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Memento mori, el discurso del poder en Cuba

En el acto por el aniversario del triunfo de la Revolución celebrado en Santiago de Cuba el pasado 1ro de enero, hablaron dos personas pero hubo un solo discurso: el discurso del poder. Es un antiguo discurso; sin embargo, resulta cada vez más demagógico, reaccionario, manipulador y —sobre todo en los últimos tiempos—, amenazante.

La frase latina memento mori significa literalmente «recuerda que morirás». Especie de tropo simbólico o práctica meditativa, se empleaba para recordarle a un militar triunfante que no fuese soberbio, pues la condición mortal era inevitable. El concepto se avenía a las enseñanzas del estoicismo en el sentido de que los individuos debían aceptar lo inevitable de la muerte.

La clase política que detenta el poder en Cuba y maneja al Estado como un coto personal debiera repetir cada día esta sentencia. Porque ni siquiera se trata ya de un grupo triunfante y afincado por el consenso social de que disfrutó en otra época. Es hoy una clase parasitaria y decadente, que confunde control con fuerza y gobierna un país en crisis atenida a una ecuación que no depende totalmente de ella: nuestro temor. No obstante, el temor se desgasta poco a poco, igual que se ha desgastado el poder. Y su discurso.

Varios rasgos distintivos tiene el escuchado en el primer día del año. Es necesario que los identifiquemos, no solo para deconstruirlo, sino con el fin de comprender cuánto ha calado en nosotros, hasta qué punto nos manipula e imposibilita como actores sociales y frena por tanto cualquier posibilidad real de transformar nuestra realidad.

Controlando las palabras

La historiadora Ivette García González es autora de una serie de excelentes artículos cuya lectura recomiendo y en los que aborda la manipulación del lenguaje político y los antídotos para superarlo (1, 2 y 3). En uno de ellos afirma: «El poder disfruta de una posición privilegiada y la fuerza del lenguaje en ese ámbito es impresionante. Es una de las formas más peligrosas y sutiles de dominar a las personas. En el discurso político suelen desecharse unas palabras y usarse repetidamente otras que interesan».

Stalin consideraba que «De todos los monopolios de que disfruta el Estado, ninguno será tan crucial como su monopolio sobre la definición de las palabras. El arma esencial para el control político será el diccionario». No obstante, el recurso de manipular a las masas a través del lenguaje es antiguo y se utiliza en los más diversos países y sistemas. Como bien afirma el filósofo Alfonso López Quintás: «Tal vez el repertorio de los países de habla hispana sea más abundante por la riqueza misma de la lengua castellana, pero la naturaleza y los fines son los mismos».

En el caso de Cuba habría que añadir que ese discurso político reinó por muchos años sin contrapartidas que permitieran su deconstrucción por la sociedad, cosa que es posible realizar desde la entrada de Internet.

Quien se tome el trabajo de aplicar la técnica de análisis de contenido a las intervenciones de Miguel Díaz-Canel y Raúl Castro, observará cosas muy interesantes. Dicha técnica investigativa tiene la doble función de recoger y analizar, de registrar, medir e interpretar. Al usarla, es posible explicar y sistematizar el contenido de los mensajes para efectuar deducciones lógicas referidas al emisor y su contexto, o a sus efectos. El producto final es otro texto, contentivo de un nuevo conocimiento. (1) 

Las preguntas que me guiaron fueron estas: ¿Qué no se mencionó? ¿Qué se mencionó más? ¿Qué características distinguen a ese discurso? Por supuesto, el registro y medición de términos permitió efectuar deducciones lógicas sobre el contenido e intencionalidad del mensaje que recibimos.

¿Qué no se mencionó?

No fueron expresados términos que revelarían la disposición de la dirigencia cubana al análisis objetivo y autocrítico de la dramática situación del país: crisis, ordenamiento, inflación, salarios, alimentos o alimentaria (ni siquiera la traída y llevada soberanía ídem), pobreza, vulnerabilidad, desigualdad, pensionados, jubilados, subsidios, mortalidad, natalidad, emigración, presos, prisiones, corrupción...

