El 29 de octubre de 1956, fuerzas de la policía batistiana irrumpieron por la fuerza en la embajada de la República de Haití en La Habana. Este suceso es uno de los menos abordados en la historia de la lucha contra la dictadura de Fulgencio Batista. Alrededor del mismo no solo ha existido mucho silencio, sino también noticias erradas. La prensa de la época ofreció entonces informaciones incorrectas. Desde las páginas de la revista Bohemia, por ejemplo, el 4 de noviembre de 1956 se presentó un panorama muy alejado de la verdad.
No obstante, aún viven personas que tuvieron relación directa con los hechos. Una de ellas es mi estimada Lela Sánchez Echeverría, a quien muchas veces hemos dado voz en las páginas de este medio. Ella tuvo, desde los catorce años, una participación activa en la lucha contra la dictadura batistiana, sin embargo, solo me ha concedido entrevistas cuando estuvo relacionada directamente con los hechos de que se trata. Por tal motivo, sus testimonios resultan siempre de enorme valor histórico.
Aries Cañellas (AC): Lela, en varias ocasiones hemos hablado por privado sobre los sucesos de la embajada de Haití. ¿Podrías comenzar por explicar a los lectores tu relación con los hechos?
Lela Sánchez (LS): En este mes de octubre se cumplen 70 años de los sucesos de la Embajada de Haití. Me parece oportuno preparar un trabajo al respecto, ya que han circulado múltiples versiones y existe gran confusión sobre esos acontecimientos. Hablaré desde mi experiencia directa, pues fui una de las personas con acceso a esa sede diplomática: asilé a un compañero y participé en el asilo de otro, mantuve contacto con ellos durante su refugio y entré al recinto en reiteradas ocasiones antes de los trágicos hechos.
Aproximadamente en junio de 1956, José Llanusa y Germán Amado-Blanco me contactaron para que buscara asilo a un compañero, Eladio Cid Crespo (Yayo), en la embajada de Uruguay. Él había escondido armas para el Movimiento 26 de Julio en un hueco dentro de los laboratorios DREEN, situados al inicio de la avenida Boyeros (yendo desde Zapata, en la primera cuadra, a mano izquierda). Sucedió que lo delataron, pues la policía capturó al albañil que había construido el escondite y Rafael Salas Cañizares, jefe de la Policía Nacional lo torturó hasta que reveló la ubicación del arsenal.
Yayo tuvo que pasar a la clandestinidad y se refugió en casa de Rosa, una conocida que ocasionalmente ocultaba a personas en su vivienda de la calle 6, entre 13 y 15, en el Vedado. Allí permaneció durante dos meses, quizás un poco más. Fue en esa casa donde lo conocí; lo visité en par de ocasiones con el fin de recabar los datos necesarios para el asilo en la embajada de Uruguay y para mantenerlo al tanto de las gestiones.
Vista actual de la embajada de Haití.
AC: ¿Por qué intentaste asilarlo en la embajada de Uruguay y, sobre todo, ¿qué sucedió que terminó en la de Haití?
LS: Intenté asilarlo en la embajada de Uruguay porque mi padre, Aureliano Sánchez Arango, durante su propio asilo en ese recinto, trabó amistad con el embajador, el contraalmirante Rivera Travieso, y gracias a ello yo mantenía relación con él. Tras un tiempo prudencial sin lograr el objetivo, Llanusa y Germán se inquietaron; el apartamento de Rosa representaba una trampa pues carecía de vías de escape. Por ello, decidieron trasladarlo a la embajada de Haití. El ingreso allí resultó sencillo debido a la escasa seguridad del recinto, tanto para la propia sede diplomática como para los refugiados.
Es importante explicar que, en ese momento, las embajadas estaban abarrotadas. Hacía poco había ocurrido en Matanzas el asalto al cuartel Goicuría y, teniendo en cuenta que tras el asalto al Moncada las autoridades habían detenido a personas sin vinculación con los hechos, muchos buscaron refugio por temor a que la historia se repitiera.
Esta situación constituía solo una parte del problema. Otro factor a considerar es que el gobierno decidió retener los salvoconductos con el fin de mantener llenas las sedes diplomáticas e impedir el ingreso de nuevos refugiados. Todo ello complicó enormemente la entrada de Yayo en la embajada de Uruguay.
AC: Creo conveniente que los lectores conozcan cómo funcionaba ese sitio y por qué dices que no tenía seguridad.
LS: Una vez que Yayo logró ingresar en la embajada de Haití, las nulas medidas de seguridad me permitían entrar y salir sin mayores dificultades. Fíjate si era así, que casi todos los días, al regresar de la universidad hacia la casa de mi tía Delia Echeverría, en Miramar, me detenía en 7ma y 20, donde se ubicaba la sede. Parqueaba el auto un poco más adelante y simplemente caminaba por la entrada de vehículos hasta el fondo, área donde se encontraban los asilados, separada del edificio central de la residencia.
