De las «nacionalidades oprimidas» a la autonomía de la «franja negra de Oriente»

-I-

En un momento temprano, 1920, apareció mencionado ―al parecer por primera vez― en los documentos de la Internacional Comunista (partido comunista mundial), el concepto de «nacionalidades oprimidas» junto al de «colonias». Se equiparaban teniendo en cuenta en uno y otro conceptos, la opresión a la que estaban sometidas ambas unidades territoriales. El primero designaba a una «masa compacta» de población, explotada por otra, dentro del territorio de un mismo estado. Era entendida por la IC como una nación oprimida dentro de otra opresora, tal cual pudieran ser las personas negras de las regiones sureñas de Estados Unidos, la Unión Sudafricana y los de los países del África Central; o los indios quechua y aimara en la región andina.

La tesis de la «franja negra» se fundaba en la existencia de una población «de color» mayoritaria en el sur norteamericano, constituyente de «un protectorado enmascarado», «una posesión colonial de los Estados Unidos justamente dentro de su propio territorio». Algunas opiniones sostenían axiomáticamente que «los negros estadounidenses eran una nación oprimida» cuyo destino era la lucha por su liberación, problema irresoluto desde la independencia, la Guerra Civil y la Reconstrucción.

Los conceptos de naciones oprimida y opresora tenían su corolario en la posibilidad del ejercicio del «derecho a la autodeterminación y a detentar el poder político en sus manos». La lucha en pos de la autonomía o la separación constituía, en el razonamiento cominternista, una vía para la liberación. De tal modo, introducía una anomalía conceptual sobre la eventualidad de un conflicto liberador dentro de uno civil.

La IC prestó atención al movimiento obrero comunista de los países europeos y de EE.UU., sin descuidar del todo a los territorios coloniales y dependientes supeditados a sus metrópolis. Torrentes de dinero, recursos y agentes, secretos o no, salvaron distancias hacia todas las latitudes para «apuntalar el paradigma» ruso-soviético ante la realidad de que «el ejemplo solo» no bastaba.

El IV Congreso de la Internacional Comunista (1922) confirió un papel privilegiado al movimiento negro en los Estados Unidos al destacar, en la «Tesis sobre la cuestión negra»: «La historia ha reservado a los negros de EE.UU. un papel importante en la liberación de toda la raza africana». Ellos se han colocado «a la vanguardia de la lucha de África contra la opresión». Con esa declaración se confería un liderazgo extra-continental a los afrodescendientes del Norte.

En el referido foro se concibió la misión de la raza negra dentro del universo de la lucha contra el capitalismo: «Por eso el IV Congreso declara que todos los comunistas deben aplicar especialmente al problema negro las “tesis sobre la cuestión colonial”». Este posicionamiento ubicaba la lucha de los descendientes de africanos al lado de las zonas periféricas coloniales o semicoloniales, susceptibles de alcanzar autonomía o independencia.

Otro punto de vista, sostenido por José Carlos Mariátegui, admitía que el asunto de las minorías debía ser abordado como una cuestión clasista. Ello requeriría análisis concretos diferenciados en cada caso, que hubiesen permitido conclusiones específicas para realidades diversas. Una interesante polémica, fuera de los propósitos de este trabajo, se produjo entonces en el seno de la IC.

El VI Congreso (1928) incorporó el «problema negro» a la tesis general sobre la cuestión colonial, al tiempo que diferenció a países o grupos de ellos, como Estados Unidos, Sudáfrica y los Estados dependientes. Para el primero, concretamente en las regiones sureñas, donde se concentraba un elevado índice de población «de color», se le recomendó la consigna «del derecho a la autodeterminación». A la Unión Sudafricana se le insistió en la necesidad de que el Partido Comunista asumiera la consigna de «crear una república nacional independiente». No se trataba, de acuerdo con las decisiones de la IC, del bregar de las minorías socio-raciales por la equidad en relación con la población blanca, sino de la separación. Tal propuesta constituyó un error teórico que condujo al enfoque político equivocado y al fracaso de la consigna de la «república nativa».

-II-

Según Nicolay Dobronravin «la introducción de consignas del self government en las actividades prácticas de los partidos comunistas en América del Sur y del Caribe […] ocurrió en la primera mitad de la década de 1930. […] el Partido Comunista de Cuba tomó prestada la idea de autodeterminación para las poblaciones negras, según diversas evaluaciones, entre 1930 y 1932».

Es decir, el PCC siguió las tesis zinovista-estalinista-bujarinistas de la Internacional sobre la autonomía, recomendadas inicialmente para Sudáfrica y los Estados Unidos. Al estar estrechamente vinculado al Partido Comunista norteamericano, el PCC aceptó la tesis de la república nativa.