Tampoco se aludió a palabras relacionadas con estrategias y políticas presentadas hasta hace poco como soluciones para Cuba: lineamientos, conceptualización, Mariel, Mypimes, municipios, bancarización. La mención a reformas apuntó a las reformas urbana y agraria tras 1959. El término planes se utilizó una vez, referido a los «planes subversivos del enemigo».

Paradójicamente, no fue mencionada la frase «Medidas para corregir distorsiones», a pesar de que mañana —a  un mes exacto del acto de Santiago de Cuba— comienza un paquetazo que lleva ese eufemístico nombre y que tiene en tensión a la opinión pública.

Otros ausentes fueron determinados vocablos indicativos de un proyecto realista y optimista de transformación a corto y mediano plazos: esperanzas, salida, prosperidad, inclusión, diálogo, reconciliación, negociable o negociación —sin embargo, se utilizó una vez innegociable, referido a los principios—, convenio, apertura, modernizar, agricultura, ganadería…  

Busqué infructuosamente términos que serían importantes en un discurso político que se pretendiera apegado a bases republicanas: Constitución, diputados, electores, elecciones, democracia. La palabra ciudadanos se mencionó una vez, para aludir el acceso gratuito de estos a la educación; también en una ocasión lo fue justicia, con el fin de rememorar las primeras leyes revolucionarias. En tanto parlamento fue utilizado —nunca mejor dicho— por Raúl Castro al citar un discurso suyo ante ese órgano, y Asamblea Nacional del Poder Popular para referirse a una explicación «diáfana» que diera Manuel Marrero en una de sus sesiones.

¿Qué se mencionó más?

«Se ha dicho que “el medio es el mensaje”: no se dice algo porque sea verdad; se toma como verdad porque se dice. Es que en política las palabras tienen su propia densidad y la ideología no es abstracta, es ingenieril y constructivista. Cuando un término va cargado de emotividad, —argumenta Ivette García citando a López Quintás—, deja en la mente una huella tan profunda que todo cuanto oímos, vemos y pensamos posteriormente, queda polarizado en su torno e imantado y orientado por él».

Hubo una serie de términos reiterados: las denominadas «palabras talismán»; es decir, «vocablos que en cierto tiempo adquirieron un significado tal que nadie optaba por llevarle la contraria, palabras con significado positivo fácil de recibir, que sirven para explicar todo, que seducen, fascinan a los demás y arrastran a otras. (…) Se ha dicho que esas palabras sirven para encandilar a la gente, primero iluminan pero luego enceguecen».

- Las tres más repetidas fueron: Revolución (59), pueblo (30) y Fidel (20, cuatro de ellas aludido como Comandante en Jefe).

Asociados a estas, existen otras con las cuales el discurso del poder ha diseñado la imagen de una sociedad ideal. Las mismas revelan una especie de concepción fatalista e inmutable del devenir, muy conveniente a la clase política dirigente. Los más usados son:

- unidad (11), Patria (11), historia (10), Partido (7), retos (3), futuro (2), irreversible (1, referido al socialismo), inmutable (1), destino (1), contradicciones (1, para negar que existan entre generaciones), conducción (1, del Comandante en Jefe), espiritual (1). Determinadas frases contribuyen a cimentar esta visión sacrificial: «sueños detenidos», «infinitas aspiraciones postergadas».

Algo distintivo de ambas intervenciones fue el altísimo número de palabras que pudiéramos definir como lenguaje de combate (82). García González explica el objetivo de esta estrategia para el discurso político: «en principio pudo corresponder a una real situación, pero que luego sirve para compulsar a las masas, al tiempo que mantiene la mente condicionada a un escenario de extremos». El conjunto de vocablos resultantes puede ser organizado así:

- enemigo/s (8), combate/combatiente(s)/combatiendo (8), bloqueo (6), guerra (6), victoria/s (6), héroes/heroínas/heroico (5), arma/s (5), peligros/as (5), militar (4), conquistas (3), vencer (3), batallas (2), defensa (2), obstáculos (2), cerco (2), sanciones (2), resistir (2) hostilidad (1), epopeya (1), épica (1), hazaña (1). La palabra triunfo se utilizó siete veces, pero seis de ellas para rememorar el de 1959. Algunos vocablos de combate se asociaron con otros que no lo son, para conformar metáforas de resonancia bélica: guerra económica (3) y batalla económica (1).