Cabe destacar que los asilados, en ese momento, no estaban dentro del edificio principal; los alojaban en el exterior, en una construcción situada en un patio de cemento que servía de garaje. En el centro de esta estructura había una escalera de caracol, y a la izquierda, mirando de frente, otra de mampostería que daba acceso a las habitaciones superiores. En los altos dormían todos ellos, en condiciones de hacinamiento, puesto que no le permitían el acceso al interior de la embajada.
En el referido patio me sentaba a conversar con Yayo y el resto del grupo, mientras Rubén (Rubén Hernández Concepción) y Orlando (Orlando Fernández Ferray) ―dos de los asaltantes del Goicuría― me preparaban el café sin azúcar que suelo tomar. Compartíamos ese rato, evaluábamos los problemas pendientes en que yo podía ayudarlos, y luego me retiraba.
A pocos días del ingreso de Yayo a la sede, una persona ―cuyo nombre no logro precisar―, se me acercó para pedirme que buscara refugio para Nelio (Salvador Ibáñez Ibáñez), el albañil que había construido el escondite de las armas en los laboratorios DREEN. Él temía por su vida, estaba convencido de que volverían a capturarlo para someterlo a torturas y buscaba asilarse urgentemente.
Como mi única opción era la embajada de Haití, quise pedirle permiso a Yayo, ya que se trataba del hombre que lo había delatado. Este accedió sin reparos: me dijo que debíamos salvarle la vida, que había hablado bajo tortura y que nuestro deber era ayudarlo sin importar las circunstancias. Yo misma me encargué de ingresar a Nelio al recinto diplomático; lo dejé junto a los demás refugiados, quienes se encargarían de presentarlo ante el embajador o el encargado de negocios para oficializar su asilo.
Antes del ingreso de Yayo, solo tres personas habían logrado salir de esa embajada con salvoconducto: Efigenio Ameijeiras, Manolito Carbonell y el padre de este último. El resto de los refugiados continuaba a la espera del documento.
Vista general del monumento, donde cada columna simboliza a un caído.
AC: Pero en determinado momento tuviste que dejar de ir, y el motivo de ello está muy relacionado con el desenlace de los hechos. ¿Qué sucedió?
LS: Pocos días antes de la tragedia, Yayo me pidió que me ausentara por un tiempo. Estaban preocupados porque habían ingresado al recinto dos compañeros que habían perpetrado un atentado fallido contra Rolando Masferrer: Secundino, conocido como el Guajiro, y José Gregorio García. Masferrer sabía que ellos eran los autores y que intentaban conseguir asilo allí; por lo tanto, se temía que sus sicarios asaltaran la sede diplomática para asesinarlos.
Dejé de visitarlos, por supuesto. Sin embargo, justamente el día de los hechos, regresaba manejando desde el Vedado hacia nuestra casa en Miramar, acompañada por mi abuela y por Luis de la Cuesta. Al pasar por delante de la embajada, noté una tranquilidad absoluta. Faltaban apenas cinco minutos para que ocurriera la masacre.
No más llegar a casa de mi tía, situada a unas veinte cuadras de allí, comenzó un tiroteo espantoso que me sobresaltó profundamente. No sabría decir con exactitud cuánto tiempo se prolongó, pero fue intenso y aterrador. Al estar tan cerca, las ráfagas se escuchaban con claridad.
AC: ¿Los muchachos asilados estaban armados, como afirmó la revista Bohemia? ¿Hubo riña entre ellos y por eso acudió la policía? Bohemia afirma que Yayo falleció por disparos de sus compañeros.
LS: A partir del momento en que ocurren los hechos nos dedicamos a averiguar qué había sucedido realmente en la embajada y, poco a poco, logramos recopilar esa información.
Posteriormente, logramos conocer los detalles que desencadenaron la masacre, pues Juan Salas Cañizares nos lo confesó a Germán, a Gina Cid y a mí en el castillo de San Severino, la noche antes de su fusilamiento. Resulta que su hermano, Rafael Salas Cañizares, asistía al entierro de Blanco Rico (víctima de un atentado del Directorio Revolucionario ocurrido dos días antes en el cabaret Montmartre). Allí, Rolando Masferrer se le acercó y le aseguró falsamente que los autores de aquella acción estaban asilados en la embajada de Haití. En otras palabras, Masferrer no asaltó el recinto, sino que manipuló a Salas Cañizares. Fíjate si fue una denuncia, que en las primeras noticias publicadas por la prensa, confundieron a dos de los asesinados con miembros del Directorio, acusándolos de la muerte de Blanco Rico.
