultado de una fractura depende de quién la protagoniza, de quién arbitra y de con quién pueden pactar los blandos.

De la comparación emergen tres regularidades.

  1. La fractura necesita un árbitro que se incline por los blandos. En Hungría, el propio partido cambió de dirección; en España, las instituciones del régimen votaron la reforma; en Sudáfrica, el relevo en la cúpula llevó a un reformista a la presidencia. Por el contrario, en China, el árbitro último eligió a los duros y la fractura se cerró.

  2. Los blandos necesitan un interlocutor. La salida pactada exige alguien al otro lado de la mesa capaz de comprometer a sus bases. En los tres casos de transición existía una oposición reconocible; mientras que en China, el movimiento estudiantil carecía de una estructura de ese tipo. Sin interlocutor, el reformista queda expuesto ante los duros sin ofrecer a cambio una salida.

  3. Los blandos rara vez controlan el resultado final. Pozsgay fue desbordado por el proceso que abrió y De Klerk negoció su propia salida del poder. Lo que Przeworski (1991) formalizó como un dilema, el riesgo de que los reformistas pierdan el control, se cumplió en los casos exitosos. La diferencia está en que, en ellos, perder el control resultó menos costoso para los blandos que la alternativa.

5. Hallazgo central

Como se dijo, la fractura de la élite es una condición necesaria de la transición, pero no suficiente. Abre una transición solo cuando concurren tres factores: que los blandos ganen el control de los resortes de decisión o el favor del árbitro; que exista una oposición moderada organizada que haga creíble una salida negociada; y que los duros queden aislados, sea por escisión, derrota electoral o pérdida de sus apoyos armados.

La probabilidad de que surja una fractura no es la misma en todos los regímenes. Los regímenes de partido único, y en particular los nacidos de revoluciones sociales, han desarrollado mecanismos de cohesión que hacen la división menos probable y más costosa para quien la intenta. En ellos, los blandos existen, pero tienden a permanecer latentes.

6. Transferibilidad al caso cubano

Las autocracias revolucionarias, Cuba incluida, apenas han sufrido deserciones en su élite durante décadas. Cualquier reflexión sobre los blandos cubanos debe partir de ahí.

Lo que sí es aplicable

  • Aunque Cuba sea un caso de alta cohesión, la experiencia comparada indica que sin división en la élite la transición pactada es muy improbable. Pensar la transición cubana obliga a pensar qué podría producir esa división.

  • El relato fundacional es un terreno de disputa. En Hungría, la reinterpretación de 1956 por un miembro del Politburó erosionó la legitimidad del régimen desde dentro. La memoria histórica, y no solo la economía, puede ser un detonante.

  • Los blandos necesitan un interlocutor creíble. Sudáfrica y Hungría muestran que la negociación requiere una contraparte organizada. China, por su parte, evidencia lo que ocurre cuando no existe y el reformista queda solo frente a los duros.

  • Los blandos se arriesgan cuando perder el control les resulta menos costoso que mantener el statu quo. Las propuestas democráticas que ignoran ese cálculo reducen los incentivos para que alguien dentro del poder se mueva.

Los límites de la comparación

  • El historial cubano incluye episodios en los que figuras con proyección propia fueron apartadas de forma abrupta. En 1989, el general Arnaldo Ochoa y el coronel Antonio de la Guardia fueron fusilados junto a otros dos oficiales tras la llamada Causa n.º 1. Carlos Aldana, considerado el tercer hombre del poder, fue destituido en 1992; el canciller Roberto Robaina, en 1999; Carlos Lage y Felipe Pérez Roque, en marzo de 2009. Las razones de cada caso siguen siendo opacas, y no hay base para presentar a esas figuras como reformistas. Pero el patrón de purgas preventivas encaja con la tesis de Brownlee (2007): un partido capaz de contener el conflicto de la élite mantiene latentes a los posibles blandos.

  • El sistema no admite partidos de oposición. Un eventual reformista interno no tendría hoy una contraparte con la que pactar, lo que lo dejaría en la posición de Zhao Ziyang.

  • El árbitro no es externo al bloque de poder. En España, las instituciones del régimen se inclinaron por la reforma; en Sudáfrica, el relevo en el partido llevó a un reformista a la cima. En Cuba no existe una figura o institución con autoridad suficiente para arbitrar a favor de una apertura, al margen de la propia cúpula.

Implicaciones

Si la cohesión del régimen cubano es su principal fortaleza, la estrategia democrática no puede limitarse a esperar la aparición de blandos. Debe trabajar en las condiciones que la literatura asocia a su surgimiento y a su éxito: la erosión de los mitos que sostienen la cohesión, la construcción de un interlocutor opositor organizado y la formulación de garantías creíbles, sin confundirlas con la impunidad. Los próximos informes de esta serie abordan dos de los pilares de esa cohesión: las fuerzas armadas y el partido único.

Referencias

  • Blakeley, G. (2016). «Vestir el muñeco»: Torcuato Fernández-Miranda, la «herestética» y la Ley para la Reforma Política. Revista Española de Investigaciones Sociológicas, (154), 3-20. https://doi.org/10.5477/cis/reis.154.3

  • Brownlee, J. (2007). Authoritarianism in an age of democratization. Cambridge University Press.

  • Colomer, J. M. (1991). Transitions by agreement: Modeling the Spanish way. American Political Science Review, 85(4), 1283-1302. https://doi.org/10.2307/1963946

  • Geddes, B. (1999). What do we know about democratization after twenty years? Annual Review of Political Science, 2, 115-144. https://doi.org/10.1146/annurev.polisci.2.1.115

  • Lachapelle, J., Levitsky, S., Way, L. A. y Casey, A. E. (2020). Social revolution and authoritarian durability. World Politics, 72(4), 557-600. https://doi.org/10.1017/S0043887120000106

  • Levitsky, S. y Way, L. A. (2012). Beyond patronage: Violent struggle, ruling party cohesion, and authoritarian durability. Perspectives on Politics, 10(4), 869-889. https://doi.org/10.1017/S1537592712002861

  • Levitsky, S. y Way, L. A. (2022). Revolution and dictatorship: The violent origins of durable authoritarianism. Princeton University Press.

  • O'Donnell, G. y Schmitter, P. C. (1986). Transitions from authoritarian rule: Tentative conclusions about uncertain democracies. Johns Hopkins University Press.

  • Przeworski, A. (1991). Democracy and the market: Political and economic reforms in Eastern Europe and Latin America. Cambridge University Press. [Ed. en español: Democracia y mercado, Cambridge University Press, 1995].

  • Sisk, T. D. (1995). Democratization in South Africa: The elusive social contract. Princeton University Press.

  • Tőkés, R. L. (1996). Hungary's negotiated revolution: Economic reform, social change, and political succession, 1957-1990. Cambridge University Press.

  • Zhao, Z. (2009). Prisoner of the state: The secret journal of Premier Zhao Ziyang (Bao P., R. Chiang y A. Ignatius, Trads. y Eds.). Simon & Schuster.

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Imagen principal: Felix Lipov.

Transiciones Democráticas Comparadas

Proyecto de investigación aplicada y divulgación que estudia transiciones internacionales para extraer lecciones pertinentes al caso cubano.

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