Una sociedad guerrera requiere personas con determinadas particularidades y rasgos de carácter. Una especie de ejército disciplinado y abnegado. Algunos de estos atributos se identifican en el discurso del poder:

- Revolucionario/s (7), confianza (5), sacrificio/s (4), principios (4), voluntad (4), dignidad (4), alegría (3), resistencia (2), decisión (2), fieles (2), sumarse (2), lealtad (1), disciplina (1); orden (1), fe (1), exigencia (1), entusiasmo (1), optimismo (1), unidos (1), feliz  (1).

Claro que no todas las personas son afines a esta sociedad perfecta. Para desdicha del poder, son cada vez más las que renuncian a ser masa obediente y dúctil. Con el fin de catalogarlas —y reprimirlas—, el discurso político ha creado un arsenal: las llamadas «palabras mordaza», usadas para atacar al rival. «Las que al pronunciarlas silencian al otro», como expone Ivette García González.

En tanto calificativos negativos, estos vocablos obstaculizan cualquier debate al provocar el retraimiento del que disiente. Algunas «Palabras mordaza» empleadas en los discursos de esa noche fueron: traidores (1), anexionistas (1), vendepatrias (1) contrarrevolución (1).

Los correctivos a estas «desviaciones» también fueron identificables en las varias veces que se mencionó a los dispositivos de control: Fuerzas Armadas Revolucionarias (3), líder/es (3), Seguridad del Estado (2), Ministerio del Interior (2), Orden Interior (1), dirigentes (1). El discurso del poder ha ido transitando en los últimos tiempos de la demagogia a la fuerza bruta. En la medida que se desgasta pierde sutilidad, y los mecanismos de control ideológico ceden paso ante los francamente represivos.

En este discurso son usuales los eufemismos, palabras que se emplean por lo general en sentido manipulador con el fin de ocultar o embellecer la realidad. En vez de referirse claramente a determinado hecho, se hace ambigua o falsamente, ocultando su magnitud. A tenor con ello, las palabras o calificativos directos se sustituyen por otros más aceptables, menos comprometedores.

En los discursos de Raúl Castro y Díaz Canel, si bien no se mencionó ni una vez la palabra crisis, se hizo referencia en diez ocasiones al término dificultades. Igualmente, algunas frases que reiteraron eran eufemísticas: «frenos internos», «nuestras propias limitaciones», «nuestros propios errores». La conjugación en plural es realmente desvergonzada.

Interesantísimo, e inquietante, resultó el que ambos dirigentes coincidieran en citar —entre tantos fragmentos del discurso de Fidel pronunciado el 1ro de enero de 1959— precisamente este:

Raúl Castro: «(…) Fidel, que en esa ocasión nos advirtió: “La Revolución empieza ahora; la Revolución no será una tarea fácil, la Revolución será una empresa dura y llena de peligros”».

Miguel Díaz-Canel lo hizo de manera mucho más manipuladora: «Fidel proclamó la victoria lograda tras más de dos años de cruenta guerra; después fue al futuro y regresó para advertir al pueblo sobre los colosales desafíos que nos esperaban, y dijo: “la Revolución no será una tarea fácil, la Revolución será una empresa dura y llena de peligros”».

Se refieren a un discurso pronunciado exactamente 65 años antes. Sustanciales cambios han ocurrido desde entonces, que ellos no parecen ver, o lo aparentan. El discurso original se produjo ante una marea jubilosa que colmaba la plaza y disfrutaba un gran triunfo colectivo. Ahora se le hablaba a dirigentes y veteranos sentados que aplaudían ritualmente. Nada de plaza llena ni de júbilo. Lo que se decía en 1959 a una multitud entusiasmada, se le repite hoy a un pueblo agotado y decepcionado, frustrado y sin esperanzas. Y eso resulta peligroso. Ya tuvieron prueba hace dos años y medio. Y no aprendieron de la experiencia.  