Al salir de aquel sepelio, Salas Cañizares se dirigió directamente a la embajada. No pidió permiso ni aguardó a que nadie saliera; irrumpió disparando. La primera víctima cayó en el jardín de la sede, según me relató un vecino de enfrente que solía atender a los muchachos. Del grupo, únicamente estaban armados los dos asilados que habían atentado contra Masferrer. Los demás no portaban armas; de haberlas tenido, el régimen las habría exhibido con fotografías y lujo de detalles en la prensa del día siguiente. La mejor prueba de su indefensión radica en el resultado del asalto: diez muertos por nuestra parte y un solo herido policial, el propio Salas Cañizares, quien falleció cuatro días después.
Respecto a este último y cómo fue abatido, la información que tenemos indica que el Guajiro estaba herido, tendido en el suelo de la planta baja, donde se alojaban los asilados. Esa área correspondía a la zona de servicio, separada de la residencia principal; contaba con dos espacios para garaje en la parte inferior, una escalera de caracol en el centro y dos habitaciones con baño en la planta alta.
Los hechos ocurrieron así: el Guajiro, ya malherido en el piso del garaje, vio a Salas Cañizares subiendo por la escalera de caracol para buscar al resto de los asilados en las habitaciones de servicio. Desde el suelo le disparó, logrando impactarlo en la ingle, la única zona desprotegida, pues el militar llevaba chaleco antibalas. Trágicamente, esta acción provocó que acribillaran al Guajiro. Los diez compañeros fueron asesinados a mansalva. Ninguno de ellos disparó contra las autoridades, porque se encontraban desarmados.
Lo último que supimos fue a través del comentario público de la empleada doméstica, quien manifestó que, tras acribillar a los asilados, los policías entraron en la residencia principal para comprobar si alguien se había escondido allí. Por supuesto, en ese momento no se encontraba ningún funcionario diplomático; ella estaba sola.
La madre de Eladio Cid Crespo llora ante el féretro de su hijo.
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[Nota del entrevistador: La sirvienta se llamaba Emma Hunt, y, en efecto, se encontraba sola en las instalaciones, pues ese día se había efectuado el cambio de embajadores. Según reseña Bohemia, el embajador saliente, Pierre Rigaud, le había hecho entrega hacía poco al embajador entrante, Jacques Francoise. En dicha entrega presentó a los asilados y especificó que ya tenían permiso del gobierno de Haití, pero que no se habían podido obtener los permisos de salida expedidos por el gobierno cubano. Después, ese mismo día 29, salieron a almorzar.
Más adelante, Bohemia explica que, en una conferencia de prensa celebrada el día 31 en la embajada, el encargado de negocios, Gustavo Borno, declaró enfáticamente que ningún representante de la república de Haití había solicitado la intervención de la policía, «ni estaba autorizado para hacerlo. En la residencia solo se encontraba la sirvienta (...) Después de las dos de la tarde (del 29 de octubre) llegué en un automóvil de la embajada. Individuos vestidos de civil me dijeron que eran autoridades policiales e impidieron que entrara. Debo hacer constar que me maltrataron de palabras y me condujeron a un patrullero, donde me encañonaron con una pistola».
Ante la pregunta de un reportero gubernamental, el segundo secretario no se amilanó: «La embajada fue violada por la policía. La situación de los refugiados en ella era muy clara. Seis contaban ya con el salvoconducto de las autoridades cubanas. Los otros cuatro estaban con aprobación nuestra y nos disponíamos a comunicar su situación al ministerio de Estado. Era como si estuvieran en Haití».
El embajador Francoise, hasta entonces silencioso, usó de la palabra: «No es cierto, como se ha dicho, que en esta residencia hubiera un campamento de armas. Tampoco es verdad que se llamara a la policía aquí. Esto ha sido muy lamentable. Se trata de una violación de la extraterritorialidad»].
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AC: Sin embargo, el ensañamiento no terminó con aquellas muertes ¿qué sucedió en los siguientes días?
LS: Entregaron los cadáveres el día 30, al caer la noche. Fui al velorio, efectuado en una funeraria de la calle Reina, donde tendieron a siete de los caídos; los otros tres eran de Guanabacoa y fueron velados y sepultados allá. Ese día conocí personalmente a Gina Cid, la hermana de Yayo, de quien había oído hablar bastante. Es una mujer muy valiente, a quien quiero y respeto profundamente, estuvo dieciséis años presa en Cuba por oponerse al gobierno de Fidel Castro, siendo liberada en 1977. Hoy en día ―con 90 años― sigue siendo una de mis mejores amigas. [El pasado 25 de octubre, mientras era editada esta entrevista, Lela supo que su amiga Gina había fallecido. Sus honras fúnebres se están celebrando hoy 29 de octubre, coincidencia dramática con el día en que fuera asesinado su hermano Yayo hace 70 años].