Ello fue justificado «teóricamente» por la existencia de una población mayoritariamente negra en parte del sur de Oriente; un Black Belt cubano. Los comunistas apoyaban el empoderamiento y la autonomía de los «afrocubanos» en esa zona y, en su confusión teórica, lo esgrimían como un problema «nacional». Al aceptar dicha tesis, la cúpula del partido desconocía la esencia de la identidad nacional cubana, alcanzada en un proceso de larga duración y luego de tres guerras por la independencia. Cuba no era Sudáfrica ni Estados Unidos, tal como lo entendían la Comintern y el PCC.

Esa decisión de la élite partidista consideró la presencia de tropas norteamericanas en la base naval de Guantánamo como parte de la opresión nacional de los negros; asimismo, afirmaron que durante la protesta armada del Partido Independiente de Color (PIC), en 1912, fue enarbolado el eslogan de «una República negra para Oriente», lo que no he podido comprobar en años de investigación.

Los términos municipales de Alto Songo, Baracoa, Caney, Cobre, Guantánamo, Palma Soriano, San Luis y Santiago de Cuba; formarían el llamado «cinturón negro cubano». En esos lugares, la población negra y mestiza representaba poco más del 58% del total.

Las consignas de la «nacionalidad oprimida» y la «autodeterminación» no fueron bien acogidas por la población. Ello no solo fue así en Cuba; en ninguna parte surgió algún territorio autónomo. El PCC parece no haber comprendido la dialéctica de lo racial-clasista-nacional. Aunque los afrodescendientes en la Isla eran ocasionalmente denominados una «minoría nacional», en el segundo congreso de esa organización (1934), fue declarado enfáticamente que existía «la necesidad de más esclarecimiento sobre la cuestión negra como cuestión nacional en vez de una cuestión “racial”, tipificada en la consigna por la autodeterminación de los negros en la Franja Negra de la provincia de Oriente».

La política de «autodeterminación hasta la separación» fue una interpretación errónea del PCC que enfatizaba la división racial en lugar de la división clasista de la sociedad, epítome de la teoría marxista-leninista. Luego de un proceso de siglos, la nacionalidad cubana se presentaba diversa y multicolor, pero sin los conflictos raciales presentes en otros espacios geo-culturales. En el estadio alcanzado por la cubanidad, era de todo punto de vista equivocado escindir la sociedad con propuestas que escondían una dosis de racismo y exclusivismo. Era, en cierto punto y sentido, un retorno al «miedo al negro» del siglo XIX.

El concepto de lo cubano y su formación, magistralmente formulado por Fernando Ortiz en Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar, expresa el variopinto resultado causado por «[…] los variadísimos fenómenos que se originan en Cuba por las complejísimas transmutaciones de culturas que aquí se verifican, sin conocer las cuales es imposible entender la evolución del pueblo cubano […]».

La cuestión no era únicamente conceptual, en buena práctica política era inoportuna. Emplear la consigna de las «repúblicas nativas» fue, a todas luces, prueba del desconocimiento de la formación nacional como proceso de identidad en la diferencia y unidad en la diversidad.

Estos antecedentes permiten explicar la posición de Blas Roca, secretario general del PCC que, en representación de la bancada comunista en la Asamblea Constituyente de 1940, defendió la idea de la República Federal. En la séptima sesión de la Asamblea propondría: «nuestro partido [Unión Revolucionaria Comunista] sostiene que cada municipio debe darse su propia Carta Constitucional», alineamiento coherente con las consignas federales de la Internacional desde su II y VI congresos. Para ese momento el partido de los comunistas cubanos sostenía propuestas desechadas cinco años antes por la Internacional.

A los ojos de sus compatriotas debió resultar difícil entender que los comunistas cubanos hubiesen evolucionado hacia un pensamiento descentralizador, habida cuenta de la tradición unitaria del PC (bolchevique) y de su fundador, V. I. Lenin, asociado generalmente a posiciones centralizadoras, consignadas en su obra El Estado y la revolución, y en la paradoja del antidemocrático «centralismo democrático», sostenido en Cuba durante décadas por el PCC de 1925 y el de 1965.

Los análisis de la Internacional Comunista y la rectoría de la URSS, construyeron un sistema teórico conceptual que abarcó campos diversos, hoy necesitados de revisión y rectificación. Quizá algunos de los extremos más dañinos, por dogmáticos, fueron: forzar el papel desempeñado por la clase obrera en el proceso revolucionario, extrapolar conceptos y conclusiones de un ámbito hacia otro, manipular el rol de organizaciones transformadoras y asignarles la condición de partido de vanguardia; ignorar las particularidades nacionales de la construcción de una sociedad supuestamente superior, para lo que bastaba repetir dogmáticamente el modelo ruso-soviético. Como si alguien en alguna parte, cual gurú caribeño, poseyera un manual teórico-político con las recetas de la sociedad perfecta.

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Imagen principal: Sasha Durán / CXC.

Armando Cuba de la Cruz

Doctor en Ciencias Históricas, investigador, profesor.

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