Este análisis de contenido permitió determinar algunas características del discurso del poder.

Características distintivas del discurso del poder en Cuba

1- Carácter escolástico, vertical y autoritario: establece los criterios de Fidel Castro como principio de autoridad frente a cualquier dilema ideo-político; aun cuando desdeña con sus acciones determinadas ideas sobre la justicia social y el marcado tono populista que fueron propios de esta figura. Además, prioriza las jerarquías dirigentes y los dispositivos de control social.

2- Desconexión de la realidad. Según Raúl Castro: «Hoy puedo afirmar con satisfacción que la Revolución Cubana, tras 65 años de existencia, lejos de debilitarse, se fortalece (…)». Creo que esta frase resume tal característica mejor que ninguna.

3- Demagogia: invoca constantemente al pueblo, de quien ignora sus aspiraciones, necesidades y sufrimientos.

4- Voluntarismo: expresado en la determinación de permanecer pese a todo. Así nos dice el anciano General: «ratificamos que nos mantenemos con el pie en el estribo y listos para la carga al machete, junto al pueblo y como un combatiente más (Aplausos), contra el enemigo y nuestros propios errores (…)», « (…) ni agresiones externas, ni los golpes de la naturaleza, ni nuestros propios errores han impedido que lleguemos a este 65 aniversario. ¡Aquí estamos y aquí estaremos!».

5- Concepción reaccionaria y mecanicista de la historia que genera apatía e inmovilismo y trasciende incluso el dilema capitalismo/socialismo. Es en realidad una perspectiva profundamente reaccionaria, lineal y pesimista de la historia y los seres humanos. Se acerca a la concepción teocrática y centralizada del Egipto Antiguo y la esclavitud colectiva. Es el poder a toda costa y el sometimiento de la voluntad individual a un estado de temerosa obediencia e incondicional sumisión.

6- Mentalidad de plaza sitiada, necesaria para justificar su tendencia autoritaria.

7- Soberbia.

8- No es un discurso para el presente: todo lo delega al futuro, un futuro que es como el horizonte: jamás llegaremos a él.

Nuestro Memento mori

En su artículo «Definir lo revolucionario», Ivette García argumenta:

«El grado de toxicidad que el uso manipulador del lenguaje genera en la sociedad, depende de la permanencia, en el lenguaje oficial, de ideas que provocan inmovilismo, estancamiento o retroceso, además de efectos psicológicos diversos. Mientras más cerrado y controlado es el país, más contagia y perdura ese uso y reproducción de las palabras con esas características a escala social». 

No debe aceptarse sin cuestionamientos el uso estratégico de los términos y los procedimientos de dominio fácil. El discurso del poder nos desmoviliza, nos invalida y castra. Es instrumental y profundamente conductista. Sin embargo, estamos obligados a desnudar sus verdaderas intenciones.

Una guía en el camino podría ser la lectura de este artículo de Esteban Lazo, presidente del parlamento cubano, donde son reveladas las verdaderas motivaciones del discurso del poder: «(…) el trabajo político ideológico, como componente importante del sistema de influencias educativas, se enfoca a la formación de una conciencia política que “contribuya a garantizar el sistema socioeconómico vigente y el poder de la clase dominante, que es el problema principal de la política (…)».

Cada ciudadano debiera enfrentar también con la frase memento mori sus temores, dudas y aprensiones para comenzar a concebirnos como actores decisivos de una historia que está muy lejos de ser la que nos presenta el discurso del poder. Que es el discurso de la clase dominante. Y sabemos quiénes la conforman.

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(1) Caridad Contreras Llorca: «El análisis de contenido de las publicaciones periódicas como estrategia de aprendizaje de la asignatura de Historia de Cuba», Tesis para Optar por el grado de Máster, (Universidad de Matanzas, (2010), inédita.