Al día siguiente estaba programado el sepelio, pero el recorrido ―que se realizaba a pie desde la calle Reina―, fue interrumpido violentamente por la policía en la intersección de las calles G y Carlos III. Dispersaron el cortejo fúnebre, se llevaron de nuevo los cadáveres y los entregaron a Medicina Legal.
Un grupo reducido de personas, no sé cómo, nos enteramos de que entregarían los cuerpos al día siguiente para su sepelio y nos dirigimos al cementerio. Allí acudimos mi prima Ángela, mi primo Fello y otros allegados, con quienes intentábamos, por lo menos, rescatar y dar digna sepultura a los caídos. Todo el recinto estaba rodeado por la policía, cuyos efectivos portaban armas largas.
Recuerdo que aguardábamos junto a Medicina Legal, que en ese momento se encontraba dentro del propio cementerio (en una casa a la derecha, nada más entrar). Del otro lado de esa edificación esperábamos por los cuerpos. Los policías, apostados en la reja, golpeaban constantemente con las culatas de sus fusiles y nos amenazaban: «Si se muere el gordo [Salas Cañizares], prepárense, porque los vamos a ametrallar y a asesinar a todos». A pesar de las intimidaciones, logramos sepultarlos uno a uno.
AC: Sabemos que el régimen cubano ha ido modificando, o silenciando, episodios de la historia nacional para adaptarla a sus necesidades ideológicas. El resultado de buena parte de ese proceso ha sido mucho desconocimiento de cómo se desenvolvió la lucha contra Batista y de la pluralidad de fuerzas que se articularon con ese objetivo. ¿Qué puedes decirnos al respecto?
LS: Recuerdo que, cuando mi hijo era pequeño, veía en la televisión el espacio de aventuras Los comandos del silencio, que abordaba la situación de los Tupamaros en Uruguay. El actor Rafael Linares interpretaba al jefe de la policía uruguaya con tal maestría que lograba inquietar y molestar a mi hijo, quien consideraba a ese individuo como alguien sumamente perverso. En una ocasión le comenté: «Ese es el Salas Cañizares de Uruguay», a lo que él me respondió: «¿Y ese quién es?».
En ese instante me percaté de que no sabía absolutamente nada al respecto. Estaba aprendiendo mediante la televisión sobre eventos sucedidos en Uruguay, mientras desconocía por completo la historia de su propio país. Decidí entonces llevarlo, junto con varios de sus compañeros, a la sede diplomática de Haití, a Palacio, a la Universidad de La Habana y a otros sitios de la ciudad marcados por nuestra historia. Lo hice para que, al menos, tuvieran cierta noción de los hechos acaecidos durante la lucha contra Batista, una realidad que les tocaba mucho más de cerca que los avatares de los Tupamaros.
Resulta penoso que, después de tantos años, el único homenaje que la Asociación de Combatientes, el Partido y el Gobierno de Cuba han sido capaces de rendir a estos diez mártires se limite a unas miserables columnas plantadas frente a la casa de 7ma y 20, lugar de los acontecimientos, y que hoy en día muestran pésimas condiciones de conservación.
Aquellos compañeros, que pertenecían a diversas organizaciones, incluido el Movimiento 26 de Julio en el caso de Yayo, se habían asilado por motivos diferentes en la embajada de Haití, donde fueron violentamente asesinados. Y los supuestos responsables de hacerles justicia los condenaron al olvido, o peor, a ser víctimas de historias y anécdotas vergonzosas.
No son los únicos que han sufrido tal actitud. Actualmente pretenden despojar de la condición de presos políticos a quienes se opongan a sus dictados. Aspiran a que pasen a la historia como delincuentes o «vendepatrias». Como si ELLOS hubieran dejado patria alguna que poder vender.
No sé por qué me sorprende esa actitud del Partido, el Gobierno y sus instituciones, ni la falta de respeto a la memoria de muchos de los mártires de la gesta que les permitió alcanzar el poder; cuando llevan casi siete décadas marginando y abusando de su propio pueblo. Todo el pueblo ha resultado mártir de este sistema, y aún estamos vivos; por qué entonces habría que esperar una actitud mejor con la memoria de aquellos que ofrendaron su existencia, no por este engendro que sufrimos hoy, sino por salvar la democracia secuestrada, en otra época, por otra dictadura.
Caídos en la embajada:
Secundino Martínez Sánchez (El Guajiro)
Rubén Hernández Concepción
Eladio Cid Crespo
Carlos M. Casanova
Israel Escalona
Leonel Guerra Mendoza
Orlando Fernández Ferray
José Gregorio García
Alfredo Massip Massique
Salvador Ibáñez Ibáñez
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Imagen principal: Policía batistiana en las afueras de la embajada de Haití después del tiroteo.
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Mientras se preparaba este trabajo falleció en la ciudad de Miami, a los 90 años Gina Cid.